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Hay
celadores en el desierto
Nancy J. García
“...
ya no habrá auroras, Magdalena...”
“... sientes la alegría y la tristeza
multiplicadas...”
Ernesto García
El mundo es ese paraje árido
y solitario donde huir de sí mismo pudiera
ser un acto vital. La codicia, la ignorancia y el
egoísmo son algunos de los escudos de sobrevivencia
que remolca en su huída una criatura demasiado
joven. La celadora del desierto tiene una vía
de salvación para calmar la ansiedad y la angustia
de la trashumante y decide transmitírsela:
No hay manera de escapar de las propias acciones.
Al miedo hay que inventarle otro rostro.
A pesar de las conquistas simbólicas
y el lirismo que la palabra consigue en el texto y
en el montaje de Ernesto García ni la celadora
ni su discípula pueden deshacerse de los recuerdos.
Magdalena se alimenta de sí misma. La celadora
también, y lo único que puede entregar
la maestra es un cierto orden para sus instintos.
¿Será ese el único valor de un
presente desierto? ¿El pasado y el futuro de
ambas mezclado en órbitas imprecisas, en símbolos
abstractos?
Claro que todos los encuentros trascendentes
entre dos seres son de vida o muerte. Como también
el exilio puede tener, en cualquier encuentro, dos
rostros. Uno de ellos, desierto. Claro que ese universo
pretérito no tiene ningún sentido en
el ahora, alineado como está a una jugada maestra
del instinto.
La humanidad se ha castrado. Más
allá, los celadores esperarán discípulos
y harán lo posible por dosificarles los conocimientos.
A ras del silencio, la longevidad no guardará
palabras sanadoras. Valor y precio, parece renombrar
el destino. No hay puertas que abrir ni caminos que
caminar para una celadora que ha recorrido su mundo
y dice que su “lengua y cabeza bastarán”
¿para inmortalizarse allí, tenuemente
iluminada por las auroras del recuerdo de una gran
ciudad mientras traga monedas y repasa su historia?
Pero hay un presente. Un desierto
donde el sabio y el discípulo cuentan con poderes
exclusivos que proyectan el final: una transfiguración
de la palabra, una espera perenne, una búsqueda
en círculos de un Grial allí, en el
plano material de la desolación posapocalíptica.
En el desierto, los celadores esperan.
Alguien vendrá y querrá pagar por escuchar
un pasado. Un pasado de gente que vulgarizó
su albor y corrompió para siempre la posibilidad
de vivir en el paraíso. Un pasado único.
Y cuando el caminante aprenda la lección,
matará. Ahora sin miedos. El que ha matado
una vez matará dos veces —ahora consciente
de la urgencia íntima de transmutarse al beber
la sangre del maestro.
A veces, la vida se alimenta y perdura
sólo cuando el miedo calla. Sólo cuando
la sangre la ilumina.
Julio
- 2003
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