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Crónica
de una visita a Santa Clara con el Odin
por Adys González de la Rosa
La idea de la visita
surgió tras el regreso de Omar de la ISTA.
Confieso que no es primera vez que emprendemos
proyectos “románticos” -casi
irrealizables- pero con este nos apasionamos de
manera especial. Trabajamos muy duro por mas de
un año, construyendo castillos y viéndolos
desmoronarse por las limitaciones reales o por
la falta de voluntad de personas que no comprendieron
la trascendencia cultural que representaba para
el teatro y la cultura cubana la esencia del Odin
Teatret, con su director Eugenio Barba, por toda
la Isla.
Las primeras en llegar, tarde en la noche del
15 de enero, fueron Julia Varley y Rina Skeel,
con quienes salí al día siguiente
rumbo a Villa Clara. Los pequeños tropiezos
que habían surgido hasta el momento se
desvanecieron con la magia que emana del Escambray,
la naturaleza y, sobre todo, su gente. |
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Miércoles 16 de enero
Ese día permanecimos en la sede del grupo.
Hasta allí llegó Cecilia, la presidenta
del Consejo de las Artes Escénicas en la provincia,
recorrimos todo el lugar e intercambiamos con los
actores, sugerencias, posibles proyectos, montajes
futuros... Mientras esto ocurría, yo me uní
a mi aliado más fuerte en esos días:
el teléfono, y llamaba como una demente a Santa
Clara y La Habana, no quería que nada fallara.
Al día siguiente sería la primera demostración
de trabajo y todo debía estar bajo control.
Lo que más me preocupaba era la puntualidad,
esa rara percepción del tiempo que tenemos
los cubanos no creo que la entendiesen muy bien mis
invitadas, aunque ya Julia tenía su entrenamiento
de visitas anteriores.
En la noche Carlos Pérez Peña presentó
su cubanísimo espectáculo Como caña
al Viento, que al menos yo siempre agradezco. Así
que poemas, canciones y una brillante actuación
fueron el colofón de la primera jornada.
Jueves 17 de enero
Nos levantamos a las 7 de la mañana, el plan
era irse temprano para Santa Clara. Julia y Rina debían
conocer el espacio donde trabajarían y preparar
la demostración de trabajo de las 11, después
de almorzar dejaríamos listo el montaje del
espectáculo del día siguiente. Así
evitaríamos cualquier imprevisto. La sede escogida
eran las salas de teatro experimental recién
inauguradas donde nos esperaban los actores del Estudio
Teatral de Santa Clara, las condiciones eran muy buenas
y la empatía fue instantánea. El rigor
y la disciplina que caracterizan a ese colectivo nos
fueron de grandísima ayuda para el desarrollo
de toda la visita.
Al llegar, Julia, que había clamado por una
plancha para ese extraño ritual que hace antes
de entrar en escena, que consiste en repetir los textos
según plancha su ropa, temía no encontrar
ninguna, en cambio aparecieron tres.
Rina nos asombró con sus
conocimientos técnicos y la agilidad en el montaje.
La demostración El eco del Silencio fue genial,
asistieron, además de actores, estudiantes de
la Escuela de Instructores de Arte y de nivel medio
de teatro, se deslumbraron con la capacidad vocal de
Julia y las preguntas finales develaron el nivel elevado
de algunos de los integrantes de estos proyectos, muchachos
que oscilan entre los quince y dieciséis años,
sin embargo mostraron gran vocación e interés
por las cuestiones técnicas.
Después del almuerzo y justo cuando nos disponíamos
a trabajar, la ciudad se vio sumida en un apagón
de más de seis horas. Esto trastocó todo,
así que decidí mostrarles los encantos
de Santa Clara que tan bien conozco. La verdad, me estaba
matando la tensión, pero caminamos sin cesar
hasta que cayó la tarde. Cuando parecía
que ya no había nada que hacer, se hizo la luz
y pudimos ver Soledades, el último espectáculo
del Estudio Teatral. Regresamos al Escambray con los
actores que habían venido, en una folclórica
y habitual guagüita Girón.
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Viernes 18 de enero
El taxi tiene más de una hora de retraso,
yo apenas me he podido comer el delicioso desayuno
que nos ha preparado Carlos Pérez en su
casa y la cara de Julia y Rina no denota precisamente
mucha felicidad. Después de recorrer cerca
de doscientas veces el camino hasta la salida
y dejar el dedo pegado al teléfono, por
fin llegó nuestro añorado chofer,
aduciendo que tenía «un problemita»
con el carro pero ya todo estaba resuelto, tanto
así que apenas habíamos adelantado
dos kilómetros, en medio del zigzagueo
constante de la carretera y tras haber pasado
un angosto puentecito, nuestro taxi soltó
una goma. |
Sin comentarios... Recuperado el
aliento, regreso en botella hasta la sede del grupo,
el mecánico ayudó a componerlo todo, al
menos para llegar a Santa Clara, lo que era un viaje
de treinta minutos duró dos horas, pero en fin,
llegamos, ¿qué más se puede pedir?
Toda la tarde trabajamos en el montaje de la obra, trajimos
de La Habana un ramo de margaritas blancas imprescindibles
para la puesta en escena, aunque en la tarde aparecieron
tres más, para asombro, sobre todo, de Julia.
Después de descansar y llegada la hora de la
función, la sala estaba repleta, tuvimos que
cerrar las puertas con público afuera.
El castillo de Holstebro impactó a los espectadores
villacláreños, fue una bellísima
función, donde Julia Varley y Mr. Penaut nos
emocionaron profundamente. El púdico quedó
en silencio absoluto varios segundos, consternado, hasta
que estallaron los aplausos. Esa noche decidimos pernoctar
en la ciudad y asistimos, por supuesto, a la deliciosa
peña que ofrecen en El Mejunje Los Fakires, los
famosos «Viernes de la buena suerte». Aunque
nuestro día no se podía catalogar precisamente
de afortunado, había logrado enderezarse por
el camino. Así que marcando pasillos entre la
nostalgia de Los Matamoros y la cubanía del Benny,
nos encontró el sábado.
Sábado 19 de enero
Volvemos a la sala de teatro en la mañana,
a las 11 comenzó la demostración de
trabajo El hermano muerto. Para los estudiantes y
teatrístas que asistieron era una oportunidad
única de participar de un interesantísimo
proceso de creación, de la elaboración
constante de una actnz y el trabajo con su director
Eugenio Barba marcado por la poética que ya
lo distingue. Mucha experiencia habrá ganado
quien asistió y se alimentó de la dulzura
de esa gran maestra, además de actriz, que
resultó ser Julia Varley. Creo que, sobre todo
para los teatristas que no viven en La Habana, fue
de suma importancia el contacto directo con el Odin
Teatret y su propuesta estética, muchos lo
conocían y estudiaban pero nada supera la oportunidad
de poder ver sus espectáculos e intercambiar
con los protagonistas del hecho teatral.
El almuerzo de despedida que celebramos al aire libre
con nuestros anfitriones fue el pretexto para comentar
y hasta reírnos de las controvertidas vivencias
del viaje. Un «nos vemos en La Habana»
cerró el mediodía. Las manos se alejan
agitándose mientras nuestro carro se va saltando
los adoquines de la calle Independencia.
Photos:
Tony D'Urso
Fuente: Revista Tablas-Cuba
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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