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El Quijote vuela con demasiado lastre
El Nuevo Herald
JOSE ANTONIO EVORA
Lilliam Vega ha demostrado ser una autora y directora teatral muy acuciosa, de sumo cuidado por los detalles y amplio dominio de las fuentes que nutren el espectáculo escénico. En el Festival Internacional de Teatro Hispano del año pasado, su montaje de La feria de los inventos consiguió armonizar imaginación, espesura y rigor a niveles de excelencia.

Quizás por eso ahora se nota tanto en El vuelo del Quijote, escrito también por ella y por la especialista Raquel Carrió, que aquel equilibrio cede bajo el peso de un desmesurado afán de perfección.

Unas cuantas viñetas de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha sirvieron de punto de partida a Vega y Carrió para armar su texto, dividido también en escenas que el personaje debe recorrer sin salir del cuarto donde convalece. La idea de una Ama de llaves que, disfrazada de Sancho, se confabula con El Cura para reanimar al caballero andante es formidable, pero se echa de menos no haber explotado más el giro novedoso por un lado igual de original; digamos, una reflexión del propio Quijote sobre sus aventuras, o sobre su locura, que condujera a una auténtica reinvención del relato. Competir con la novela desde una versión escénica que intenta ponderar las bondades de las ilusiones en la vida va más allá de lo audaz; es, en cierto modo, un suicidio a priori, una forma de ponerse en desventaja desde el punto de partida, porque en semejante terreno tanto el libro como sus ecos diversos en la memoria colectiva ya demostraron ser insuperables.

Alguna que otra vez se ven las costuras en los enlaces de las escenas. Un motivo pudiera ser el hecho de que texto y montaje fueron creciendo a la par, y como la sucesión de cuadros dependía del orden impuesto por el libro --además de los dos añadidos por Carrió y Vega--, la puesta debió limitarse a ilustrarlos creativamente guardando la línea divisoria entre unos y otros, lo cual termina haciéndose visible. A medida que las funciones sucesivas vayan puliendo el montaje debe borrarse otra posible razón: las acciones y los efectos de luz se concentran demasiado en cada cuadro por separado y casi nunca en los márgenes. La directora y los actores, sobre todo Jorge Hernández en el papel del Quijote, deberán buscar soluciones para yuxtaponer las 10 escenas y el ''Epílogo feliz'' --que aún parece sacado de la manga-- de un modo más fluido en busca de la unidad del relato; de que toda la obra sea un cuerpo único enriquecido por la diversidad de situaciones y caracteres.

Eso probablemente ayude a que Hernández logre dar un Quijote vivamente cansado en vez de actuar al hidalgo con cierto cansancio. Sus destellos de brillantez quedan opacados por un ir y venir en el que se adivina demasiado la ruta marcada por el libreto, y no esa animada libertad de la cual ha hecho gala siempre; en La feria de los inventos, por ejemplo.

De aquella misma puesta se sabía ya que Jacqueline Briceño era una actriz prometedora. Pues bien: aquí da incluso más de lo prometido. Su Ama de llaves disfrazada de Sancho para inyectarle vida al Quijote es asombrosamente la una y el otro a un tiempo, sin que en la ambigüedad pueda reprochársele al personaje la más mínima impostura. Briceño, además, tiene muy afilado eso que en inglés llaman timing hasta para el gesto o la acción más presuntamente insignificante.

Y Gerardo Riverón se luce en sus cinco papeles, demostrando otra vez que lo profesional no riñe con lo inspirado. Hay algo de sabia mesura en los excesos a que le obligan algunos de esos personajes, como si del control dependiera que fuesen creíbles.

El vuelo del Quijote necesita retrabajar el texto y, una vez listo, rediseñar la puesta con más énfasis en la fluidez. Quitarle el lastre de tanto peso formal la ayudará a desafiar mejor la gravidez.

El Nuevo Herald

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