La Recurrencia del Mal en la
obra de William Shakespeare:
(Segunda Parte)
Lic. María Susana Spano
Macbeth
Decíamos en la primera parte
de este análisis que su propósito es analizar los
intersticios de la malignidad de la criatura shakesperiana,
deteniéndonos en dos personajes arquetípicos: Iago
y Lady Macbeth, por considerarlos como
la contracara de una imagen idéntica, donde la maldad
no reconoce fronteras (entre
masculino o femenino),
sino que deja al descubierto, en toda su crudeza:
la recurrencia del mal.
Macbeth es, si duda, la tragedia de
la ambición amplificada hasta adquirir características
épicas en cuanto ésta explora los más vastos abismos
del entendimiento y de las pasiones. Sin temor a
errar, podemos sostener -- aún olvidando las más
sombrías creaciones del teatro de Esquilo,
cuya línea continúa -- que Macbeth es la
tragedia por excelencia. Su deslumbrante hermosura
estriba en el perfecto acoplamiento de caracteres
y acción y en el relieve inmoral que Shakespeare
ha sabido infundir a los tipos dramáticos, en especial
al de Lady Macbeth.
La escena inicial se abre en
el crepúsculo, esta nota temporal es todo un símbolo
pues si hubiera que definir con una sola frase esta
pieza, podríamos decir de ella que todo Macbeth
es un crepúsculo. Su protagonista es, al inicio,
una figura noble pero, poco a poco desciende hasta
los niveles más bajos, abyectos e instintivos de
lo demoníaco. Las brujas (símil de las erinies griegas en su reminiscencia
telúrica)
con su saludo inicial así lo indican, preanunciando
el tono general de la pieza. Personajes ligados
a la visión temporal de la tragedia, con sus tres
saludos unen pasado, presente y futuro, en una evocación
satánica que encuentra, de inmediato, correspondencia
con la parte maléfica que se halla aletargada aún
en Macbeth, pero que no tardará en aflorar.
A partir de este encuentro inicial las fuerzas interiores
y exteriores comienzan a trabajar, tejiendo los
hilos de una trama que envolverá a Macbeth
hasta precipitarlo en la caída final.
Macbeth posee una grieta exterior:
la codicia del poder. Su esposa -- Lady
Macbeth -- será la encargada de ahondar esta
grieta. Ella sabe muy bien lo que quiere. La dirección
de su ambición no tiene límites, es recta y se dirige,
tensa y veloz, como una flecha disparada hacia su
destino final. El querer, para ella es, poder. Ella
es la fuerza, la decisión cuando su marido flaquea,
ella sabe exactamente cuáles son las palabras justas
y el punto vulnerable de su marido para impulsarlo
a uno de los crímenes más atroces de la época: el
regicidio.
Lady Macbeth
-- "¿Estaría ebria, entonces la esperanza
con
que os ataviábais?
¿Se ha dormido después y
se despierta
ahora para contemplar, pálida
y verde lo que
supo mirar tan arrogante?
Desde este momento,
creeré tan frágil tu
amor" (Acto I, esc. VII).
La muerte del rey deberá ser
la prueba de amor de su marido. En su loca ambición,
la idea del poder la transforma, al punto de olvidar,
incluso, su condición de madre, renegando del más
noble instinto que toda mujer debe guardar: proteger
la sangre. La abominación llega en Lady Macbeth
al grado extremo, pero no es, como Medea,
movida por un sentimiento (equivocado, pero sentimiento
al fin)
sino que la suya es una acción calculada, fría y
meditada hasta en el más mínimo detalle. Igual que
Iago, ella es la fuerza que arrastra la tragedia,
transformando el espacio, cerrándolo, haciéndolo
irrespirable, cuando dice las palabras nunca dichas
en escena por mujer alguna, en el teatro shakesperiano:
Lady Macbeth
-- "He dado de mamar y sé lo grato que
es amar
al tierno ser
que me lacta. Bien; pues en
el instante
en que sonriese ante mi
rostro,le hubiera
arrancado el pezón de mi
pecho de entre
sus encías sin hueso, y
estrellándole
el cráneo de haberlo jurado
como vos lo
jurasteis, así"
(Acto I, esc.VII).
Ante este argumento Macbeth
poco tiene que hacer, será a partir de este parlamento,
arcilla en las manos de su esposa. Él será la mano
ejecutora, ella, la energía que impulsa. Solo resta
entrar a la habitación del rey y consumar el crimen,
es... el principio del fin.
En el segundo acto domina otro
elemento de la naturaleza: la tormenta. Es
la primera vez que Shakespeare utiliza este
recurso dramático en su producción escénica (posteriormente
lo repetirá en la famosa escena del "Rey
Lear" de modo insuperable).
La tormenta simboliza la subversión de los valores,
el quiebre del orden establecido.
El crimen se consuma y, a partir
de allí, otro elemento entra a jugar un papel central
en la obra: la sangre.
La sangre del crimen real se
extiende como un manto sobre toda la escena y se
apodera de Lady Macbeth, es la sombra que
la persigue de continuo, por más que quiere borrarla,
no lo consigue, la ve por todas partes, siente sus
manos manchadas, no se borra de las manos asesinas.
A través del magistral tratamiento del lenguaje
que Shakespeare utiliza, el espectador no
solo puede "ver" la sangre
sino que la percibe en el aire, adhiriéndose con
ese viscoso y espeso poder del que los personajes
hablan...
Todo el acto está bañado en
sangre y los asesinos no tardarán en ser castigados.
A diferencia de Otelo, Macbeth no
se clausura con la muerte de los inocentes, sino
que aquí, los culpables permanecen para ser castigados.
Macbeth se ha violentado a sí mismo, ha traspasado
las fronteras del bien y del mal porque ha matado
a su rey, a la representación del poder divino en
la tierra, ha cometido el más alto pecado y, por
ello el castigo, irremediablemente llega: las alucinaciones
no lo dejan. Lady Macbeth no puede conciliar
el sueño y como un espectro, en estado sonámbulo,
vaga por el castillo, realizando el gesto maquinal
del lavado de manos, limpiando una sangre que vuelve
una y otra vez, hasta el infinito.
Todo se ha perdido, la pareja
sucumbe ante la magnitud de sus actos, desmesurados
y violentos.
Como anticipáramos en el comienzo,
de las tragedias mayores es Macbeth la más
griega de todas las piezas. Su tiempo dramático
es apresurado, no tiene tregua: causa y efecto son
una. Los parlamentos hacen que el espectador experimente
el frío helado de la maldad sin límites de Lady
Macbeth, y sienta cómo el viento arrollador
de la justicia divina, sumerge a la pareja de asesinos
en una gigantesca ola de sangre que los precipitará,
sin remedio, al abismo del castigo eterno.
Lic. María Susana Spano
Mendoza 1/06/03
Rep. Argentina
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