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Handke y el
consejo de administración
JOAN-ANTON BENACH
Dos espectáculos de Peter Handke
(1942) ocupan la cabecera del Grec, inaugurado el
pasado miércoles. Un Handke mínimo,
un texto de media docena de páginas, publicado
en la desaparecida Editorial Laia (1979), se representa
como un monólogo en un local igualmente mínimo:
el Espai Brossa. Y un Handke mayor, con un completo
reparto, y sin texto ninguno, se estrenaba anoche
en el Mercat de les Flors. El monólogo, traducido
del alemán por Feliu Formosa, se titula “Benvinguda
al consell d'administració” y lo interpreta
Quimet Pla dirigido por Jordi Coca.
“Benvinguda al consell d'administració”
no es un texto escrito para el teatro. Se trata, sin
embargo, de un relato en primera persona en el que
el narrador se dirige a un auditorio que espera le
rindan cuentas de los beneficios de una innominada
empresa y de la honradez y eficacia de sus directivos.
Poco importa que Peter Handke no distinga muy bien
una junta de accionistas de un consejo de administración.
El hecho evidente es que el discurso del alto responsable
empresarial puede adquirir una forma netamente dramática
con sólo imaginar que los consejeros o inversores,
ávidos de escuchar un discurso halagüeño
para sus bolsillos, conforman lo que se entiende por
un público teatral. Juraría que dentro
de la fauna teatrera que peregrina por las salas alternativas
no abunda el personal que vive de generosas dietas
y cómodos dividendos, con lo que, de entrada,
se produce entre los espectadores una cierta violencia
emocional, ante “el papel” que deben representar
sin que nadie les haya pedido permiso para ello. Una
violencia que, además, crece ante el tono agresivo
y las miradas inquisitorias del orador, quien, por
si fuera poco, ha entrado al local con movimientos
lentos y amenazadores.
Manipulación del lenguaje
Esa “forma” de moverse
y de hablar no viene ni siquiera sugerida en el texto
de Handke. Es, pues, una aportación de Jordi
Coca, que en algún momento nos remite a “Insults
al públic” del mismo autor y que, en
todo caso, le sirve para enfatizar uno de los puntos
clave de la obra literaria y teatral del dramaturgo
austriaco. Me refiero a la función del lenguaje
y la capacidad que éste tiene de contaminar
la percepción de la realidad. Frente a la objetividad
y la lógica de los hechos, el lenguaje puede
alterar las circunstancias y escalas de valores en
las que coinciden unas personas o grupos. Entre otros,
“La cavalcada sobre el llac de Constanza”
es uno de los ejemplos luminosos que Handke propone
para el análisis de esa virtualidad manipuladora
de la palabra.
En la “Benviguda...”,
el personaje que interpreta Quimet Pla –un buen
trabajo tocado quizá por una crispación
excesiva–, lejos de ofrecer el balance que de
él se espera, se detiene en incidencias ocurridas
en torno a la reunión que preside, el frío
que registra la estancia, el accidente sufrido por
el hijo del portero que es quien tenía que
encender las estufas, una reciente tempestad de nieve...
Todo conduce a su obligación de informar, pero
todo, a la vez, la nimiedad más absoluta, lo
aleja de ella creando espacios nuevos de relación
y conflicto. El fundido en una atmósfera azul,
con el narrador describiendo el dificultoso caminar
por un paisaje nevado, constituye la secuencia más
artificiosa del monólogo.
Por el contrario, Jordi Coca propone
una saludable pirueta que proyecta el espectáculo
hacia una órbita insospechada. Un consejo de
administración puede ser el símbolo,
el núcleo duro de todo un sistema, en cuyo
lado perverso se hallan el hambre y el sufrimiento
de continentes enteros. Y el director no ha vacilado
en emparedar el monólogo entre dos tandas de
proyecciones: la de una infancia risueña que
se asoma a un mundo supuestamente feliz, y la del
dolor, miseria y desesperación que genera la
ciega lógica del beneficio.
Fuente
- La Vanguardia
Julio - 2003
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