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Acerca de las
distancias
por Arthur Miller
Escribir teatro
conlleva algo de agresividad; si existe una
forma literaria amigable y familiar, es la del
relato. Creo conocer mejor a Chéjov por
sus cuentos que por sus obras teatrales, y a
Shakespeare por sus sonetos
Cabe esperar de un dramaturgo
la afirmación de que le gusta escribir
relatos porque está libre de actores,
de directores y de la fastidiosa maquinaria
teatral, pero lo cierto es que los actores y
los directores me gustan bastante. Sin embargo,
he reparado en que, de vez en cuando, siento
el impulso de no acelerar y condensar los acontecimientos
y el desarrollo de los personajes, que es lo
que uno hace en una obra teatral, sino de mantenerlos
inmovilizados y ver las cosas aisladas en su
quietud, que es donde radica la gran fuerza
de un buen relato breve.
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El objeto, el lugar, el tiempo,
el aspecto de una persona al cambiar de postura...pueden
tener una importancia secundaria en el escenario, donde
la acción hace que la realidad sea evidente;
pero en la vida, como en el relato, el lugar mismo y
las cosas vistas, el estado de ánimo momentáneo,
el vuelo errante de la percepción que no conduce
a ninguna parte, todo ello puede manifestarse y tener
valor.
El dramaturgo es un actor manqué;
los filósofos tímidos hasta el tuétano
y retraídos no escriben obras teatrales, o
por lo menos obras representables. Probablemente sea
éste el motivo de que los dramaturgos se dediquen
con tanta frecuencia a la narrativa y se aparten de
la indecorosa mascarada cuando llegan a la edad mediana.
El mundo entero es un escenario, pero llega un momento
en que uno prefiere ser real y estar en casa. Por
lo que a mí respecta, en el transcurso de los
años he llegado a ese punto una o dos veces
por semana y es entonces cuando he descubierto que
escribir relatos cortos es una actividad especialmente
apropiada. En una palabra, cuando uno se sienta a
escribir un cuento utiliza otro tipo de máscara.
Pillará desprevenido al adversario (el público
y la crítica) en la sala de espera del dentista,
en un tren o en un avión, o en el baño.
No tendrán tantos motivos para ofenderse. Escribir
teatro conlleva algo de agresividad; si existe una
forma literaria amigable y familiar, es la del relato.
Creo conocer mejor a Chéjov por sus cuentos
que por sus obras teatrales, y a Shakespeare por sus
sonetos, que, por lo menos de una manera análoga,
son sus relatos. Ciertamente se puede palpar más
a Hemingway en sus relatos que en sus novelas; no
disimula tanto, es menos profesional en el sentido
gélido del término. Sin duda, en “Los
cosacos” o en “La muerte de Iván
Ilich” hay menos acontecimientos sobrecogedores
que en Guerra y Paz, pero también son menos
las cosas a las que uno no puede dar crédito.
Tal vez radique en esto su atractivo: en el relato
uno estira un poco menos la verdad, aunque sólo
sea porque los arcos conectores de la interpretación
son más cortos, están menos alejados
de lo concreto. Uno puede atrapar con mayor rapidez
lo maravilloso por sorpresa, y ésa es la razón
por la que escribe... o por la que lee.
Nada de esto pretende denigrar el
drama o el teatro, sino tan sólo señalar
algunas de las diferencias. Siempre me ha parecido
curioso que el diálogo sea mucho más
difícil de escribir en un relato que en un
texto dramático, y de vez en cuando he ideado
diversas explicaciones para esta peculiaridad. En
cierto momento consideré que, tal vez, el saber
que ningún actor va a pronunciar estas palabras
hace que sea absurdo escribirlas. Pero ahora creo
que hay un conflicto de máscaras, un choque
de tonalidades. La frase hablada es “discurso”,
es algo dicho a una multitud y, en consecuencia, ha
de tener un énfasis peculiar y ser preciso,
e implícitamente debe exigir una réplica;
cada línea del diálogo teatral es la
mitad de un conflicto dialéctico. Pero esta
clase de presión ejercida sobre el diálogo
en un relato distorsiona todo cuanto lo envuelve.
Es como si un amigo te contara un
incidente y, de repente, se levantara y, mirando a
su alrededor en la estancia, prosiguiera el relato
imitando las voces de los participantes en el mismo.
La súbita inyección de formalidad, de
esta clase de formalidad, es la amenazadora inminencia
del actor. Tal vez sea ésta la causa de que
resulte imposible extraer escenas dialogadas de las
novelas y traspasarlas a la escena. A mí esto
me resulta curioso e irónico porque, cuando
iba al colegio y empezaba a leer, el interés
que despertaba en mí un libro era proporcional
a la cantidad de diálogo que revelaba un rápido
hojeo.
Todas las formas literarias que hemos
heredado, relato, novela y obra teatral entre ellas,
constituyen grados de distancia que los escritores
necesitan establecer entre sí mismos y el peligroso
público al que deben engatusar, amenazar y,
de una manera y otra, domesticar. El dramaturgo está
casi físicamente en el escenario, enfrentado
al monstruo. El narrador, por escasa que sea su protección,
se siente más seguro en este sentido: no puede
oír los aplausos, no ve a la masa de desconocidos
sentados en el patio de butacas, fascinados, olvidados
de sí mismos por aquello que ha imaginado.
Cuando un novelista escribe una obra teatral, o un
dramaturgo un relato, lo que hace es acortar o reducir
la distancia que lo separa del terrible calor en el
centro del escenario. No se trata de un problema de
sinceridad, pues ¿quién puede saber
cuán sincero es?
Fuente:
El Cultural
Febrero 2003
TeatroenMiami.com
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