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Enrique Cornejo
“Si la gente no compra fruta, ¿cómo
va a ir al teatro? Lo primordial es Ronaldo”
por María Eugenia Yagüe
| Enrique
Cornejo es un animal de teatro. Un empresario
atípico y utópico, elegante y educado,
capaz de arruinarse por el amor de una estrella
o por estrenar la función de un autor idealista.
Dejó la compañía lechera
Pascual para meterse en el teatro y ahora tiene
cinco en alquiler. A sus 60 años, el magnate
de la escena española sigue enamorado de
su trabajo y de María José Cantudo,
con quien comparte su vida desde hace siete años.
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P.¿A usted nunca le tentó
subirse al escenario?
R.No, porque sé que lo haría
fatal. No soy un actor ni un director frustrado, ni
siquiera me tienta escribir. Mi pasión es el
teatro por dentro, gestionar una sala, producir, llevar
el teatro a la gente.
P. ¿Es como una enfermedad?
Porque usted no se crió entre bastidores, no
es hijo de artistas....
R. No, no, mi padre, que era médico,
me llevaba mucho al teatro en Valladolid, y me gustaba.
Pero a los i6 años me quedé huérfano
de padre y madre y me vine a Madrid a empezar una
vida, porque mi padre era de aquí. Lo primero
que hice fue instalarme en una pensión. Dejé
la maleta, me senté en la cama y me eché
a llorar. Pero no eran malos tiempos y podía
estudiar y trabajar a la vez. Hice cursos de Comercio
y Economía y a los 20 años era un chico
situado, un verdadero yuppie. Trabajaba con Tomás
Pascual, que ha sido mi maestro.
P. ¿Y cómo se pasa de
la leche desnatada a dirigir un teatro?
R. A mí era lo que me gustaba
y me estrené convirtiendo una discoteca, La
Boîte del Pintor, en un café teatro.
El primero que había revolucionado lo del café
teatro había sido Alonso Millán en La
Fontana, con sus montajes para Bárbara Rey
y Rosa Valenty.
P. ¿Y para un chico tan joven
no era un negocio insensato?
R. No era una compra, era una concesión
y, como le decía, yo estaba bastante bien situado.
Había dejado Pascual, donde había aprendido
todo sobre marketing y comercialización con
Tomás, que es un hombre desbordante con una
intuición extraordinaria para los negocios.
Me fui de Pascual para meterme en el teatro y para
montar una empresa en Bilbao donde fabricábamos
mobiliario y dotaciones para las grandes superficies,
como El Corte Inglés. Nosotros amueblamos su
primer supermecado. Yo era un industrial, un hombre
de negocios que sólo quería ganar dinero
para meterlo en el teatro.
P. Para invertirlo y para perderlo,
supongo.
R. Muchísimo, he perdido muchísimo.
Debo mucho a los bancos, ése es mi estado natural
permanente, y también he dejado de ganar mucho.
P. ¿Y no se arrepiente de haberse
metido en la bohemia y dejar de ser un empresario
con seguridad y sin sobresaltos?
R. No me interesa el dinero, me interesa
ser feliz. He educado a mi hijo correctamente, es
un caballero, un chico estupendo, y he hecho lo que
me ha gustado. Además mi hijo sigue mis pasos
y es mucho mejor empresario que yo, y tiene éxito.
Todo eso para mí es suficiente. El teatro embriaga
y absorbe, me ha costado situaciones personales, dinero.
Y sin embargo...
P. Las mujeres de su vida también
han salido de ese mundo.
R. Mi primera mujer no era actriz,
la madre de mi hijo sí, y trabaja conmigo.
Es lógico que te enamores de las mujeres de
tu entorno. Mi amigo Julio Torres me decía:
“A ti lo que te gustan son las mujeres hermosas
que salen del teatro, pero que luego te hagan un buen
cocido y que sepan plancharte la camisa”. No
estoy muy de acuerdo. La primera persona de la que
me enamoré fue de Lina Morgan.
P. Eso no está en su biografía
oficial, ni en la de Lina, qué sorpresa.
R. Es que fue todo muy romántico...
y unilateral. Yo estaba en el campamento y me había
presentado a un concurso de poesía que hacían
en Las Cuevas de Sésamo. Me dieron un segundo
premio, por un poema entre religioso y humanista.
Yo tenía 20 años, me había prendado
de Lina y me puse a mandarle versos sobre cómo
la veía yo. Nunca supe si los había
recibido. Años después nos hemos reído
mucho los dos cuando se lo contaba. Yo me declaré
muchas veces pero nunca me hizo caso.
P. Y sigue usted enamorado de actrices.
Parece que María José Cantudo es la
definitiva.
R. María José es diferente,
hace siete años que estamos juntos. Ella tiene,
además, lo que no se ve. Es una mujer guapísima
y, al mismo tiempo, exquisita. Su intimidad es inusual.
De auténtica estrella. Además, es muy
respetuosa con la pareja, independiente. Le gusta
mucho la música, entiende de arte. Yo me he
iniciado en las antigüedades por ella. Toda mi
casa está llena de arte del XVIII y XIX, que
ella conoce tan bien. Es una autodidacta extraordinaria,
en las ferias salen los expositores a buscarla.
P. A pesar de tanto entusiasmo, estuvo
usted a punto de perderla por Mar Flores.
R. No, no, no, aquello fueron unos
rumores disparatados. Hacíamos una obra de
Arniches, Que viene mi marido, con José Luis
López Vázquez, dirigida por José
Luis Alonso de Santos. Era una función importante
para mí, con ella empezaba a marchar el Arlequín.
P. Por cierto, ¿cuántos
teatros tiene usted?
R. Cinco, pero ninguno en propiedad,
están alquilados. Pero voy a contar lo de Mar
Flores, a ver si queda claro de una vez para siempre.
El director me dijo que hacía falta una modelo
de los años 30, y que Mar Flores daba el perfil
adecuado. Hablamos con ella, no llegamos a un acuerdo
y no pasó nada. Hasta que en Artemanía
le pusieron un micrófono a María José
y le preguntan por Mar Flores y por mí. Ella
dice que no sabe nada, manipularon su respuesta y
todo se disparó. Yo insisto en que Mar Flores
me gustaba para el papel, fui yo quien se lo ofreció
y guardo un buen recuerdo de la entrevista, aunque
nunca pensé “qué señora
más interesante”. Me pareció una
mujer distante.
P. Hace años intentó
usted estrenar obras escritas por el Papa Karol Woytila.
¿Quién se lo impidió?
R. Nadie en especial, los derechos
de las obras están en México y era complicado.
Él fue actor hasta los 20 años y escribió
cosas hasta los 23. Es un teatro de muchos personajes,
obras un tanto infantiles. No tenían más
interés que el que fueran escritas por el Papa.
P. ¿Hubieran llenado el teatro?
R. No, hubiera sido un desastre. Pero
me ha impresionado conocerle. Este año hemos
ido María José y yo a entregarle La
butaca de plata, un premio instituido por mí
para reconocer a quien protege el teatro. Al Papa
le preocupa que se pierda el interés por las
obras con mensaje humanista y cultural que hagan reflexionar
a la sociedad.
P. ¿Cuál ha sido su
mayor éxito como productor?
R. Eso habría que preguntárselo
a los ordenadores, pero mis éxitos han sido
los que no han tenido éxito, obras que he hecho
para mí, más que para el público,
como Píntame en la eternidad, de Alberto Miralles,
interpretada por Manuel Galiana y Gerardo Malla. Era
magnífica, maravillosa y, sin embargo, fue
un fracaso. Pero cuando hice Chicago con mi hijo,
resultó un bombazo, llegamos a i2 millones
de euros de recaudación y nos dieron el premio
Max de Teatro a la mejor producción del año.
P. ¿Y su mayor desastre?
R. Han sido tantos, que no puedo enumerarlos.
P. ¿A quién le echamos
la culpa de que la gente vaya poco al teatro?
R. Yo voy siempre a comprar la fruta
al lado del Muñoz Seca y el otro día
le pregunté al frutero qué tal le iba
y me dijo que mal. Si la gente no compra fruta, ¿cómo
va a ir al teatro?, pensé yo. La crisis la
pagamos sectores que no son de primera necesidad.
Lo primordial ahora es ir a ver al Real Madrid de
Ronaldo, antes que comprarle al frutero o ir a una
de mis funciones. La gente es capaz de privarse de
comer y pagará lo que haga falta para ir al
estadio. Luego dicen que una butaca es cara.
P. Veo que el fútbol sigue
siendo la bestia negra de los artistas.
R. Es que todos los medios de comunicación
acaban hablando siempre de Zidane y ahora de Ronaldo.
Entre un telediario y otro vienen a ser 20 minutos
diarios de fútbol. También podían
decir de vez en cuando: “Vaya usted al teatro
y reencuéntrese con su espíritu...”.
El gobierno tiene olvidada la cultura y a los jóvenes
no les ofrecen más que Operación Triunfo,
Gran Hermano o falsos debates llenos de expresiones
soeces. Y todo dirigido a una juventud que tiene poca
formación y poca información para elegir
otra cosa.
P. ¿Qué tal se lleva
usted con los partidos políticos?
R. Me llevo bien con todos, especialmente
con el PSOE, con los que he trabajado a gusto. Y he
conocido al candidato a la Comunidad de Madrid, Rafael
Simancas, en un almuerzo. También he dado una
cena a mis amigos de derechas, yo me siento libre
con todos ellos. Un día le dije a Joaquín
Almunia, en vísperas de su campaña a
presidente del Gobierno, que en su programa no había
nada de teatro. Y se lo digo a los que gobiernan aunque
me consideren un pelmazo que siempre habla de lo mismo.
El teatro no tiene color político.
P. Pero usted ha ayudado al Partido
Popular.
R. No soy del PP, soy un hombre de
derechas que en su momento hizo muchas cosas por ellos,
no lo oculto. Si mañana me dicen que la sociedad
necesita al Partido Comunista y es por el bien de
la sociedad y los americanos están de acuerdo,
yo cambio. Soy una persona integrada en el mundo en
el que me desenvuelvo.
P. Ya le he visto en una foto con
Fernando Arrabal.
R. Naturalmente. Y he estrenado una
obra de Buero Vallejo, Las trampas del azar, donde
por cierto la protagonista en un momento determinado
sale con los pechos al aire y se desnuda.
P. Hay líderes políticos
que van al teatro, salen en la foto.
R. Precisamente van a eso. Sólo
les interesa el teatro cuando hay campañas
electorales, para acercarse a los personajes populares.
No es lo mismo que un dirigente de un partido político
aparezca en la prensa con el director de recursos
hidráulicos que junto a Lina Morgan, ya me
dirá usted.
P. Tampoco se ocupan demasiado de
los viejos artistas. ¿Cómo va ese proyecto
de la Casa del Actor?
R. En una sociedad donde el mundo
del teatro interesa tan poco, no es raro que se pasen
los años tratando de recaudar fondos para una
residencia donde pueda acogerse a la gente del teatro
mayor y sin recursos. Cuando un día se acabe,
será como una casa de muñecas, se habrá
quedado pequeña. El Estado tendría que
ocuparse de coordinar esas obras y ordenar plazos
para que se termine de una vez. No se puede hacer
como una obra artesanal. Mientras tanto, cada uno
se busca la vida. Yo tengo una actriz de 92 años
que depende de mí. Debería estar en
una residencia pero, por el momento, yo soy su casa
del actor.
P. ¿Se morirá siendo
un soñador?
R. Cuando llego por la noche a casa,
que es grande, confieso que la recorro entera para
reencontrarme con las cosas que guardo allí,
mis pinturas, mis trofeos... Ése es mi mundo
y no me imagino en otro. Sé que moriré
con las botas puestas.
Lleno de proyectos.
A los 60 años, vive sus proyectos con la misma
ilusión que cuando empezó. Va a todo
ritmo. En el Muñoz Seca ha estrenado “El
príncipe y la corista”. El nuevo espectáculo
de Moncho Borrajo estará en el Reina Victoria,
aunque también apuesta por un monstruo sagrado
de la escena, Esperanza Roy, haciendo de Marlene Dietrich,
en el Arlequín. En el Goya de Barcelona unos
artistas argentinos llevarán a escena “Confesiones
del pene”. En la cartelera del Real Cinema triunfa
“Usted puede ser el asesino”. Además,
prepara el debut de Blanca Marsillach como primera
actriz en “Las entretenidas”. Y quiere
hacer una nueva versión de “Cena para
dos”, de Moncada, con el incombustible José
Luis López Vázquez.
Amores teatrales.
Además de su afecto juvenil y platónico
por Lina Morgan y la relación que vive desde
hace siete años con María José
Cantudo, Enrique Cornejo se ha prendado algunas veces
más, aunque, como decía Camilo José
Cela, se considera un monógamo sucesivo. “El
tiempo que he estado con mis parejas, siempre les
he sido fiel porque he estado enamorado”, asegura
el empresario. Las mujeres de su vida han salido de
su entorno, el teatro o el cine. Antes de encontrarse
con María José Cantudo, mantuvo un largo
romance con Rosa Valenty, idilio que se inició
cuando la actriz hacía en el Alcázar,
“Ahora sí puedo, cariño”,
con la compañía de Pedro Osinaga. Pero
con quien finalmente pudo fue con María José,
la única que le hace pensar en el matrimonio.
El precio de la independencia.
A pesar de su buena relación con el Partido
Popular, Enrique Cornejo se enfrentó este verano
al Ayuntamiento de Madrid, pues consideraba que la
Concejalía de Cultura podía haber actuado
de forma irregular en la asignación de plazas
para representar las obras teatrales de Los veranos
de la Villa. Su empresa, llamada Fama y Cultura, era
una de las aspirantes para poner en escena “El
sueño de una noche de verano” en versión
musical. El sitio elegido era la Muralla Árabe,
un lugar emblemático para el teatro de verano
en Madrid. En lugar de la obra de Shakespeare, se
llevó el cartel “La venganza de la Petra”,
como se rumoreaba ya por los mentideros teatrales,
incluso antes de que se convocara el concurso.
Fuente:
elmundo.es
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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