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Béjart
y su repertorio mítico
Laura KUMIN
La compañía
de Maurice Béjart actúa en el
Festival de Peralada con un repertorio en el
que incluye piezas míticas del coreógrafo.
El 25 de julio presenta Siete Danzas Griegas,
inspiradas en Theodorakis, Juan y Teresa, un
paso a dos con ritmo de música tradicional
española, y su ya famoso Bolero de Ravel.
El día 26 representa su creación
de El pájaro de fuego, de Stravinksy,
y Brel y Barbara.
Cuando era adolescente en los
Estados Unidos, en los años 70, e intentaba
bailar con el corazón al tiempo que perseguía
una buena técnica, en el mundo del ballet
existían dos corrientes bien diferenciadas.
Estaban las compañías que se dedicaban
al gran repertorio clásico, y luego el
New York City Ballet, donde convivían
los clásicos con las creaciones neoclásicas
de exquisita musicalidad de Balanchine. Y estaba
Maurice Béjart.
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Con el flamante título del
Ballet del Siglo XX, Béjart venía a
enseñarnos que el ballet podría convivir
perfectamente con el mundo contemporáneo e
incluso nutrirse de él. Entonces los clásicos
estaban en una esfera aparte y mi espíritu
adolescente era todavía demasiado impaciente
para valorar la sutileza de la obra de Balanchine,
así que la teatralidad y colorido de Béjart,
la preparación física de sus bailarines
capaces de soltarse la melena con el coreógrafo,
me sorprendían a mí y a miles de espectadores
que llenaban y siguen llenando los grandes aforos
donde su compañía baila. Esta semana
el Ballet Béjart Lausanne (BBL), como se denomina
desde 1987 su compañía, presenta en
el XVII edición del Festival Castell de Peralada
dos programas distintos que recogen algunos de sus
grandes éxitos y permiten seguir la trayectoria
del prolífico coreógrafo marsellés
quien, a sus 76 años, sigue en la brecha.
Béjart creó su primera
obra en 1945 y desde entonces no ha parado de dar
salida a sus gustos eclécticos y a su amplísima
cultura humanística, donde mezcla sin miedo
lo culto con lo espectacular. Su interés por
lo diferente le ha llevado a investigar y acercarse
al mundo oriental y con los años se ha convertido
en un incombustible coreógrafo-filósofo,
anclado en los distintos momentos y lugares de su
época.
El perfil tan radicalmente distinto
al de las compañías de por entonces,
la fuerte personalidad de Béjart y su interés
por crear o inspirarse en ricas músicas y personajes
de temperamento (Wagner, Jung, Malreaux, el teatro
Kabuki, Che Guevara, Don Quijote, la religión
hindú...) ha atraído a una larga lista
de figuras internacionales del ballet que buscaron
colaborar con el coreógrafo, por lo menos en
un momento de su trayectoria. “Más que
el argumento me interesan los personajes...busco llegar
a encontrar, a través de la danza, el movimiento
y la visión, el alma de un personaje,”
ha dicho el coreógrafo. Este enfoque, y la
fuerte teatralidad de sus creaciones han atraído
a artistas como Suzanne Farrell, Maya Plisetskaya,
Mijail Baryshnikov, Sylvie Guillem, entre muchos otros,
que consideraban su trabajo con Béjart como
una etapa que debían de pasar para desarrollarse
plenamente.
Si en algunos sectores de la danza
actual Béjart es criticado por considerarle
“pasado de moda, megalómano o narcisista”,
también hay que reconocer que su paso por el
campo de la creación coreográfica, bastante
árida en cuanto a creaciones de ballet durante
los años 60 y 70, fue una auténtica
revolución. Despertó las ansias de los
bailarines de un repertorio más en contacto
con la actualidad.
“La mayor alegría es
cuando uno trabaja con un joven bailarín o
bailarina y lo ve realizar progresos hasta que se
convierte en sí mismo”, ha comentado
Béjart. “En mis bailarines busco la sorpresa,
eso que el mismo bailarín, sin saberlo, está
buscando”. Con este fin creó su famoso
centro Mudra, en Bruselas, por donde pasó,
entre otras figuras actuales, Nacho Duato.
Escuela gratuita
Rudra, la escuela de formación multidisciplinaria
de Béjart para bailarines, fue creada en 1992
en Lausana, siguiendo el modelo de la citada Mudra.
La escuela propone un programa de dos años
de enseñanza gratuita para unos 40 bailarines
procedentes de todo el mundo. Dentro del plan de estudios
se incluyen clases de danza clásica y moderna,
de obras del repertorio de Béjart y de Martha
Graham, voz y canto, percusión y ritmo, teatro
y artes marciales, con el fin de ayudar a cada alumno
a desarrollarse tanto como artista y como persona.
Según Béjart, “Rudra representa
también un planteamiento vital intelectual
y moral”. Cada año el coreógrafo
crea nuevas obras para estos jóvenes intérpretes,
que las representa dentro de sus giras por Europa.
Los dos programas que se verán
en Peralada incluyen Siete Danzas Griegas, una celebración
de la vitalidad mediterránea com música
de Theodorakis, y Juan y Teresa, con música
tradicional española, creada para Marie-Claude
Pietragalla (estrella del Ballet de la Opera de París)
y Gil Román, del BBL, sobre las figuras de
San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila.
Adagietto es un pieza corta que fue
creada para el bailarín argentino fallecido
Jorge Donn, musa durante años del coreógrafo.
Con música de la Sinfonía N° 5 de
Gustav Mahler el solo, habitualmente interpretado
ahora por Gil Román, adjunto a la dirección
del BBL, la obra es un alarde de expresión
escénica.El público verá también
la lectura bejartiana del Pájaro de Fuego de
Igor Stravinsky. No faltará otra pieza emblemática
del veterano coreógrafo, el Bolero de Ravel.
Creado en 1961 para Jorge Donn, la lectura de la obra,
entonces, fue de lo más rompedora. Un solo
intérprete baila encima de una enorme mesa
redonda, rodeado por bailarines del sexo contrario.
En ocasiones, lo hace una bailarina siendo rodeada
por bailarines masculinos, pero también se
interpreta a la inversa. Maya Plisetskaya, Suzanne
Farrell o Sylvie Guillem han seducido, sin contacto
físico ninguno, a la horda masculina aprovechando
bien el gradual aumento de tensión de la pieza
de Ravel. Aunque hoy día la propuesta no sorprende,
sigue siendo una referencia ineludible a la contribución
de Béjart a ese “repertorio universal”
del ballet moderno.
Figura polémica
Maurice Béjart ha sido, y sigue siendo, una
figura polémica. No deja indiferente ni a los
espectadores ni a la crítica. La crítica
estadounidense Arlene Croce le dedicó un comentario
feroz a finales de los 70 que refleja en gran medida
la opinión de los detractores del coreógrafo
francés: “La gente habla de Béjart
como si fuera coreógrafo. Es, mejor dicho,
un proveedor de sensaciones, como los directores cinematográficos
Russell o Fellini, y el ballet es simplemente uno
de los elementos que utiliza para saturar al espectador”.
Lo que era emocionante en una determinada
época puede pecar de una excesiva teatralidad
histriónica hoy día, cuando la oferta
oscila entre formatos más íntimos de
mayor sencillez, o grandes montajes con alardes tecnológicos.
Pero Béjart siempre ocupará un lugar
merecido en la historia de la danza, aunque sea simplemente
(entre otros méritos) por recordarnos que todo
puede encontrar expresión a través de
la danza.
Maurice Béjart (Marsella,
1927) fue antes de un renovador coreógrafo,
un bailarín formado en la danza clásica
que destacó luego en el Ballet Cullberg de
Suecia. En los años 50 crea sus primeras piezas
aunque no fue hasta los 60 cuando fundó su
propia compañía, el Ballet del siglo
XX, para el que revisitó obras como Bolero
(1960) o El pájaro de fuego (1970) ofreciendo
una lectura insólita, espectacular y novedosa.
En los 70 creó en Bruselas la escuela Mudra,
que luego se trasladó a Lausana, donde sigue
desarrollando un lenguaje ilustrado con un rico repertorio
musical y que bebe del arte de diversas civilizaciones.
Desde 1987 su compañía se llama Béjart
Ballet Lausanne y cuenta con 41 bailarines.
Fuente:
El Cultural
Julio - 2003
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