UN
JUEGO POETICO JAPONES
Norma Niurka
La pintura esta ahí proyectada en escena
y va a ser parte del todo. Serán nueve proyecciones
para cada uno de los nueve cuadros de la pieza.
Mientras las dos actrices hacen corpórea
las imágenes y crean y recrean sus dobles
con asombrosa precisión, una corriente de
energía, un sabor de aventura, asaltará
al espectador.
Hablan mucho y hablan en japonés, alemán
y español. Un idioma sigue al otro y el tercero
continúa como si se tratara de un esperanto
global. Están hablando en lenguas y no nos
damos cuenta. Tal es la fuerza escénica de
esta delicada y fuerte producción que trajo
el Lasenkan Theatre al Festival Internacional de
Teatro Hispano, representando al Japón con
una obra inspirada en el Quijote, de Cervantes.
Japoneses son los integrantes de esta compañía
establecida en Alemania que lleva su trabajo por
el mundo.
Sancho Panza, obra de la poeta, novelista y dramaturga
japonesa-alemana Yoko Tawada, no es una historia
sobre el vasallo del Quijote sino una búsqueda
del sentido de la vida, un osado concepto del tiempo,
una forma de expresión universal.
Lo que nos ofrecen estos artistas es una historia
fantástica de aventuras de la manera más
riesgosa que se inicia cuando dos mujeres, madres
ambas del niño Jesús, piden a la Virgen
que les cuide al niño porque ellas se van
a recorrer el mundo. Vagan por tierras desconocidas
'en lucha contra el mal' conformando nueve cuadros
como eslabones de una cadena de acontecimientos
disparados hacia el destino final, que es la certeza
de que es imposible el viaje añorado; que
bailar, leer y pensar son mejores alternativas.
Símbolos y lecciones se presentan con humor
y seriedad. El Quijote promete una ínsula
a Sancho si le ayuda a recuperar el Sol que se han
robado, como si fuera la lucha contra los molinos
de viento. El paraje adonde llegan es Hiroshima,
la ínsula es América.
Tanto en el texto como en el montaje existe, no
una fusión, sino una interpolación
de culturas muy singular. Aunque la dirección
y la actuación son básicamente orientales,
las características de lo oriental y lo occidental
se muestran paralelamente en todos los aspectos
de la puesta en escena.
El lenguaje se desestructura doblemente: por la
ruptura del ritmo de las palabras y por el énfasis
en el acento del castellano.
El director Saburo Shimada es también músico
y está presente para marcar el ritmo de la
acción, los tiempos y ciertos matices importantes
con diversos modos de hacer música y sonido.
Ha trabajado los nueve cuadros separadamente con
un rigor extraordinario que las dos actrices siguen
concentrada y creativamente.
Kei Ichikawa (Sancho) y Kana Torino (Quijote) poseen
gran conocimiento técnico y parecen expertas
en teatro kabuki. Su agilidad de movimientos, el
entrenamiento de la voz y la concentración
escénica logran la perfección de la
puesta en escena.
Cantan, bailan, giran, saltan, se visten, se desvisten,
gorjean y Kana toca hasta el acordeón. La
escena del baño, donde beben agua, se olfatean,
se bañan (y el Quijote declara que la piel
de las mujeres es la armadura mas fuerte del mundo,
''si uno lleva la piel de una mujer desnuda, no
tiene nada que temer'') es de una intensidad impresionante.
Ante la proyección de la pintura de Gaugin,
los personajes aluden a los pies grandes que el
pintor hizo a las tahitianas; y las actrices, acostadas
en el suelo, levantan las piernas y conversan con
los pies probando que el diálogo es posible
de diversísimas formas.
Esta puesta en escena es una clase de teatro, teatro
de los sonidos y el ritmo, del gesto y la palabra.
Entre la genial autora, el sensible director-músico
y las dos descomunales actrices han creado una obra
de arte digna de tenerla en nuestras salas por más
tiempo. Hasta ahora, no cabe duda, Sancho Panza
del Lasenkan Theatre es la sorpresa del festival.
Una gran, grata, hermosa sorpresa.
Fuente: El Nuevo Herald
Junio 2003
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