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Fantasía
poética a bordo
JOAN–ANTON BENACH
Son ya las nueve del caluroso atardecer
y las claridades del crepúsculo aún
tiñen de plata la caótica arquitectura
del Port Vell. Los clientes que van a retiro se cruzan
con los que llegan deseosos de sumergirse en el chisporroteo
nocturno del Maremàgnum. La pasarela que desde
Colón conduce al extraño paraíso
es un hervidero humano.
A pocos metros, junto al muelle, el
“Santa Eulàlia” se balancea levemente
y en cubierta reina un devoto recogimiento. Erguida
en la proa, una frágil hurí anuncia
la llegada de la gran sacerdotisa que un ángel
vestido de negro, reciclado a peón albañil,
transporta en una carreta vieja y oxidada.
Y tumbada en la taza de tan ruín
vehículo, Empar Rosselló, altas botas
rojas, cueros relucientes, ejecuta el primer canto
ceremonial que ella misma rompe cíclicamente
con unos chillidos de gaviota hambrienta. Así
empieza “Una òpera en un vaixell”
(Tot sona, tot es mou), manifestación de un
teatro ritual destinada a una reducida congregación
“voyeurista” que no dará abasto
a los estímulos que se le echarán encima.
Es evidente que muchos espectadores
han acudido aquí al reclamo del “Santa
Eulàlia”. No todos los días puede
verse una función a bordo de un magnífico
velero como este del Museu Marítim.
El propio espacio escénico
ofrece, por tanto, sugestiones muy gratas, las cuales,
sin embargo, aun cuando favorecen el clima enigmático
de la ceremonia, no siempre parecen las más
propicias a una acción encaminada a rescatar
la poesía oculta en trámites y objetos
de la más humilde cotidianidad. ¿Acaso
es algo cotidiano manejar un perchero en la bodega
de un barco? ¿Lo es mondar una naranja en la
estrechez de un camarote? La fantasía puede
hallarse en todas las cosas, en todos los sonidos,
en todas partes. Y la energía que emana de
la artista se alimenta de ese panteísmo poético,
imponiéndose por encima de los accidentes circunstanciales
que pueden distraer la atención del espectador.
Acompañada de dos bailarinas,
un violinista y una actriz no profesional, de un marcado
perfil lorquiano – algo así como la sacristana
del ritual–, Empar Rosselló canta, baila
y actúa con una técnica muy personal
y unos recursos que permiten vislumbrar las huellas
de creadores que han hecho de la indagación
y la radicalidad su razón de ser, de John Cage
a Carles Santos, de Brossa a Albert Vidal. En las
angosturas del “Santa Eulàlia”
no hay, a veces, barreras ni distancias entre el espectador
y las figuras exaltadas del espectáculo.
Las coreografías, en cambio,
no permiten tal promiscuidad y deben verse en picado,
desde las celosías de cubierta que se abren
sobre la bodega. Son dos formas de actuación
complementarias. La primera nos habla de la confianza
de Empar Rosselló en la fuerza seductora de
un lenguaje rompedor. La otra, de una peculiar sensibilidad
de la artista a la hora de levantar anécdotas
escénicas de positiva originalidad y belleza.
Todas ellas son propuestas pensadas en el Espai Mer
del Raval, sede de la compañía y al
que ésta regresará tras su experiencia
portuaria.
Fuente
- La Vanguardia
Julio
- 2003
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