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EN UNIÓN,
CON PEDRO VERA
Omar Valiño| La Habana
| A principios de mayo visité
Unión de Reyes en compañía
del más ilustre hijo de ese pueblo, nuestro
Abelardo Estorino, de la periodista Tania Cordero
y del crítico y dramaturgo Amado del Pino.
Fuimos, como siempre, respondiendo a la invitación
de Pedro Vera, quien a propósito de los
veintitrés años de su grupo, Teatro
D’Sur, organizaba por esos días la
Tercera Jornada de Teatro, pequeña muestra
que han ido logrando consolidar con frecuencia
bienal. |
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Tal compañía, más
el incentivo del programa propuesto por los anfitriones,
que están entre los más amables del
mundo, garantizaron un hermoso día, de esos
que uno pasa tomándole el pulso al teatro real.
Esa “realidad” es el universo de Pedro
Vera, hombre de la escena en toda la extensión
de la palabra. Siempre, repito, he llegado de su mano
a Unión, un pueblo perdido en medio del mar
de tierra de la llanura matancera, al sur de casi
todo.
Pedro ha sabido fundar una tradición
teatral allí, encontrando con el tiempo actrices,
actores y colaboradores de diverso signo, comprometidos
como él en crear pese a las naturales dificultades
y estrecheces de hacerlo en un municipio. Y ha formado
un público, integrado por vastos sectores de
la sociedad unionense, que lo respeta y sigue con
fidelidad.
Como parte de ese compromiso con sus
espectadores, en este caso infantiles, realizó
Stop. Iguanas, un espectáculo sin texto, centrado
en el juego y su interacción con la profusa
banda sonora. Amén de sus características
la anécdota es perfectamente entendible: gira
en torno a la agresión ecológica que
sufren nuestras playas por la acción del turismo.
Ese asunto, si bien universal, está muy presente
en la provincia de Matanzas por la existencia en ella
de polos tan importantes en esa esfera como Varadero
y la Ciénaga de Zapata.
La puesta en escena, sin embargo,
se resiente debido a su doble direccionalidad –los
niños y los turistas–, que no le permite
definir con claridad el trabajo con el lenguaje de
acuerdo a su destinatario principal. El componente
lúdicro podría ser más efectivo
si los actores jugaran de verdad e integraran de manera
más consistente a los pequeños receptores
en el entramado de ese juego, no obstante lo cual
el montaje necesita síntesis y precisión,
y tal vez costados novedosos para la fábula.
Otra arista de ese habitual intercambio
con su público la hallamos en la Peña
que Teatro D’Sur ofrece con regularidad en el
Museo Municipal. En esta ocasión el grupo mostró,
recorriendo sus más de dos décadas de
vida, fragmentos de obras de la dramaturgia nacional
y latinoamericana en las cuales ha descansado su mirada
e intelección del teatro. Entre ellas descuellan
las de Estorino y Jorge Díaz, el valioso autor
chileno. Hilvanando con brillantez esos fragmentos
y también ejercicios o poemas dramatizados,
dosificando momentos trágicos con situaciones
humorísticas, Vera y su elenco demostraron
cuan efectiva resulta una estrategia de trabajo que
no rehúya la formación de una ola creciente
de espectadores a partir de diversos estímulos
intelectuales en el campo de lo teatral.
Ese público y otro presenció
por la noche No me quieras, en la sala principal de
la Casa de la Cultura, un sitio donde es hazaña
hacer teatro por sus limitaciones de todo tipo, mas
el único aprovechable en Unión para
tal fin, hasta que Teatro D’Sur pueda inaugurar
su sede, desgraciadamente inexistente a pesar del
servicio prestado por el colectivo a su pueblo, para
la cual tienen ahora espacio físico y todo
el resto por construir.
No me quieras representa el debut
como dramaturgo del propio Pedro Vera, quien la tuvo
guardada algunos años ante el temor de invadir
un terreno que no es el suyo común. Sin embargo,
el texto no padece por el tiempo pasado en la gaveta,
ya que, como señala José Antonio Alegría
en las “Notas al programa” es obra de
obsesiones alrededor del ser y del teatro. Vera enfrenta
a dos personajes, uno masculino y otro femenino, que
no sabemos si se encuentran por casualidad o antes
lo habían pactado. Parecen esperar por una
prueba actoral o algo por el estilo. Y en el transcurso
de ese encuentro desatan todas sus pasiones, miedos
y deseos.
Pero Pedro, que es desde Unión
de Reyes uno de nuestros teatristas más informados
y pensantes sobre los destinos del arte escénico
en el planeta, no puede desprenderse de una visión
demasiado abstracta de estos conflictos y problemas
entre los cuales se debaten sus personajes, encarnados
con conocimiento y verdad por Malitzin Núñez
y Wilfredo Mesa. Veo esa dificultad como la mayor
de la pieza y en cuanto al montaje la falta de definición
de lo poético que persigue en la proposición
de sus códigos, voluntad siempre presente en
el quehacer de Teatro D’Sur, evidenciada con
eficacia hacia el tramo final del espectáculo.
Mas, ningún señalamiento
positivo o negativo, siempre legítimo desde
la óptica de la crítica, aunque circunstancial
según lo presenciado, agota el acercamiento
a la trayectoria de Pedro Vera y Teatro D’Sur
por la sencilla razón de que son un ejemplo
vivo de un compromiso con el teatro infrecuente entre
nosotros. De hecho, ninguno de los actores o actrices
se dedica por entero al teatro, lo cual no le resta
un ápice de profesionalidad porque, sin paradojas,
su existencia vital es el teatro. Pero antes acuden
a sus puestos laborales diarios, todos de indudable
importancia y responsabilidad. Es la célula
posible allí, más cercana a las formas
de organización cotidianas en el teatro independiente,
sobre todo en América Latina.
Viven sin lujos, van a lo esencial,
saben lo que quieren, sus casas son los “hoteles”
de los visitantes, su dinero el del teatro, su entrega
a los visitantes abrumadora en su amabilidad, su pasión
por el teatro única e indescriptible. Por eso,
Teatro D’Sur no cabe en esta crítica.
Junio
2003
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