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Dagoll Dagom y los abanicos del “PePerú”
JOAN-ANTON BENACH

Dura, tremenda, pesada: se la conocerá como la noche de los abanicos largos. Diabólicamente confabulados, el bochorno y el relente fueron dos crueles adversarios de la juerga que Dagoll Dagom ha inventado para inaugurar el Grec 2003. A su versión de “La Perritxola” de Offenbach le falta el fuelle, la imaginación, la frescura que tal vez hubieran podido erradicar la atmósfera penintencial que con insidiosas intermitencias se adueñaba anteanoche del anfiteatro de Montjuïc. Mal asunto si ante la guasa que se perpetra en escena – y que se pretende desempachada y punzante– el auditorio se llena de tantos y tan prolongados silencios, sólo mancillados por tímidas risitas, sólo rotos por algunos trabucazos de sal gorda... En el ínterin, los abanicos, obsequio del festival, eran una bendición.

Sobre un rojigualda relieve de la península Ibérica, con la esquina gallega negra, negrísima, por mor del chapapote, los intérpretes de “La Perritxola” se mueven con pasos escasos y contados. Al espacio escénico le sobra aire por los cuatro costados. En el Grec, la corte del Virrey del “PePerú” resulta de una agobiante, clamorosa estrechez. Ese primer error tiene un atenuante. Sospecho que Montse Amenós recibió el encargo de diseñar una escenografía apta para el teatro Victòria, recinto en el que recalará la opereta en temporada regular, es de esperar que con algunas virtudes más resplandecientes que las exhibidas a lo largo de la noche de autos.

En realidad, el espectáculo no se presta a demasiadas correcciones. Alteraciones, por usar un término más objetivo. En primer lugar, porque estas deberían afectar a no pocos párrafos de la versión realizada por Xavier Bru de Sala, escritor bregado en boyantes negocios teatrales, algunos de una calidad indiscutible, pero instalado aquí en la onda de un humor desastrado y vulgar. La letra de “La Perritxola” está sedienta de ingenio, es torpe y tópica en sus estocadas “antipeperas” y sin gracia ninguna en el abordaje de los aspectos sicalípticos a que se presta la historia de celos y calenturas que capitanea el lujurioso Virrey.

Pero, en segundo término, tampoco cabe barruntar ninguna posible enmienda puesto que resulta perfectamente obvio que dicha aventura escénica ha querido instalarse en el tono menor que, se supone –no siempre acertadamente–, conectará con públicos mayoritarios amigos de la francachela barata y la broma más desabrochada. No es por casualidad que el director Joan Lluís Bozzo califique su “Perritxola” de chica “gamberra”, idéntico adjetivo que usaba Joan Anton Rechi al definir su versión de “Orfeu als inferns”, también de Offenbach, que se vio hace pocos meses en el Romea. “La Perritxola” de Dagoll-Dagom es el tercer espectáculo de Jacques Offenbach que se ve en el Grec, tras “Orphée aux enfers”, por la compañía Théâtre Fontaine, (1985) y “La Bella Helena” (1981) del Lliure, que subió a Montjuïc con el certificado del éxito conquistado en Gràcia. En más de una ocasión he citado este espectáculo, por cuanto, hasta el día de hoy, representa la mejor adaptación catalana de una obra del compositor germanofrancés.

Persiguiendo la carcajada

La versión textual era de Kim Vilar, un hombre que estuvo vinculado a la Escola d'Art Dramàtic Adrià Gual, y que entendía que la comicidad y el buen gusto no tienen por qué estar necesariamente reñidos. En “La Perritxola”, en cambio, esta alianza se ve seriamente torpedeada. Persiguiendo afanosamente la carcajada, se sacrifica lo que haga falta, incluso la figura de la República española, convertida en una esperpéntica criatura fornicadora. Menos mal, menos mal que La Perritxola “stricto sensu” funciona. Me refiero a Marta Marco, claro está. Esa mujer que al natural muestra una elegante discreción, que diría la prensa rosa, se agiganta en el escenario diciendo el texto con exquisita propiedad, cantando con mucho tino y moviéndose de maravilla, con la inteligencia de quien sabe que el arte de la seducción conlleva una gestualidad de muy amplio espectro. Ella y su compañero Xavier Bertran, un Piquillo que podía dar mucho más de sí, al igual que Pep Cruz, víctima de su achulado arquetipo de virrey, ofrecen las actuaciones más consistentes del espectáculo. En algun momento la música se aproxima al guirigay, pero otros suena compacta, sobre todo en los acompañamientos corales, muy cuidados. Al final, los aplausos fueron vigorosos pero breves. Una sola vez saludaron los intérpretes y responsables del, para muchos, decepcionante sarao.

Fuente - La Vanguardia
Julio - 2003

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