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Cuando la higiene
se enfrenta al caos
Alejandro Cruz
"Ars higiénica",
a partir de textos del "Manual de urbanidad
y buenas maneras", de Manuel Antonio Carreño.
Con Rodolfo Demarco, José Mehrez, Fernando
Migueles, Fernanda Orazi, Paola Peimer, Marianela
Pensado, Germán Rodríguez y Agustín
Vásquez. Vestuario: Inés Rodríguez.
Iluminación: Eli Sirlin. Dramaturgia y
dirección general: Ciro Zorzoli. En El
Galpón del Abasto (Humahuaca 3549). Funciones:
sábados, a las 23.
En el mapa del teatro alternativo, Ciro Zorzoli
es uno de los directores más talentosos.
Lo demostró en "Living, |
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último paisaje", en
"A un beso de distancia" y en un semimontado
que se ofreció el año pasado en el Instituto
Goethe. En los dos primeros montajes trabajó
con su grupo La Fronda; con ellos acaba de estrenar
en El Galpón del Abasto "Ars higiénica",
un espectáculo armado a partir de textos del
libro "Manual de urbanidad y buenas maneras",
de Manuel Antonio Carreño, editado en 1853.
En ese espacio, ocho pulcros personajes (tan obsesivamente
pulcros en todo que hasta el programa de mano viene
envuelto en bolsitas cerradas para evitar peligro alguno)
repiten y actúan hasta el cansancio consignas
que, bajo la excusa del "buen" comportamiento
social, se convierten en castradoras. Según el
escrito, nada debe quedar librado al azar (ni los sueños).
Claro que la realidad indica otra cosa, y el caos, la
amenaza del pensamiento positivista de fines del siglo
XVIII, termina apoderándose de cada uno de los
personajes y del escenario.
"Sólo entre personas que se tratan con confianza
puede ser tolerable el acto de cruzar las piernas",
dice un personaje mientras guarda y clasifica intentando
ordenar el caos. "Guardémonos de entregarnos
nunca al rudo y estéril placer de dormir con
exceso", apunta otro. Así, una consigna
se ordena detrás de la otra sin solución
de continuidad. En esa reiteración, las buenas
costumbres se convierten en imperativos aniquiladores
del deseo, de todo aquello que suene a peligroso, que
suene a barbarie.
Dramatúrgicamente puede suceder que, en la acumulación
de consignas, el efecto escénico comience a agotarse.
Puede ser que, a lo sumo, el sustento de la obra pase
a ser el virtuosismo de los actores (que, vale aclarar,
es enorme) o del carácter casi surrealista de
las "buenas maneras".
De todos modos, la misma obra se encarga de salir de
esa especie de pantano al desarrollar uno de los niveles
del relato: el referido a la carne. Esa acción,
que irá creciendo en etapas, es la que acapara
el cierre de "Ars higiénica" y la que,
por su lado siniestro, se emparienta al que despliegan
algunas obras de El Periférico de Objetos.
Una puesta sin manchas
En esa escena final, el trabajo alcanza momentos impactantes.
En esa escena, el único protagonista es el espacio
vacío y algunos montoncitos de carne picada con
vidrio molido desparramados por el escenario. Esa simple
imagen posee una contundencia tal que, por un lado,
se convierte en una instalación plástica
de una inquietante y perturbadora belleza. Por otro
lado, los montoncitos de carne y vidrio picados molidos
parecen aguardar la presencia de un gato (el recurso
de la carne con vidrio remite inexorablemente a los
métodos caseros para matar al felino "molesto"
del barrio) o de estar agazapados esperando que algún
cartonero los recoja para paliar su hambre.
Un razonamiento imposible de evitar (de sentir), porque
cuando se abandona la sala el público se enfrenta
al corazón del Abasto y toda su marginalidad,
su suciedad. O sea, se enfrenta con el resultado de
otro plan, en este caso de planificación urbana,
de un rotundo fracaso.
En lo particular, los personajes de la obra también
fracasan. Ellos mismos se convierten en testimonios
y protagonistas de un plan destinado al fracaso. Por
eso, los vestidos de ellas terminan todos arrugados
o los ocho personajes insisten en limpiarse las manos
con el agua de un balde que, ya próximo al final,
contiene agua sucia, con lo que quedó de ese
pensamiento con ínfulas de pulcritud. De todas
maneras, repiten el gesto de limpiarse, de pasarse lentamente
las manos como una señal purificadora, como si
nada hubiera pasado. Como esas clases sociales que no
se dan cuenta de que el país de las vacas gordas
en el que vivieron ahora es el país de la desnutrición.
Más allá de algunos posibles problemas
de dramaturgia, hay algo que es innegable: el montaje
es estupendo desde varios puntos de vista. Y en la enumeración
es imposible no hablar de la iluminación de Eli
Sirlin, la magnífica escenografía de Gastón
Joubert o el impecable trabajo actoral de Rodolfo Demarco,
José Mehrez, Fernando Migueles, Fernanda Orazi,
Paola Peimer, Marianela Pensado, Germán Rodríguez
y Agustín Vásquez.
Y, claro está, detrás de cada uno de ellos
está Ciro Zorzoli, un excelente puestista, un
cultor del trabajo grupal hecho en silencio pero con
horas de investigación. De otro modo es imposible
llegar al preciosismo que posee "Ars higiénica".
Fuente:
la nación line
Febrero
2003
TeatroenMiami.com
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www.teatroenmiami.com
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