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Espasmódico
incesto
JOAN-ANTON BENACH
No es un estreno absoluto pero como
si lo fuera. “Mots de ritual per a Electra”
tuvo su representación primera, y única,
en febrero de 1974 en el desaparecido Don Juan de
Travessera de Gràcia y en un montaje de la
Escola d'Art Dramàtic Adrià Gual. Casi
veinte años de silencio entre aquel estreno
y la representación de esta obra en el Espai
Brossa revelan una de las anomalías que ha
conocido el teatro catalán en épocas
recientes. Respecto a la obra dramática de
Palau i Fabre, el director Hermann Bonnín parece
empeñado en una “operación rescate”,
iniciada en el 2001 con el descubrimiento de “La
confessió” y que prosigue ahora con la
recreación que el autor realizó de la
tragedia de Sófocles.
No de toda ella, sino esencialmente
de uno de sus momentos nucleares. Clitemnestra, la
mujer de Agamèmnon, y su amante Egist, ya han
perpetrado el asesinato del rey de Argos. Electra,
hija de Clitemnestra aguarda el momento de vengar
este crimen, pero su hermano Orestes, que debe regresar
después de un largo exilio, habrá de
participar en la ineludible y sangrienta reparación.
El encuentro entre Orestes y Electra contiene toda
la munición que el autor reservó para
su ritual. Cargados de recelos, ambos personajes se
parapetan de entrada en el anonimato. Electra pregunta
por Orestes y Orestes por Electra. El joven no lleva
aquí las cenizas del héroe supuestamente
muerto, como quiso Sófocles, pero asegura igualmente
que Orestes feneció de modo glorioso y ejemplar.
Cuando uno lee en la traducción
de Carles Riba las cálidas, hermosas palabras
con las que Electra evoca a su hermano, se entiende
perfectamente el repentino malabarismo que ha realizado
el alquimista Palau i Fabre. Sin las trágicas
circunstancias que necesariamente lo evitan, aquellas
podrían ser el prólogo de un apasionado
incesto. Y ésta es, justamente, la idea del
autor. Entre ambos desconocidos, ¿no pudo haber,
se pregunda el maléfico o simplemente “mal
pensado” dramaturgo, la chispa que encendiera
una tumultosa pasión? Así es, en efecto,
y con la espasmódica entrega mutua de los dos
jóvenes, Palau abre las puertas a otra tragedia,
nacida, como en “Edipo”, del “fatum”,
de la fatal ignorancia, del no saber. Electra no sugiere
aquí la réplica femenina del complejo
edípico, sino el brote fulminante de una nueva
historia incestuosa, sobre cuyo porvenir, venturoso
o desdichado, el autor no quiere especular una vez
que Egist y Clitemnestra han caído bajo el
cuchillo de Orestes.
En las dos o tres escenas de la relación
fraterna se condensa el “tiempo” trágico
de la obra, ese elemento fundamental en el teatro
de Palau i Fabre. El “impromptu”, el “espasmo”
lo ha visto muy bien Hermann Bonnín en dichos
momentos, perfectamente ejecutados por sus intérpretes:
Marta Domingo, espléndida y segura, y Xavier
Ripoll, eficaz y convincente en sus arrebatos. Muy
vacilante, en cambio, es el dúo Clitemnestra-Egist,
al que se le impone un registro tan original como
difícil. Con todo, Marisa Jossa formula con
autoridad y emoción las palabas de autodefensa
de su personaje. De Carles Arquimbau puede subrayarse
el enigma que impone al prólogo del ritual.
Éste se alberga en un espacio revolucionado
por Paco Azorín que no acaba de dar el clima
que más conviene al espectáculo.
Fuente:
La Vanguardia
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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