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En el lúgubre cabaret de “Querelle”
JOAN–ANTON BENACH

Las trufas cabareteras suelen romper el clima dramático antes que contribuir a homogeneizar la opción del director

Una criatura sexualmente ambigua, una tigresa blanca, gelatinosa, contaminada por las brumas de la Bretaña, avanza con el barco a cuestas hacia el puerto de Brest. Recorre la larga pasarela roja que cruza el teatro, asciende luego por una cinta celeste, hasta perderse en la niebla, mientras se oye en la oscuridad el ruido de las olas rompiendo contra la costa maldita.

En ese mar sucio y bronco, “el lugar más recóndito del mundo”, Jean Genet (1910-1986) vertió su última vomitona transgresora, la cual, al hallar tierra firme, se escindió en múltiples y desesperados gritos de deseo, de purificación y autodestrucción.

“Querelle de Brest”, la única novela del autor de “Las criadas”, revela con mucha claridad las ganas de caminar a rienda suelta que permite el género narrativo. Con él era posible decir, resumir o ampliar “de una vez” y a modo de testamento, lo que, de una u otra forma, estaba constreñido y parcelado por las reglas del arte dramático.

“Querelle” fue objeto el año pasado de una adaptación teatral libre de Federico Bellini y Antonio Latella, este último, director, a la vez, del ambicioso, larguísimo (3 h 40') y desparramado espectáculo estrenado anteanoche en el Teatre Fabià Puigserver. Precisamente, la obsesiva reiteración de exabruptos y sentencias que registra el montaje –un error de cálculo, a mi juicio, evidente– demuestra la prolija virtud expositiva del género literario original.Desde luego, no era imprescindible liquidar radicalmente esa huella, pero la dramaturgia de los adaptadores y de la dirección parece que estuvo más preocupada por trufar la historia con unas cuantas frivolidades cabareteras que por lograr unos diálogos atractivos, vivaces e inteligibles que evitaran los largos ratos de monotonía que hay en el espectáculo, ese dilatado runrún sobre la violencia y la muerte sacrificial como vías de salvación y las abrumadoras circunvoluciones en torno al amor homosexual. Una lata.

Si Fassbinder hizo con “Querelle”, su última película, una historia densa, concentrada, tremendamente austera, el montaje del Teatro Garibaldi de Palermo –invitados muy queridos del Grec–, asociado para la ocasión al Teatro Nuovo de Nápoles, es todo lo contrario: expansivo, a ratos colorista e irregularmente hábil en la soldadura de los relajos de cabaret con la trágica búsqueda de Querelle (Rosario Tedesco), el protagonista que, después de ser brutalmente sodomizado por la policía, encontrará en Gil (Enrico Rocaforte), encarnación del crimen y el sacrificio, su objeto de deseo y enamoramiento.

En el cabaret inventado por Latella –pasarela hiperactiva, mesas en primera línea, etc.–, es obvio que el prolongado dúo homosexual de dichos personajes no podía tener, para entendernos, la estética del Bagdad. Pero de esta “imposibilidad” se deduce, justamente, el divorcio de lenguajes que acusa el espectáculo, en el que, al mismo tiempo, se está y no se está en ese Teatro, en mayúscula, que Genet consagraba como el lugar de la verdad y la libertad absolutas frente al mundo.

Por otra parte, las trufas cabareteras antes aludidas suelen romper el clima dramático antes que contribuir a homogeneizar la opción del director. Una tanda de “chistes de maricas” que nos brinda en un voluntarioso catalán el travesti del cuento puede quedar muy simpática, pero es un pegote desorientador de cuidado. Más coherente podría ser “Amsterdam”, una de las canciones catedralicias de Brel, si no fuera porque la marinería reclutada para el espectáculo –más de 20 intérpretes– acaba pisoteándola con alevosos bramidos. De conocer los anteriores trabajos genetianos de Latella ­ “Estricta vigilancia” y “Los negros”­, seguramente “Querelle” ofrecería mayores sugestiones, como cierre de un “único discurso”.

Ahora hemos de conformarnos con algunas de sus vigorosas imágenes y un cuarto de hora final francamente espléndido, con un homenaje a Genet, de quien se evoca todo su teatro; la escena de Querelle, su hermano Roberto (Marco Foschi) y Lysiane (Sabrina Jorio), matrona de burdel, en un trío violento y lúgubre sobre un ataúd; la última meditación del protagonista, y, al fin, el broche exquisito de las acrobacias con la tela roja de Nicole Kehrberger.

Fuente - La Vanguardia
Julio - 2003

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