|
Los mitos
y las huellas del Odin
Vivian Martínez Tabares
| La obstinación
de crear un discurso propio, sensorial, artesanal
e imaginativo, sostenido por una ética
de resistencia del teatro frente al facilismo
y la superficialidad, es la mejor huella que nos
deja esta visita a la Isla de Eugenio Barba y
el Odin Teatret, una confrontación para
la cual creo que cada vez estamos mejor preparados.
Confío en que hemos sabido aprovechar esta
oportunidad de conocer mejor al longevo colectivo
multicultural, en la confrontación con
algunos de sus espectáculos; escuchándolos
postular su visión del teatro -en excelente
conferencia de Eugenio, complementada con sus
palabras al recibir el título de Doctor
Honoris Causa del Instituto Superior de Arte,
con motivo de la aparición de su libro
Arar el cielo, y en las variadas demostraciones
de trabajo-, y para comprobar, al verlos hacer,
cómo esas ideas se convienen en laboreo
creativo, tenaz e incansable. |
 |
Mythos, su espectáculo
grupal más reciente -que llegó a nosotros
para su estreno en Cuba en rotunda madurez, pues ya
data de 1998-, hace realidad vívida esos postulados
teóricos que a menudo usamos para definir la
teatralidad como síntesis de diversos lenguajes
sonoros y visuales, simultáneos y complementarios,
y que aquí descubre una calidad sorprendente
en cada uno de sus valores creativos, en una sólida
y singular poética que siempre logra sorprender
y seducir el ojo y el oído de cada uno de nosotros.
En la puesta nada es casual ni superfluo, cada gesto
y cada desplazamiento de un cuerpo en el espacio de
la escena, cada color, cada composición grupal
y cada salida es un signo comunicativo elocuente que
aprehendemos y una solución artística
admirable, hermosa, elaborada con minuciosidad y cargada
de sentido. La voz en las infinitas gradaciones que
logran los actores, el sonido inarticulado o el ruido
del agua, las piedras o las conchas, la música
compuesta para el montaje o sacada de épocas
y lugares diversos, cargadas de referencias, las pausas,
el silencio, como cada objeto y cada combinación
de tonos, texturas y formas, está pensado como
parte de un discurso global e indivisible, y también
irrepetible e inimitable, desde la sensibilidad personal
del director, para producir en el espectador una respuesta,
la suya, que compromete el raciocinio y la emoción
por medio de la imagen y la metáfora, mas allá
de lo críptico de la palabra en los textos poéticos
de Henrik Nordbrandt, que permanecen en danés,
presumimos que por intraducibles, pero que nos escamotean
parte del sentido y la poesía sonora.

Mythos (1998)
A performance about the value and death of the
myth. |
De Mythos
quedan en la memoria varios momentos del impresionante
desempeño de sus actores: la presencia
y la gravísima voz, rica en armónicos,
de Tage Larsen al recrear a Edipo -recuerdo especialmente
cuando enumera a sus hijos y olvida, precisamente,
a Antígona, la más entrañable,
la más activa y amante de los valores filares-;
el modo limpio y seguro con que Roberta Carreri
combina organicidad y precisión como Casandra,
a la vez caballo brioso y mujer sensual y dolida;
la sensibilidad y la pasión, que permea
cada reacción de su cuerpo y cada nota
de su aparato vocal, cuando Iben-Medea vaga y
se desgarra al enterrar los cuerpos de sus hijos;
los cantos de lucha de Kai Bredholt-Guilhermino
Barbosa, que traen la melodía y la palabra
de Viglieti, capaces de arrastrar el recuerdo
de tantas otras voces y figuras de una historia
que nos es muy cercana: la perversa ironía
y el sarcasmo con que Torgeir Wethal repite y
cuestiona las afirmaciones del revolucionario,
en uno de los mejores ejemplos de distanciamiento
brechtiano que hayamos podido apreciar; o el cuidadoso
empeño de Frans Winther, al reconstruir
el camino de grava y componer una música
de olas, vientos y penas antiguas. |
Otra vez la actitud de estos artistas,
trabajadores incansables del intelecto, el aprendizaje
y la búsqueda, su devoción por el acto
creativo, pulcro y tendiente a lo perfecto, y su disciplina
total, me hacen pensar en la naturaleza del teatro como
artificio artístico de inigualable eficacia para
hablar de las contradicciones y aspiraciones infinitas
del hombre. Y también en las bases esenciales
de una ética profesional que les han permitido
perdurar como grupo, a lo largo de casi cuatro décadas,
cuando cada vez mas entre nosotros esa estructura parece
tender, peligrosamente, a convertirse en un recuerdo
nostálgico.
Mythos no propone una idea
lineal, sino bien complicada, desde el momento en
que se erige en espacio de reflexión sobre
la necesidad de cambiar el estado de las cosas y de
luchar contra injusticia que domina al mundo. La Historia
se levanta sobre un pasado cruel y turbio, mezcla
de crímenes, heroísmos frustrados e
ideales truncos. Y aunque uno no comparta del todo
cierta fatalidad o cierto escepticismo, sólo
contrarrestados a nivel visible por un verso cantado
con una melodía esperanzadora –“todo
muere, todo muere y renace»—, ni asuma
la tesis de que la Revolución es una dimensión
tan congelada y perdida como los antiguos mitos griegos,
el montaje, críptico y cerrado pero a la vez
paradójicamente dialogante, es una motivación
real para pensar en la historia que se construye cada
día, en el entramado social del que uno forma
parte y en el decisivo papel del hombre, activo, frente
a sus avatares.
Y si apuntaba a la utilidad de aprovechar
este momento, es sobre todo para que seamos capaces
de superar etapas de estériles y acríticos
afanes miméticos y falsas mitologías
de abstracción y experimentos difíciles,
porque mas allá de percepciones estéticas
-por demás relativizadas desde una demostración
como Diálogo entre dos Actores, en la que un
texto como Casa de Muñecas sirve para ilustrar
el proceso de búsquedas-, lo mas importante
es lo que está por debajo, incorporado al cuerpo-mente
como un reflejo vital que hace del teatro un espacio
imprescindible e inalienable, sobre el que podemos
defender también nuestras propias ideas y seguir
afanándonos en construir utopías.
Photos:
Tony D'Urso
Fuente: Revista Tablas-Cuba
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
|