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La hora del
Lliure
XAVIER ANTICH
Es un secreto a voces: el Teatre
Lliure vuelve a encontrar el tono, esa marca de la
casa que lo hizo célebre en Europa y que aquí,
sin apenas desfallecimientos, no dejó de ganar
complicidades en su época dorada de Gràcia.
Es verdad que, sin embargo, todavía le falta
la chispa de arranque, como si algo esencial se anunciara,
cual presagio feliz, pero sin que acabara de materializarse
del todo. Después de unos años de rumbo
errático, provocado por el menosprecio con
que las instituciones acostumbran a tratar todo lo
que tiene que ver con la cultura, el síntoma
podría parecer banal, pero no lo es. Es cierto
que el modelo Lliure, que se inventó, con la
complicidad de algunos de los más grandes creadores
teatrales de Europa, una idea radical e innovadora
de teatro público, estuvo a punto de naufragar.
Y que, pese al nuevo complejo de Montjuïc, el
Lliure tuvo que buscarse a sí mismo entre las
ruinas. Y que, contra viento y marea, Montanyès
tuvo que mendigar restos de presupuestos para organizar
con dignidad las dos primeras temporadas.
Pero ahora, como un anticipo de lo
que todos esperamos, empiezan a llegar perlas en bruto.
El año pasado fueron “Víctor o
els nens” (un prodigio del teatro surrealista,
servido con la acidez de los sueños que nos
arrancan de la cama), “Carta de la Maga a bebé
Rocamadour” (un Cortázar en el escenario
que quitaba el hipo) y “Suzuki” (un texto
valiente, quizás fallido en escena, aunque
imprescindible). Pero este año la temporada
empieza a parecer una continua fiesta de Reyes. Primero
fue el volcán deslumbrante del “Juli
Cèsar” shakespeariano de Àlex
Rigola, su mejor trabajo, el más coherente
y el más vital: o sea, el más ácido
y amargo. Luego siguió “El pati”,
basado en textos de Emili Vilanova, ambientado en
plena demolición de la Via Laietana, que nos
recordaba que la Barcelona que arrasa con su memoria
histórica no es una novedad de última
hora (y que nos permitía oír, con todo
lujo de colores, aquel catalán de Barcelona
que no había sufrido el maquillaje anestésico
y letal de TV3 y sus graciosos oficiales). Y, ahora,
todavía en cartelera, “L'habitació
del nen”, quizás el texto más
maduro y estremecedor de Benet i Jornet, que nos devuelve
a la musa perdida del Lliure, Emma Vilarasau (por
favor: que no vuelva a desaparecer), y a un Pere Arquillé
que ya nos regaló una “Orgia” de
Pasolini de excepción. Y, por si fuera poco,
“El retorn al desert”, el último
texto de Koltès: quizás no sea un espectáculo
redondo, pero Koltès siempre es Koltès.
Ahí vuelve, también recuperada, la imprescindible
Anna Lizaran.
Ahí está todo ya anunciado.
Pero falta el bautizo de fuego: ese momento de magia
teatral que convierta las palabras del escenario en
un acontecimiento fundacional. Falta el estremecimiento
que recorra la sala, la ciudad, la comunidad, con
el sello de lo inolvidable. Mientras esperamos el
proyecto de Lluís Pasqual para el nuevo Lliure,
ya tenemos con qué ir alimentando la esperanza.
No sólo como apasionados del teatro, sino como
ciudadanos que esperan del teatro las preguntas esenciales,
la convulsión que nos devuelva a la vida con
la lucidez que sólo provoca el arte. Con esa
sensiblidad que busca la piel endurecida por kilos
de estupidez y banalidad: el bombardeo cotidiano.
Y que esta vez, por favor, no fallen, como tantas
otras veces, nuestros poderes públicos. Que
no duden en apostar por ese Teatre Lliure que tiene,
por su parte, la obligación de devolvernos
el sentido de un teatro que interroga y despierta.
Ha sonado la hora: que todos sepan estar en su sitio.
La magia, después, ya llegará sola.
Fuente:
La Vanguardia
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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