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Extrañamente inconfortable
JOAN-ANTON BENACH

VIA GAGARIN
Autor: Gregory Burke
Intérpretes: Lluís X. Villanueva, Santi Ricart, Miquel Gelabert, Enric Arredondo
Director: Jesús Díez
Lugar y fecha: Teatro Villarroel (4/VII/2003)

He aquí una obra técnicamente “degenerada”. “Gagarin Way” (“Via Gagarin”) quería ser un drama serio y sesudo que hablara de los males del siglo y de los hombres, de política y de economía... El escocés Gregory Burke (1968) se lanzaba al proceloso mar de la nueva dramaturgia británica con la que iba a ser una pieza “de tesis” definitiva, esto es, una obra primera y, consecuentemente, trascendental. Pero como el propio Burke cuenta en escritos y entrevistas, los personajes se resistían a la ambiciosa experiencia, las situaciones cobraban un perfil caricaturesco y, al fin, “Gagarin Way” acabó siendo una comedia.

No es que la comedia sea, faltaría más, un género menor. Simplemente, se llegó a él por una mutación, por una de-generación. Y esta fue, precisamente, la fortuna del novel autor. Hace dos años, la obra causó sensación en Edimburgo, y en Francia el nombre de Gregory Burke quedaba inscrito en “Les solitaires intempestifs”, colección que alberga las voces más “terribles” y heterodoxas de la dramaturgia europea.

Dentro del Grec, y a partir de la traducción de Josep Costa, el director Jesús Díez (“Sota el bosc lacti”) ha hecho de “Via Gagarin” un espectáculo interesante y amargo, extrañamente inconfortable y poco amigo de los encasillamientos.

Parece claro que cuando Burke habla de su “comedia”, piensa en un producto ácido más o menos desaforado, en el humor salvaje que destila un Quentin Tarantino. Cuidado, pues, con las expectativas equívocas. En ningún caso, “Via Gagarin” puede verse como una diversión ligera. Tocado por el explosivo 11 de septiembre y sus consecuencias, Burke se asoma al pozo de unos compromisos ideológicos devaluados, susceptibles de expresarse con una amoralidad desoladora.

Eddie y Gary son dos infelices, políticamente semianalfabetos, que se alimentaron de tres o cuatro ideas rudimentarias sobre el comunismo y el anarquismo y que, deseando estar al día y recuperarse de su personal fracaso, deciden secuestrar a un empresario japonés de alto rango para protestar ante el mundo por la tan cacareada globalización. Su acción, no obstante, acabará en fracaso, la víctima del secuestro no será la que ellos pretendían y, en medio de la zapatiesta, el vigilante de la fábrica donde tiene efecto la operación se verá trágicamenter involucrado en ella.

Uno asiste interesado al buen trabajo de Lluís X. Villanueva (Eddie), la voz cantante de la historia; de Santi Ricart, en el papel del vigilante Tom; de Miquel Gelabert (Gary); de Enric Arredondo, el empresario Frank, un hombre desencantado de la vida y de la profesión.

Ciertamente, el nivel interpretativo de “Via Gagarin” no es nada desdeñable. Dos cosas fallan, sin embargo, lo que a mi juicio impiden a la obra levantar el vuelo y situar su texto entre los que se recuerdan y hacen historia. Una de ellas se refiere a la alquimia necesaria para combinar debidamente drama y comedia y que exige un registro que el director no ha conseguido hallar. El violento sarcasmo se cubre de una opaca neutralidad y el lenguaje se desenvuelve en un tono ambiguo en el que –chispas de ingenio aparte– lo serio y lo grotesco se confunden lastimosamente.

La segunda nota negativa se deriva, creo, del propio texto, cuyo discurso no concluye de modo convincente, sino de forma abrupta y decepcionante, como si al autor se le hubiera acabado de pronto su munición dialéctica y decidiera cortar por lo sano. Y nada mejor dicho, dado que hay un cuchillo, hambriento de hematíes, que anda por ahí haciendo de las suyas.

Fuente - La Vanguardia
Julio - 2003

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