|
PILOTES SOSTENIENDO
UN MUELLE
Omar Valiño | La Habana
Íbamos para Alamar sobre un
“camello”. Entonces era el M1 nuestro
de todos los días, aún hoy lo sigue
siendo para ella. Ante sus críticas y señalamientos,
le dije que la comprendía: ella no iba nunca
a compatibilizar ese tipo de perspectiva con la de
ningún otro director teatral porque eran discrepancias
centrales, definitorias de otra organización,
por demás muy particulares. Concordamos en
que tendrían resolución solo en un nuevo
grupo. Creo recordarla suspirando, a su manera.
Tal vez allí ya estaba obsesionada
con La Habana y sus caras, qué laboratorio
mejor que un “camello” y su recorrido.
Si no somos originarios de un lugar, nos fijamos más
en él. Pero todavía le faltaba concluir
su deambular por varios núcleos de significación
del teatro cubano, desde que una década atrás
emprendiera su camino con Teatro de los Elementos.
Todos ellos fueron mostrándole mejor aquello
de lo que deseaba diferenciarse, en el lógico
afán de la pretendiente que añora algo
más preciso por suyo.
Surge así Teatro del Puerto.
La cifra no registra nada factual: no dependen de
ninguna institución portuaria ni se ubican
en el entorno de la rada habanera ni parece, por lo
visto y sus declaraciones, que vayan a trabajar en
exclusivo para algún barrio relacionado con
él. A mí me remite al apotegma “la
isla son los puertos”, de Graziella Pogolotti,
en el cual expresa la condición de trasiego
cultural e intercambio infinito que representa el
puerto en contraposición al encierro insular,
al mar como abismo.
Entiendo que para Milva Benítez
y Fernando León Jacomino, los creadores de
este nuevo grupo de teatro —y ahora para sus
tres restantes miembros, también fundadores—,
significa, efectivamente, dar curso a su avidez a
través del diálogo con el aprendizaje
pasado, con las influencias técnicas, con el
conocimiento del curso cultural cubano y universal.
Si me esfuerzo veo las marcas de muchos procesos precedentes,
algunos de ellos compartidos en común, típico
recorrido de un comienzo de esta naturaleza. Pero
observo mejor, y me interesan más, las diferencias
conseguidas en el montaje que ha hecho nacer (a) Teatro
del Puerto.
Carahabanera empieza con el tránsito
de personajes por la ciudad inscrita en su nombre.
Son primero individuos, luego masa que parece andar
con sus disfraces cotidianos al ritmo de las notas
musicales desconstruidas de la “Marcha del 26
de Julio”, especie de ironía en torno
a la distancia, para ellos, entre el “ideal”
soñado y los días reales que padecen.
Cuando todos reiteran con sus pasos el baile de la
chancleta, están protestando.
Mas Carahabanera no es un espectáculo
político, su búsqueda es socio-cultural.
Quiero decir que pretende un dibujo social, más
que individual, de la gente en la urbe e indaga en
el substrato de ciertos comportamientos culturales
populares. Visible es tal gozne, por ejemplo, en el
primer monólogo, interpretado por Ernesto Alfonso.
Dice haber nacido en La Habana. No sabemos si es verdad,
se lo repite con tanta fuerza que dudamos. Su verbo,
sin embargo, circula por viejas calles montado en
un Impala del 58. Guiado por la musicalidad de un
texto poemático, que recuerda a Guillén
y Ballagas y a Luis Carbonell, exterioriza su “habaneridad”
tal vez anquilosada, tal vez “ontológica”,
reforzada por el vestuario, mezcla de pasado y soledad.
Sigue otro “tránsito”
de personajes. Así va evidenciándose
la estructura de la puesta, descentrada entre monólogos
o pequeñas escenas ensamblados por esos “desfiles”
callejeros, de los que parecen escaparse personajes
o situaciones para darse a conocer ante los espectadores.
Otro de ellos es la Muchacha cultivadora de margaritas,
suerte de ingenua enajenada, a quien da vida Maylín
Gómez Cruz. En este segundo monólogo
es muy efectivo el uso de las luces y la música,
en particular el contrapunteo entre las repetitivas
acciones del personaje, como expresión de su
solitario encarcelamiento, y las del saxofón.
Luego el montaje se detiene en un
comercial de “Colonia Cítrica”.
Trajes, luces y naranjas, todo rojo. Promueven la
cosmética, la cirugía plástica.
Aparece detrás el maraquero, seguido de otro
hombre. Como una serenata a dos voces, se disputan
a una mujer. Apelan al bolero, hablan con sus letras.
Quizá son antiguos pretendientes de ella o
amores idos. Apoyados en el movimiento y el sonido
de una rumba se enfrentan por la dama.
Ahora disfrutamos de otra mujer (¿la
anterior, la cultivadora de margaritas?), lánguidamente
echada sobre una tumbona, al borde de la piscina o
de la playa o en el patio de su casa, cantando también
su soledad. Frívola, mecanizada como la muestran
sus cadenas de acciones, tocadas por la extraña
vis cómica de Maylín Gómez Cruz.
A este le continúa el cuarto
monólogo, a cargo de Gerardo Frómeta.
Sincroniza en una secuencia fragmentos de texto con
la ejecución de un guaguancó, sus gestos
parecen implorar paz, clemencia al cielo. Y alguna
divinidad lo escucha porque comienza a caer confeti,
se impone la tregua del carnaval, el oasis pasajero
para curar angustias y soledades. O es la lluvia intentando
barrer el suelo. O la nieve añorada en el trópico
subdesarrollado. A este personaje popular se le sumarán
los restantes con serpentinas. Cantan: “nadie
tiene a nadie, nadie tiene ná”. Con ese
nuevo “tránsito de personajes”
finalizan, se despiden.
Así es el espectáculo,
o al menos así lo veo yo, un tanto seco, distanciado,
frío, como si lo observáramos a través
de un cristal a veces limpio, en ocasiones empañado.
Esa sensación la provoca una mezcla de un propósito
con un defecto. El montaje quiere ser así,
no busca embaucar al espectador mediante una complicidad
festiva. Pretende un contacto revelador del caudal
de padecimientos de esos personajes mostrando los
surcos de esas caras habaneras, o mejor de esas almas
cubanas. Se construye entonces sobre un humor cáustico,
sobre una ironía permanente para la cual hasta
el carnaval es un espejismo, un grito.
No obstante, dificultades constructivas
aumentan en sentido negativo tal percepción,
esencialmente correcta, como ya señalé.
Por un lado, el engranaje dramatúrgico se resiente
al apoyarse en un sistema que, al partir de improvisaciones
sobre temas y motivos aislados, crea células
muy llamativas mas no necesariamente interdependientes.
Ello no invalida, en modo alguno, la utilización
de ese método de trabajo, del cual he visto
surgir grandes espectáculos, pero aquí
todavía su uso acusa la lógica impericia
de no saber tejer todos los hilos entre las partes
integrantes del montaje. De ahí deriva, por
otra parte, esa sensación de que a la puesta
le falta su acabado final.
No creo, sin embargo, que sus hacedores
permanezcan ajenos a ello. La puesta misma evidencia
la lucha contra tales obstáculos en la exploración
muy consciente de los lenguajes escénicos.
Por ejemplo, en la relación entre las acciones
verbales y las físicas, en el uso de códigos
no verbales —sonoros, visuales, gestuales, cromáticos—
como células o motivos de la acción,
en el papel de entrenamientos generales y aplicados
que redundan en una vital, consistente y eficaz presencia
de los actores para resolver sus desafiantes tareas,
en la centralidad de la elección temática
como contrapunto del descentramiento de esta escena
de dramaturgia compleja... Constituyen las marcas
del legítimo carácter de proceso inscrito
en Carahabanera. Proceso que en su totalidad es, a
su vez, el mejor incentivo para la revisión
constante del espectáculo. Para, valga la paradoja,
no darlo por terminado.
De hecho, se me dirá que ello
(el carácter procesal, la valoración
de los elementos técnicos y expresivos arriba
expuestos), es así en todo teatro. Cierto,
menos en el que cada vez más nos acostumbramos
a ver sobre nuestros escenarios, incluso ni en los
casos en que tales presupuestos son enunciados.
Por eso me gusta Carahabanera, porque
en su imperfección nos coloca frente a una
auténtica artesanía teatral, resultante
de un arduo proceso de trabajo práctico e ideológico,
muy consecuente con los deseos explícitos de
fundar un teatro de grupo, no simplemente un grupo
de teatro. Ética indoblegable de aquella muchacha,
la actriz y hoy directora Milva Benítez, con
la que, años ha, conversaba en el “camello”.
En realidad, Teatro del Puerto tematiza,
de algún modo, en el tejido del montaje sus
propios anhelos artísticos. Siembra los pilotes
de un muelle en el fondo del mar y adentra sus tablas
en la bahía. Los actores, parados sobre él,
comienzan a rescatar de un naufragio a personajes
que luego vemos caminando por su Habana. La marea
está alta y ellos no han terminado de andar.
Tampoco yo esta crítica.
Fuente:
lajiribilla.cu
Junio
2003
|