La
actriz como sacerdotisa
NORMA NIURKA
Especial/El Nuevo Herald
Para celebrar el ritual que vemos
en escena, posiblemente haya habido que hacer muchos
rituales internos y externos pues al evocar a una
niña-poeta, figura mítica de la literatura
cubana del Siglo XIX, se evoca su tiempo, sus fantasmas,
todo lo acaecido desde entonces; y también
lo intemporal, aquello que habita en el terreno
espiritual y el bagaje de la intérprete.
La virgen triste, de Elizabeth Mena,
es un monólogo integrado por los escritos
de la atormentada poeta y pintora Juana Borrero
(1877-1896) quien aun hoy día intriga a los
estudiosos. La pieza llegó al XVIII Festival
Internacional de Teatro Hispano de Miami, presentado
por Galiano 108 y el CELCIT de Madrid e interpretado
por Vivian Acosta quien la tiene en repertorio desde
1993.
Se trata de la primera actuación
aquí de esta actriz cubana para quien Abilio
Estévez escribió el monólogo
Santa Cecilia, y quien reside en España desde
hace unos años.
En La virgen triste, Vivian Acosta
se sumerge en el laberinto del tiempo adonde han
hecho viajar a la Borrero, en busca de los signos
de la vida y la muerte; y al evocarla, es la actriz
como sacerdotisa.
En esta convocatoria a los muertos,
el poeta Julián del Casal, autor del poema
dedicado a la Borrero que titula la pieza, aparece
en la dimensión del amado por la niña
que soñaba el amor de una manera poética
y que persiguió apasionadamente sus sueños.
El monólogo es un diálogo
continuo entre la Borrero y una anciana, especie
de celadora de la llamada niña-musa, que
trata de guiarla en vida y después de la
muerte. La actriz se desdobla constantemente por
técnicas no tradicionales, entra y sale de
los personajes como cambiándose de piel.
La sobrecogedora voz de la anciana es una sutil
reminiscencia de las negras cubanas de la colonia.
En la actuación de Vivian
Acosta se percibe un engranaje magistral de relaciones
concientes e inconscientes que de-
satan en la actriz una liberación
de fuerzas. Es como si todo el texto y las acciones
emprendidas sirvieran el propósito de liberar
fuerzas interiores que dan paso a la Borrero.
La dirección de José
González tiene el mismo enfoque de la actuación
(o viceversa) y por tanto se crea una fusión
positiva de fuerzas en el escenario. A cámara
negra, todo el tiempo en penumbras y a la luz de
las velas, con la apropiada música de Juan
Antonio Leyva, se de-
sarrolla una verdadera ''misa en
escena'' que cautivará al espectador. Hay
imágenes de gran plasticidad y posturas que
adopta la intérprete que semejan como arte
visual.
Ahora bien, el texto de Mena, autora
de quien poco sabemos fuera de la isla, resulta
sumamente denso. Confieso que tuve que aislar el
texto del movimiento escénico para disfrutar
de esa alquimista que es Vivian Acosta en su apogeo.
Fuente:
El Nuevo Herald
Julio - 2003
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