'Prometeo,
relato del mar': buen texto vs. buen teatro
JOSE ANTONIO EVORA
A la hora de ser representados,
los buenos textos tienen mejor suerte que
los malos: eso es una verdad de Perogrullo.
Pero no lo es tanto que un buen libreto delate
la precariedad de una puesta en escena, por
muchas bondades que a ésta puedan atribuírsele
en lo concerniente a la economía de
recursos.
Es el caso de Prometeo, relato del mar, que
trajo al XVIII Festival Internacional de Teatro
Hispano el grupo chileno Teloprometo.
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Los mejores momentos del montaje, como cuando el
personaje masculino zarandea a la muchacha que cuenta
la historia del pony, son reconocidos como tales
porque resuelven fragmentos de la historia en términos
de acción. Sin embargo, lo que abunda es
una especie de recitativo que obliga a reparar en
la calidad del texto más que en la significación
del movimiento o en el gesto del actor, suficiente
para enajenar al público de su condición
de espectador teatral y ponerle en el lugar de quien
escucha a un animado lector de tabaquería.
En defensa del grupo chileno, valga decir que se
trata de tres actores jóvenes, y que demuestran
sobrellevar con dignidad el peso de un montaje tan
discursivo. Claudia Cabezas, Aranzazu Yankovic y
Francisco Ossa consiguen hacer situaciones dramáticas
de monólogos demasiado verbalistas, y casi
nunca porque vengan en auxilio de su trabajo actoral
los recursos con que el teatro suele resolver estas
coyunturas.
La dirección de Francisco Albornoz está
muy en deuda con ellos. Distribuir unas cuantas
zonas de iluminación para que los actores
queden convenientemente expuestos a la luz o fuera
de su alcance, y acompañar todo eso con dos
pantallas de televisión en las que corren
imágenes vinculadas con el texto, termina
por hacerlo todo previsible.
Es ahí, en ese punto, cuando el espectador
tiende a rebelarse, porque percibe que no le están
ofreciendo una historia para que la metabolice según
sus propias ideas, sino una lección sobre
algo; en este caso sobre la violencia.
Prometeo, relato del mar, es propiamente un experimento
porque desafía hasta límites demasiado
riesgosos la convención del espectáculo
escénico. Sale bien parada en lo que respecta
a la calidad intrínseca del texto, cáustico
bordeando la corrosión, pero ese tipo de
obra sigue siendo mejor leerla que verla representada,
a menos que la imaginación y la fuerza del
montaje demuestren lo contrario.
Fuente:
El Nuevo Herald
Junio
2003
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