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'La Finta Giardiniera', una deliciosa locura
DANIEL FERNANDEZ
El Nuevo Herald

Se ha dicho muchas veces que la ópera es una locura --de hecho, uno de sus recursos son las ``arias de la locura''--, pues la hermosa música es un manto que apaña crímenes, pasiones malsanas, violencia, depravación y otros puntos oscuros del alma humana. Por eso esta nueva producción de La Finta Giardiniera (La falsa jardinera), de Mozart, no resulta tan descabellada al situar la acción en un manicomio.

De entrada, el libreto original de Giuseppe Petrosellini, lleno de absurdos, truculencias y enredos se presta para este novedoso montaje de Mark Lamos (que nos diera un originial Giulio Cesare, de Handel, en el 2000) y para la traducción libre y los aportes en los subtítulos de Cori Ellison, creando desde el inicio la atmósfera jocosa que ayuda al apropiado disfrute de esta obra de un travieso joven de 18 años, ya genial, y que habría de convertirse en el divino Mozart de sus obras más sustanciosas.

Juvenil, absurda, demencial; pero esto no le resta a la belleza de su música, donde hay arias y dúos memorables, y ya se perciben las innovaciones y atrevimientos (septetos vocales, disonancias) de quien habría de convertirse en uno de los grandes de la música de todos los tiempos.

La acertada dirección actoral de Lamos tiene mucho que ver en el éxito de esta producción, donde los cantantes se mostraron como verdaderos actores, con una flexibilidad, seguridad y apertura de mente, que pone esta producción a la altura de la más vanguardista que crearse pueda en cualquiera de los principales escenarios operísticos del mundo.

Las relaciones amorosas que esta obra ridiculiza hasta el paroxismo (anticipo de lo que Mozart haría en Cosi Fan Tutte), sirven de metáfora para la locura mayor que puede ser toda acción humana, y en directo, pone en evidencia todo el ridículo y la locura que conlleva el medio operístico. Las sopranos con cuchillo en la mano (Lucia, Cio Cio San, Lady Macbeth), el travestismo descubierto de Ramiro, parodia la ópera tradicional, mientras que el más atrevido y reciente Peter Brooks sale también malparado con los jueguitos de la manguera de jardín (alusión evidente a su versión de La tragedia de Carmen). De la sátira que ya estaba en Mozart (no olvidemos que la pobre María Antonieta pudo ser inspiración para esta jardinera bufa, y que la situaciones confusas entre los distintos estratos sociales le servirán nuevamente de tema en Las Bodas de Fígaro) Lamos va a la parodia y a la parodia de la parodia. En otras palabras, que como en su versión de Giulio Cesare, no deja nada en pie.

Sin embargo, esto no debe verse como irreverencia, puesto que Mozart era en sí un gran irreverente, sino como una versión siglo XXI que pone a Mozart una vez más en el candelero con la misma frescura que siempre ha tenido y que parece que nunca va a perder.

Si me he detenido tanto en esclarecer los propósitos de la puesta es porque del resto de la producción baste decir que estuvieron a la altura de esta genial concepción con una extremada afinación y una entrega pocas veces vista. Para empezar, el director de la orquesta, Stewart Robertson, dirigió desde el clavicémbalo, como Mozart. Desde el punto de vista musical, nada más auténtico.

Los cantantes eran estupendos en todos los sentidos. No tuvieron a menos salir en paños menores a hacer cosas delirantes, grotescas, en fin, locas, mientras se engarzaban en difíciles coloraturas o largos recitativos. Sarah Coburn como Sandrina/Violante se lleva las palmas, no sólo porque tiene el papel protagónico y más difícil, sino porque mantuvo claridad, agilidad y afinamiento hasta el final. Sus dúos con el tenor Brian Anderson fueron sencillamente exquisitos. Lamentablemente, Anderson se mostró un poquito cansado al final, y en una coloratura tuvo un pequeño desliz, que se le debe perdonar, pues en ese momento se levantaba del suelo.

Twyla Robinson como Arminda, y Leah Hunt, como Serpetta, estuvieron estupendas en sus exigentes papeles. Mención aparte para Sandra Piques Eddy con su Ramiro, quien obtuvo especial distinción del público en los aplausos finales. Formidable y divertidísimo Dominique Moralez como Don Anchise, y muy satisfactorio el Roberto/Nardo de Wojciech Bukalski. Realmente todos estuvieron muy bien, hasta los ''loqueros'' con sus personajes silenciosos.

La escenografía de Michael Yargan, con algo de Magritte y algo de Calzada, resultó funcional y atmosférica en su doble papel de asilo de locos y jardín simbólico. Las luces de Robert Wierzel funcionaron con igual excelencia, y no se debe menospreciar tampoco el acertadísimo doble vestuario convencional y moderno, de locos y de personajes de época.

Es una puesta que merece los mayores elogios, pues resucita una obrita que, aunque de indiscutible belleza musical, se hace totalmente absurda para el gusto contemporáneo. El hecho de ser situada en un manicomio, la emparenta con las representaciones que hacía el Marqués de Sade, contemporáneo de Mozart, en el asilo de Charenton, mientras que las sábanas, los decorados minimalista, y el absurdo general sitúa esta puesta en el universo de Beckett. ¡Mozart a lo Beckett! Sin embargo, funciona a la perfección, como demostró la cerrada ovación con que fue premiada.

Si usted ha sufrido recientemente de depresiones, y ha tenido que recurrir al Saint John's Wort o el Prozac, esta obra puede resultarle la mejor de las terapias. A través de los siglos, con esta deliciosa locura, la divina risa de Mozart todavía llega hasta nosotros.

'La Finta Giardiniera' se repite los días 15, 18 y 21 a la misma hora, y el 23, a las 2 p.m. en el Miami-Dade County Auditorium, 2901 West Flagler St. En Fort Lauderdale se presentará en el Broward Center for the Performing Arts, 201 Southwest 5th. Ave. Para reservaciones y entradas: 1-800-741-1010.

Photo: GASTON DE CARDENAS
Fuente: El Nuevo Herald
Febrero 2003

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