|
La alegría
del creyente
JOAN-ANTON BENACH
1997. David Hare
(1947) vuelve a casa después de un viaje
de tres semanas por Israel y los territorios
palestinos. Pocas horas antes aún perseguía
nuevos testimonios y datos que le permitieran
entender los conflictos cruzados que convergen
en el damero maldito de Oriente Medio. Regresa
David Hare con los sentidos rebosantes de emociones
contrapuestas.
En los días que siguieron
a su experiencia viajera, y como un antídoto
contra el olvido, David Hare decidió
poner en carne viva una cicatriz bíblica,
la “Vía dolorosa”, la calle
casi siempre vacía que serpentea y asciende
hasta el Calvario, paralela, más o menos,
a un ruidoso zoco turístico.
|
 |
La metáfora quedaba planteada
y en el mismo camino que el dramaturgo realizó
por las tierras martirizadas, estaba el guión
de la tragedia sin fin. De la crucifixión palestina
que no cesa. Ante el auditorio expectante del Romea,
David Hare ha medio-leído o medio-interpretado
el texto de “Vía dolorosa”.
Su biografía señala
que con esa crónica monologada, estrenada en
el Royal Court Theatre en 1998, el autor de “Cel
obert” hizo “su debut como actor”,
afirmación un tanto equívoca a tenor
de lo que acabamos de ver. Es cierto: David Hare “actúa”.
De la misma forma que actúa un catedrático
ante sus alumnos, un letrado criminalista defendiendo
a su cliente o un clérigo que formula su homilía
dominical. En estos casos, sin embargo, no se habla
de actores sino de profesionales más o menos
buenos.
Y bien: sir David Hare, profesional
del teatro, no se mete en la piel de ningún
personaje de ficción cuando medio-lee o medio-interpreta
“Vía dolorosa”. El texto, modelo
esplendoroso de periodismo literario, reportaje de
extraordinaria lucidez, sirve a David Hare para mostrarse
tal cual es: el autor de izquierdas comprometido con
aquellos problemas de nuestro tiempo que necesitan
despojarse de alienaciones y diagnósticos espurios
para ser abordados con eficacia o, cuando menos, con
la suficiente dignidad moral.
En “Vía dolorosa”,
el dramaturgo y el actor no son dos personas distintas.
A lo largo de su “actuación”, David
Hare no hace otra cosa que prolongar oralmente la
obsesión que, aun sin saberlo, se adueñó
de su escritura teatral desde el principio. Dentro
y fuera del escenario, David Hare es el creyente que
se indigna ante la injusticia, que se enfurece ante
el crimen, que comprende las razones del asesinadoYitzhak
Rabin y se identifica con el espíritu de Oslo
93, al tiempo que hace estallar su airada estupefacción
por unos asentamientos judíos, militarmente
custodiados, que podrían ser como Bel Air o
Santa Barbara al lado mismo del más humillado
y castigado tercer mundo.
No crean: hay también mucho
humor en el relato de David Hare. En medio de paisajes
siniestros, magistralmente descritos, brotaba la risa
anteanoche en el Romea. Humor y dolor iban del brazo
en virtud de la fuerza persuasiva que tiene la alegría
del creyente. Contagiado de ella, el público,
conmovido, dedicó a sir David Hare una larguísima
ovación y muchos bravos.
Fuente:
La Vanguardia
Marzo
2003
|