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Reloj, no marques
las horas... ¡levantá el telón!
Por Ernesto Schoo
A cierta altura de la vida uno se
resigna a descontar que no llegará a la revelación
de los mayores secretos del universo, algo que tal
vez las generaciones futuras logren paulatinamente
desentrañar. Pero –yendo a lo personal–
estoy seguro de que jamás se sabrá con
certeza por qué, respecto del horario fijado,
los estrenos de teatro en Buenos Aires comienzan con
un retraso que últimamente se ha vuelto una
pésima costumbre y un abuso intolerable.
Ante todo: aquí los espectáculos empiezan
mucho más tarde que en Londres, París
o Nueva York, donde la hora habitual suele ser las
20, cuando no las 19. Cuestión de latitud,
se dice: en el hemisferio norte ya es de noche cuando
en el Sur el sol todavía anda remoloneando.
Por consiguiente, el cronograma de todas las actividades
humanas –salvo los repartidores de diarios y
los panaderos, por ejemplo– responde a ese hecho.
Como regla general, el día de trabajo de un
porteño se desfasa en dos horas, comparado
con el de un neoyorquino, cuyo horario laboral es
de 9 a 17. Eso, sin contar la pausa para el almuerzo
(mucho más extensa aquí que allá),
los cafecitos, las llamadas telefónicas y los
intervalos para los chismes internos y la crónica
futbolística y erótica.
Pero seamos humanos y no contabilicemos esas mínimas
transgresiones, aunque sumadas arrojan una cifra llamativa.
Otro rasgo local es nuestra inveterada postergación
de casi todo para último momento, cuando el
apuro nos hace equivocarnos más que de costumbre.
Es así que, en la noche del estreno, pacientemente
sentados en nuestras butacas, “sordos ruidos
oír se dejan” detrás del telón
corrido: martillazos, interjecciones, un farol que
se cae, corridas para solucionar problemas que debieron
preverse y resolverse durante las semanas de preproducción.
El retraso técnico es uno de los argumentos
usados para convencer a los impacientes, que ya llevan
cuarenta y cinco minutos de espera, de que la fatalidad
se ha ensañado con la sala, sin duda debido
a una “jettatura de los rivales”.
Previamente, salvo que uno sea previsor y llegue con
tiempo, se ha debido atravesar un verdadero pugilato
para hacerse de las entradas (aunque debe reconocerse
que este trámite se ha ordenado bastante).
Hasta que uno termina por darse cuenta de que el mayor
atraso se debe a que figuras, figuritas y figurones
están “haciendo hall” frente a
las cámaras y los micrófonos, en el
vestíbulo de entrada, adelantando pronósticos
sobre lo que aún no han visto o –sobre
todo– anunciando sus planes de trabajo.
¿Qué sería de un estreno sin
modelos, estrellitas y estrellitos, veteranos –y
veteranas (visten mucho, en todas las acepciones de
la frase)– y, si es posible, algún deportista?
Mientras tanto, algunos espectadores ingenuos ya se
han ubicado en la platea, y también los críticos,
que a menudo han trabajado desde temprano en las redacciones
y deben soportar hasta una hora y más de retraso.
Tan sólo me consuela recordar que en octubre
último, en París, asistí a un
desorden similar frente al Théâtre de
l´Athenée, donde iban a dialogar Arthur
Miller, Jorge Semprún y Jorge Lavelli. No pude
entrar, ni yo ni un montón de gente que desbordaba
la placita frente al pequeño teatro de Montmartre.
Como lo consigné en una columna de entonces
(“Almuerzo en casa de Jorge L.”), en todas
partes se cuecen habas y la naturaleza humana es siempre
la misma en todo tiempo y lugar. Aunque en algunos
lugares resulte demasiado semejante a sí misma.
Fuente:
La nación line
Febrero 2003
TeatroenMiami.com
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