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La poesía muda de Handke
JOAN-ANTON BENACH

Todo funciona a la perfección en esta plaza donde cada sorpresa busca aguijonear la sensibilidad del espectador

L'HORA EN QUÈ RES NO SABÍEM ELS UNS DELS ALTRES
Autor: Peter Handke
Dirección: Joan Ollé
Música: Pascal Comelade
Intérpretes: Quim Dalmau, Mercè Lleixà, Ainhoa Aladanondo, Jorge Albuerne, Isabel Bres...
Lugar y fecha: Mercat de les Flors (27/VI/2003)

Como algunos lectores recordarán, en aquel Capsa recuperado por Pau Garsaball en 1969, José Luis Gómez presentó un sugestivo montaje de “El pupilo quiere ser tutor”, una obra que prescindía de la palabra pero en la que Peter Handke “hablaba” con diáfana claridad de la opresión que un individuo puede ejercer sobre otro. Desaparecido el influyente Grupo 47, Handke promovió en 1968 un “Antiteatro” en el que la escena muda era uno de sus ingredientes. Y de esa escena sin palabras, poblada ahora por más de 300 personajes, surgiría en 1992 “L'hora en què res no sabíem els uns del altres”.

El espectáculo conlleva un desafío nada desdeñable para cualquier director exigente. Una plaza pública debe ser cruzada por centenares de hombres y mujeres (no todos al unísono, si me dispensan la aclaración), arquetipos de seres comunes y anónimos, pero también mitos, singularidades y leyendas que se entrometen en la caleidoscópica cotidianidad urbana: el Papageno pajaril de “La flauta mágica”; Eneas, el fundador de Roma, con su padre a lomos; Tarzán; Moisés con las tablas de la ley; las “tres edades del hombre”; el gurú encantador de multitudes; el verdugo de una ceremonia sado... Solos o en grupo, los transeúntes conforman una galería extraordinaria y variopinta en la que cada contraste y cada sorpresa busca aguijonear la sensibilidad y la imaginación del espectador.

Pero el contraste y la sorpresa presuponen una maquinaria escénica perfectamente engrasada y un juego actoral pautado al segundo, dibujado al milímetro. He ahí el reto que encierra lo que podría verse como una danza cronométrica, donde cada “paso” dialoga con el siguiente, cada movimiento con la música en off, cada indumentaria –más de 400 piezas– con la luz cambiante de la plaza. Pues bien. El director Joan Ollé asumió el envite desde un propósito perfeccionista que ha conducido a resultados espléndidos. Todo funciona con una formidable meticulosidad: las fulgurantes entradas y salidas de los personajes; la experta iluminación (Albert Faura) que pone claridades y sombras al perfil de los personajes y sugerentes tornasoles al imponente tótem que preside el espacio escénico (Rotllán Torres); la música del gran Pascal Comelade transfiriendo sutilidades rítmicas al movimento de los intérpretes, lo mismo con una composición que respira tradición popular por todos sus poros que con un arreglo vistoso del “Bésame mucho”...

Si de la Europa central nos hubiera llegado diez años atrás un montaje como éste, nos habría caído literalmente la baba. Y digo diez años a propósito, porque es un periodo que para el teatro del movimiento y de las formas no ha pasado en balde. Muchas, quizá demasiadas “cosas” que suceden en “L'hora en què res no sabíem...” nos saben a cosas muy vistas. Archirrepetidas. Es el talón de Aquiles que ofrece el espectáculo. Así pues, no es tanto el “què” sino el “cómo” aquello que puede sorprender. Verbigracia, el ritmo y la poesía de la acción escénica, contaminada de pronto por una conmovedora versión del “Homenatge a Teresa” de Ovidi Montllor, capaz, todo ello, imágenes y música, de atravesarnos con un escalofrío.

A Handke, en ocasiones, no es que le sobren, es que le incomodan las palabras. Para ese juego de los transeúntes –escrito siete años antes de erigirse en turiferario de un pájaro tan miserable como Milosevic– el autor sólo pide “disponibilidad para los signos”. Es el Handke romántico. El que se conforma con eso, con un escalofrío. Sólo hace falta que los signos tengan el pulcro acabado que exhiben en el Mercat.

Fuente - La Vanguardia
Julio - 2003

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