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Cuando nada
es lo que parece
La propuesta usa
recursos de danza, teatro físico y del
absurdo. La complejidad escénica permite
que cada espectador mire lo que quiera.
Si el hombre camina, lo hace
sobre una cinta de moebius que no le permite
avanzar. Los sucesos en su vida cobran dimensiones
contradictorias: los cotidianos se engrandecen,
los decisivos terminan convirtiéndose
en simples anécdotas. Definitivamente,
cada nuevo segundo de vida es un segundo menos
de vida.
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Ana Garat y Pilar Beamonde son las
creadoras de un espectáculo que intenta despegarse
de cualquier clasificación. Ahí radica
fundamentalmente su virtud. El hombre que camina coquetea
con expresiones cercanas a la danza, el teatro físico
o el absurdo, pero a la solidez (literal) de la puesta
se le opone tanta flexibilidad estética, que
cualquier intento de encasillamiento bordearía
el ridículo.
Es una apuesta riesgosa, sin duda.
Hay algo en la obra que despedaza dos nociones factibles
de ser medidas con precisión: el tiempo y el
espacio. En eso cobra un papel fundamental la soberbia
estructura que contiene al universo que las coreógrafas
proponen. Es una escenografía monstruosa, que
intimida (y pensar que la crearon dos mujeres que
no superan los 4o y pico de kilogramos): se trata
de una compleja superposición de escenarios
que tiene un peso de 21 toneladas. El más grande
(se encuentra debajo del sector donde se ubica el
público) mide 7.70 por 7.70 metros. El más
chico (de acrílico, se encuentra sobre los
espectadores) tiene una dimensión de 5 por
por 5 metros. Los periféricos son apenas diferentes
entre sí: uno (7.70 por 6.40) es un metro y
medio más profundo que el otro. Y a eso se
le suman dos pasillos largos y angostos y un distante
balconcito.
Pero, ¿cómo lograr que
semejante puesta no se transforme en una mera curiosidad?
Simple: haciéndola funcional al espectáculo.
Finalmente, la verdadera utilidad del espacio escénico
radica en permitir que el espectador arme El hombre
que camina como le dé la gana.
Para eso, la obra se muerde la cola.
Si desde lo discursivo y lo gestual el texto propone
un mundo regido por leyes arbitrarias, donde el sometimiento
y la opresión no dejan espacio al amor y al
deseo (El hombre que camina sería —involuntariamente—
una versión tecno de 1984, de George Orwell),
el espectador posee la libertar de decidir, incluso,
hacia dónde mirar.
La acción muchas veces ocurre
paralelamente en los diversos escenarios: puede ser
una mujer arrojando flores lánguidamente, quizás
dos jóvenes en plena exploración de
sus cuerpos, tal vez un grupo de bailarines elaborando
una delicada coreografía basada en el contact
improvisation.
Otras herramientas que colaboran con
la eficacia del espectáculo son la música
y la iluminación. Las melodías reúnen
tonos graves y ritmos electrónicos, que en
principio suenan a conocidos acordes de los Depeche
Mode, pero rápidamente se funden en anónimos
golpes metálicos, excesivamente monótonos.
Las luces (en general blancas, direccionales, nítidas)
se asocian al juego creando y destruyendo progresivamente
las imágenes que dan forma a la obra. Y la
ausencia de luminosidad —muchas veces el espacio
entero queda totalmente a oscuras— anula en
el espectador su capacidad de percepción, ya
que éste desconoce de cuál de los escenarios
surgirá el próximo acto.
Tal vez, un punto débil de
esta propuesta está dado por la repetición
de secuencias y actos cargados de simbolismo. En un
punto, terminan por acostumbrar la mirada del público;
no lo sorprenden. Y se sabe que en la oscuridad, nada
atrae más que una buena provocación.
elclarin.com
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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