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Cae el telón
para Emilio Burgos, uno de los grandes escenógrafos
españoles
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Hacía tiempo
que Emilio Burgos vivía retirado de los ajetreos
de la escena. La muerte se detuvo en sus ojos el pasado
jueves, en la residencia madrileña de ancianos
donde vivió sus últimos años
MADRID.
Sus restos fueron ayer incinerados a primeras
horas de la tarde en el cementerio de La Almudena.
Tenía 92 años y tal vez a las
nuevas generaciones de gentes de teatro y de
espectadores el nombre de quien fuera uno de
los baluartes fundamentales de la escenografía
española del siglo XX no les suene, aunque
su firma, asociada a bastantes de los grandes
montajes de casi cinco décadas, siempre
fue sinónimo de rigor y elegancia.
Había nacido en Madrid
y antes de volcarse en el teatro, que fue su
pasión más perdurable, había
cursado estudios de Arquitectura, lo que le
dio una sólida base técnica y
un estilo de concepción espacial que
utilizó a la hora de proyectar sus fantásticos
decorados. Sus primeros escarceos escénicos
estuvieron ligados al Teatro Escuela del Arte
de Cipriano Rivas Cherif y Felipe Lluch. Y su
primer trabajo profesional como escenógrafo
data de 1941, unas referencias señalan
que fue en un montaje de «El acero de
Madrid» y otras que de «Falfstaff
y las alegres casadas de Windsor». El
caso es que ahí |
Emilio Burgos |
arrancó una fecunda y respetada
carrera durante la que se encargó de las escenografías
de más de trescientos espectáculos, además
de realizar también estupendos figurines, de
los que, según la leyenda, Balenciaga llegó
a decir que no había visto antes en teatro diseños
más bellos.
Premio Nacional de Teatro
Luis Escobar, Cayetano Luca de Tena,
Humberto Pérez de la Ossa y José Tamayo
fueron algunos de los directores con los que más
asiduamente trabajó, gente que se esforzó
en su momento por poner la escena española
a la hora del mundo. Por lo que a él tocaba,
Emilio Burgos siempre estuvo alerta para incorporar
a sus trabajos innovaciones técnicas que luego
se hicieron habituales en otras producciones. En los
anales queda que fue él quien por primera vez
empleó elementos corpóreos en un montaje
(«Lo que el viento se llevó», en
1941) y también el primero en usar una plataforma
giratoria («La dama duende», 1942).
Concibió los decorados de varias
obras de Antonio Buero Vallejo: «Historia de
una escalera», «Hoy es fiesta»,
«Un soñador para un pueblo» y «Las
Meninas», y entre las muchas piezas para las
que realizó escenografías figuran también
«Diálogo de carmelitas», «Cyrano
de Bergerac», «Te espero en Eslava»,
«Réquiem por una mujer», «Don
Juan Tenorio», «La vida es sueño»,
«Los árboles mueren de pie», «El
caballero de las espuelas de oro», «Divinas
palabras», «Luces de bohemia», «Antología
de la zarzuela», «Un domingo en Nueva
York», «Filomena Maturano», «Otelo»,
«Doña Francisquita», «La
Bohème», «La Perichola»...
En 1989 recibió el premio Nacional
de Teatro, y en 1991, Gustavo Pérez Puig le
rindió homenaje, a él y a Cayetano Luca
de Tena, reponiendo el montaje de «El orgulloso
español», de Lope, que llevaba las firmas
de ambos: Luca de Tena en la dirección y Burgos
en la escenografía. Fue en el Teatro Español,
escenario de muchos de sus éxitos, donde se
volvieron a levantar los exquisitos volúmenes,
memoria de un magisterio y de una fascinación,
testimonio de una historia de amor por el teatro.
Fuente:
ABC.es
Febrero 2003
TeatroenMiami.com
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