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Pequeño gran musical
JOAN-ANTON BENACH

No hacía falta hablar de un reencuentro con la “Barcelona canalla, morbosa i romàntica”. No hacía falta mencionar a Genet ni al malogrado Ocaña con el propósito de rememorar adictos al barrio chino. Más aún: tales referencias resultan engañosas ante unas “locuras” cuyas delicias sonoras y coreográficas registran una orfandad identitaria tan acusada como la que, en el plano gastro nómico, puede ofrecer la llamada “cocina internacional”.

Hay que corregir, pues, el programa del Grec para advertir al futuro espectador que de aquella Barcelona pintoresca y pecaminosa, nada de nada. Por este lado, el marketing de “Follies” cayó en unas licencias desorientadoras. Superfluas. En efecto. Cinco estupendos instrumentistas dirigidos desde el piano por Xavier Torras y ocho jóvenes actuantes que cantan y bailan una quincena de potentes números musicales no necesitan las muletas de la nostalgia ni de la leyenda barriochinesca para mostrar su capacidad, seguridad y audacia, tres virtudes que en “Follies” brillan al unísono o por separado.

Cuando la capacidad parece tambalearse, surge el gesto resolutivo y autoritario que comunica la “impresión” de un perfecto dominio de los recursos vocales y coreográficos. Y si ambas cosas fallan, la osadía de los intérpretes salva la situación. Esto último ocurre, sobre todo, con las voces femeninas, a menudo literalmente machacadas por los músicos y que, sin embargo, se desenvuelven, impertérritas, hasta el final de cada canción. Una de dos: o los instrumentos funcionan con sordina o las canciones deberían estar auxiliadas por una amplificación microfónica adecuada. Al margen de esa cuestión y de un “Ne me quitte pas” en versión catalana, cuya interpretación demanda un rápido olvido, hay que decir que “Follies” es un espectáculo cautivador, traspasado por un buen sentido (¿dramático?) del ritmo y por una cuidadosa administración de los crescendo y de las fases declinantes. Josep Costa ha volcado en el montaje afortunadas intuiciones en lo que atañe a la combinación de géneros y a los claroscuros de las secuencias.

Por su parte, Roberto G. Alonso aporta una madurez admirable en el manejo de las técnicas y estilos coreográficos, especialmente resplandecientes en los números de “Chicago” de John Kander y Fred Ebb y en el célebre “New York, New York” de los mismos autores. Después de esa pieza, “Follies” alcanza su punto culminante en “Cell block tango” en el que las encantadoras asesinas de “Chicago” se expresan aquí con una fiereza y una disciplina a la altura de las mejores profesionales.

Con un vestuario diseñado por Maria Araujo, los intérpretes de “Follies” componen un colectivo perfectamente cohesionado, cálido y próximo, que logra seducir al público más y mejor que algunos musicales autóctonos de gran formato.

Fuente - La Vanguardia
Julio - 2003

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