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Métodos
de un seductor
Itzíar DE FRANCISCO
Narros estrena El burlador de Sevilla
Han tenido que pasar
40 años para que Miguel Narros retomara
El burlador de Sevilla. En esta nueva versión
ha acentuado el lado canalla del personaje de
Tirso de Molina al que el actor Carlos Hipólito
da vida. Con una estética palaciega, de
luz tenebrista, se estrena el 28 de febrero en
el Pavón de Madrid y es la única
producción de la Compañía
Nacional de Teatro Clásico que estará
en el festival de Almagro.
Quince años después de que Adolfo
Marsillach la dirigiera en versión de Carmen
Martín Gaite y con actores del Teatro San
Martín de Buenos Aires, la Compañía
Nacional de Teatro Clásico recupera, bajo
la dirección de Miguel Narros, El burlador
de Sevilla. Con su estreno se revisa uno de los
mayores mitos del Siglo de Oro español
que perpetuó la pluma de Fray Gabriel Téllez,
verdadero nombre de Tirso de Molina (1579-1648),
cuya influencia en la literatura posterior es
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incuestionable. Para la creación
de don Juan Tenorio, Tirso –supuesto hijo ilegítimo
del duque de Osuna– se inspiró en un personaje
real, miembro de una familia noble de Sevilla, que mató
al comandante Ulloa, raptó a su hija y fue finalmente
asesinado por los monjes franciscanos, según
las crónicas de la época.
Las sucesivas versiones que siguieron
a la obra de Tirso de Molina inciden en distintos
aspectos del personaje: el despiadado Dom Juan o El
festín de piedra de Molière, el mujeriego
brutal de No hay plazo que no se cumpla ni deuda que
no se pague de Antonio Zamora, el heredero de la Comedia
del Arte en Don Juan o el castigo del disoluto de
Carlo Goldoni, el seductor seducido Don Juan de Lord
Byron o el también romántico Félix
de Montemar de El estudiante de Salamanca de Espronceda.
Cuatro años más tarde de la publicación
de esta última, en 1844, Zorrilla fija definitivamente
el personaje en Don Juan Tenorio, pero con una diferencia
importante respecto al de Tirso: el seductor es redimido
por su amor a doña Inés. El mito será
revisitado posteriormente por los hermanos Machado,
Pérez de Ayala y Azorín, entre otros
muchos. Y es que pocos personajes literarios han conseguido
romper las cadenas que los atan a la página
de un libro y a la figura de su autor para llegar
a ser mitos del imaginario popular. La alcahueta de
Rojas, el sempiterno seductor y el hidalgo de triste
figura se han convertido en símbolos de la
literatura española y en arquetipos sociales
a pesar de los siglos.
El mito revisado
Después de 40 años, cuando en la década
de los 60 dirigió El burlador de Sevilla para
el Teatro Español y con decorados de Francisco
Nieva, el director Miguel Narros vuelve a encontrarse
cara a cara con el seductor impenitente. “La
ventaja que tengo ahora es que conozco bien el texto
y puedo afrontar ciertos problemas con mayor facilidad,
como en el caso del segundo acto que sucede en numerosos
escenarios”, dice Narros, que asegura que estos
dos montajes no tienen nada que ver entre sí:
“Han pasado 40 años y yo he cambiado.
Eso se ve en esta propuesta. En aquel momento además
me tenía que autocensurar porque en esa época
la censura te prohibía todo en escena: besar,
que aparecieran desnudos... Afortunadamente ahora
no tengo que luchar contra eso, pero aquello de algún
modo me enriqueció”.
El director se enfrenta a esta nueva
versión del clásico de Tirso con más
calma y conocimiento: “En la época en
la que hice mi primer Burlador quizás era más
osado, más arriesgado –confiesa–.
Con el paso del tiempo he ido evolucionando como director:
ahora poseo más sabiduría, aunque sea
una pedantería decirlo, pero la vida me ha
enseñado muchas cosas que entonces no sabía”.
En esta ocasión el director
ha modificado su visión sobre el mito de don
Juan. Por eso, en esta propuesta subraya lo que para
él es la verdadera tesis de la obra: “El
texto hace una crítica furibunda al joven arrollador
que basa su fuerza en el poder de la juventud pasando
por encima de todo, caiga quien caiga. De hecho, en
el texto todos los personajes jóvenes se enfrentan
a los adultos y el duque Octavio le llega a espetar
al padre de don Juan: ‘di fui, no soy’”.
El Barroco es desmesura y por eso
en esta obra el exceso tenía que estar presente
“sobre todo en los decorados –dice el
director– que evocan una gran fiesta palaciega
donde van a suceder muchas cosas”.
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Estética
palaciega
Las calles de Sevilla, la oscuridad, grandes
estructuras, proyecciones... el escenario se
inunda del conocimiento escenográfico
de Andrea D’Odorico. Narros –creador
también del vestuario– advierte
que este montaje no tiene nada que ver con su
Burlador anterior. “En aquella versión
Nieva se inspiró en la época en
la que transcurre la acción de la obra.
Ahora he hecho una reconstrucción del
XVII. Sigue un poco de la fórmula de
corral pero está más cerca de
la estética palaciega”.
El director se declara un enamorado
de la obra, a la que define como “una
pieza maestra con un comienzo magnífico
y unos personajes eternos y muy reconocibles
en la actualidad”. De hecho, entre los
miles de anónimos don juanes de nuestros
días, Narros encuentra un ejemplo mediático
que se ajusta a este mito: “David Bisbal
es el don Juan actual detrás del que
corren las mujeres”.
“Sevilla a voces me llama/el
burlador, y el mayor/gusto que en mí
puede haber/es burlar una mujer/y dejarla sin
honor”. Así se presenta el |
protagonista en esta versión
del texto firmada por José Hierro. Théophile
Gautier escribe en 1845 que el tema del don Juan “es
tan nuevo como siempre”. ¿Cómo iba
a agotarse la savia del seductor que juega con el amor?
Esto le valió a Tirso de Molina las críticas
de sus hermanos de hábito que consideraban la
obra “demasiado humana”.
El mito del arrogante que confía
en su juventud y que seduce a las mujeres por divertimento
es la excusa para hablar de temas tan en boga en la
época como el honor y el respeto de las reglas
morales de la sociedad. Por eso, el temerario que
se burla del amor muere joven y no recibe el perdón
de Dios –a diferencia del personaje de Zorrilla–.
No hay que olvidar que ésta es una obra religiosa
cuyo “mensaje” es una llamada al arrepentimiento
antes de morir. El convidado de piedra, la estatua
a la que don Juan desafía, es una representación
del poder divino que no perdona al que no se arrepiente
de sus pecados.
Carlos Hipólito aborda el personaje
desde el riesgo, ayudado por la visión del
don Juan que tiene Narros. “ Miguel plantea
un enfoque destinto a este personaje que tantas veces
ha sido representado enescena. Le quita el corsé
y lucha contra esos tópicos que rodean su figura.
Para empezar rompe físicamente con el estereotipo
del galán al ofrecerme a mí este papel”,
comenta Hipólito.
Más canalla, menos
galán
Actor y director han dibujado un aciago burlador que
es, sobre todo, un canalla: “[...]¡Ah
falso huésped, que dejas una mujer deshonrada!
Nube que del mar salió para anegar mis entrañas
[...]”recita la pescadora Tisbea, encarnación
del amor que es ultrajado por los engaños de
don Juan. Hipólito crea en escena “un
tramposo, un canalla, un sinvergüneza, que se
ampara en la posición privilegiada de su padre,
para actuar con absoluta impunidad –aclara–.
Nuestro enfoque huye del tópico del seductor
y subraya esa naturaleza tramposa y vitalista ”.
¿Cómo acercarse a un
texto clásico en el siglo XXI? Narros apuesta
en este Burlador de Sevilla no por la veneración
sino por el respeto, por el acercamiento desde el
humor y la verdad, respetando la esencia del texto.
Por su parte, y como actor curtido en el teatro clásico,
Hipólito asegura que la única forma
de abordar este tipo de textos es declamando el verso
con naturalidad, “pensando en verso y no en
prosa. Estas obras no se pueden convertir en un recital
poético, pero tampoco se puede olvidar que
las formas de comunicación han variado en 400
años, aunque los sentimientos siguen siendo
los mismos”.
Miguel Narros mantiene un ritmo de
trabajo envidiable que él achaca a su corazón:
“Lo que me mueve a hacer teatro es que no me
dejan parar y yo soy muy tierno de corazón
y no sé decir no”, bromea. Después
de Los puentes de Madison y Tío Vania –que
ha permanecido en la cartelera madrileña hasta
esta semana– vuelve a trabajar para la Compañía
Nacional de Teatro Clásico por cuarta vez:
atrás quedan El caballero de Olmedo (1990),
La fiesta barroca (1992) y La estrella de Sevilla
(1998). Además repite con Hipólito,
con quien ha trabajado en once montajes y al que dirigió
en su debut en Así que pasen cinco años,
en 1978. Hipólito asegura que se quedó
sorprendido cuando Narros le ofreció este papel,
“porque no me veía yo en el tipo de galán
con buena planta”, pero que aceptó “porque
trabajar con Narros es un placer para un actor. A
él le debo mucho porque apostó por mí
desde el principio, cuando era mi profesor en el laboratorio
de William Layton”.
Fuente:
El Cultural
Marzo 2003
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