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De actor
y de loco
Osvaldo Cano
Hace casi tres
años uno de los miembros fundadores de
Buendía, José Antonio Alonso,
estrenó La octava puerta. Un trienio
más tarde —ahora en colaboración
con Irene Borges— el actor vuelve sobre
sus obsesiones en De París, un caballero.
El espectáculo, tal como advierte su
título, aborda la personalidad del Caballero
de París, singular orate que paseó
su alucinada humanidad por la calles habaneras,
dejando su rastro en la memoria de varias generaciones.
Ambos montajes tienen en común no solo
el hecho de la aventura en solitario, sino también
la lúcida reflexión que el actor
realiza tanto sobre la esencia de su profesión,
como sobre el sentido de su vida.
Tomando en préstamo un
grupo de materiales de diversa procedencia,
Alonso y Borges conforman un texto donde es
perceptible la marca de agua de Buendía.
Digo esto porque, entre otras cosas, en lugar
de limitarse a intentar una historia |
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entretenida, capaz de atrapar al público
durante poco menos de una hora, el interés de
los creadores es dialogar con nuestro aquí y
ahora. Esto se consigue sin renunciar a escarbar en
un pasado reciente y en una herencia cultural que provoca
el salto de la liebre capaz de despabilar las fibras
de la sensibilidad colectiva.
El texto presta especial atención
a las paradojas del Caballero, el cual es mostrado
como un hombre feliz en medio de su insanía,
o quizás precisamente por su locura. Al mismo
tiempo, establece un paralelo entre el actor y el
orate. Ambos, nos dice, cobijan a muchas criaturas
bajo la piel. Ambos renuncian a la realidad. El uno,
por intervalos; el otro, perennemente. El primero,
a causa de su oficio; el segundo, debido a una enfermedad.
Uno y otro comparten también la paradoja de
mostrarse, de ser reconocidos a través de sus
máscaras. Sin embargo, lejos de lo que pudiera
pensarse, aquí no hay cabida para la reflexión
angustiada o críptica; todo lo contrario. Alonso
se sirve de esa especie de alter ego del actor que
es el loco para, con franqueza y nitidez, ahondar
en su propia biografía, en su realidad y en
sus preocupaciones más urgentes.
La escena enfatiza los presupuestos
del texto. El propósito de la puesta es acercarse
al Caballero, evocarlo, reconstruir aristas claves
de su personalidad desde diversas perspectivas. Esto
lo consigue a partir del juego que el intérprete
entabla con el personaje. En dicho juego, el actor
nos deja bien claro que, aunque él es también
un soñador, no “es” el Caballero.
Alonso muestra al personaje; pero acto seguido se
distancia de él. A ratos lo encarna, entra
en el personaje, para luego volver a ser un comediante
cuya función es, a un tiempo, entretenernos
y hacernos pensar, a la vez que contarnos su propia
historia.
Si algo hay que alabar en el montaje
es su precisión, el tino con que fueron escogidos
los pocos elementos utilizados, el uso que se le da
a los mismos, el sentido del ritmo, el impecable trabajo
vocal de Alonso y su dominio del cuerpo. Son estas
algunas de las razones por las cuales la platea sucumbe
ante el sencillo encanto de una puesta en la cual
humor, mesura, nostalgia, síntesis, resultan
pilares que apuntalan la labor de un actor que, si
bien no alardea de sus dotes, brilla con luz propia.
Borges y Alonso —que son responsables
tanto de la dramaturgia como de la puesta en escena—
fueron auxiliados por otros miembros de Buendía.
Raquel Carrió y Flora Lauten, líderes
del colectivo, asumieron la asesoría dramatúrgica,
que apunta a ser otra razón por la cual el
texto resulta ejemplar en su organización,
coherencia y limpieza. Otros elementos que contribuyen
al realce del espectáculo son la escenografía
y el vestuario. Los diseñadores Adrián
Cruz y Maykel González nos devuelven una imagen
sobria y hasta luctuosa tanto de los personajes, como
de su entorno. El predominio del color negro resulta,
a un tiempo, simbólico y contrastante. Simbólico,
pues se refiere al mundo de penumbras donde se mueve
el alucinado Caballero; contrastante, pues deviene
contrapunto para resaltar la incomprendida felicidad
que lo acompaña.
Mención aparte merecen las
luces de Carlos Repilado, capaces de crear atmósferas
cambiantes y contradictorias. También la banda
sonora de Adrián Torres contribuye a enfatizar
el clima de evocación que rodea a buena parte
del espectáculo. Otro que contribuyó
al éxito de la propuesta fue Pavel Marrero.
A su cargo estuvo la confección de la máscara
del Caballero, alrededor de la cual se despliegan
algunos de los mejores momentos del montaje.
Foto:
Pepe Murrieta, CNIAE
Marzo 2003
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