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Los posibles límites de tomar partido en escena
Alejandro Cruz
El peligro de las palabras casi huecas

Si algunos espectáculos carecen de metáforas para hablar de la situación política y social en la Argentina, hay otros lenguajes (siempre los hubo) que apelan a otros códigos para, en definitiva, hablar de lo mismo.

Por un lado, los espectáculos de Enrique Pinti o de Nito Artaza, que en estos momentos hacen temporada en Mar del Plata, apelan a un formato casi de denuncia dando nombres y apellidos con la fórmula del humor político, de la ironía o de la caricatura. Bajo ese paraguas nombran tranquilamente a Menem, a De la Rúa o Cavallo (la lista es mucho más extensa) sin necesidad de rodeo alguno. Los exponen, hasta se disfrazan de ellos generando un hecho escénico-humorístico de probada efectividad. Por elevación, les sirve a estos artistas para tomar partido.

Con mayor o menor uso de la ironía, algo similar ocurre con las murgas (otra expresión netamente popular). Desde siempre, uno de los sustentos ideológicos y artísticos de esta expresión es denunciar los abusos del poder de turno e identificarse claramente con los reclamos de la gente común.

Pero hay otras estéticas, otros lenguajes que inexorablemente hablan de nuestro país, lo retratan, lo analizan sin necesidad de cacerolas, de dar nombres y apellidos puestos en un escenario para el aplauso fácil. ¿Acaso el espectáculo "El suicidio", de El Periférico de Objetos, no traza una aguda radiografía de los tiempos que vivimos? ¿Acaso la exasperante pulcritud que se respira en "Ars higiénica", el montaje de Ciro Zorzoli, al salir de la sala en medio de un Abasto decadente como contraposición no termina hablando del estado caótico en el cual vivimos?

En el momento actual, las cacerolas -como emblema y como síntesis- se han convertido en un límite estético. Da la sensación de que cuando aparecen en un escenario, puede venir el aplauso inmediato por identificaciones ideológicas con determinado sector social, puede ser que el actor-director-dramaturgo libere así su necesidad de tomar partido, pero se acaba la metáfora escénica.

De alguna forma, esos textos se ponen en el mismo lugar que tantas declaraciones políticamente correctas que vemos y escuchamos todos los días por la televisión. Declaraciones que, en la reiteración, se transforman en palabras casi huecas, vacías. Apenas gestos formales, pero sin nada atrás. Sin una reflexión profunda, se transforman en hechos catárticos de una bronca legítima, pero nada más que eso.

Fuente: la nación
Febrero 2003

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