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El amor en
tiempos de inocencia
JOAN-ANTON BENACH
El húngaro Ferenc Molnár
(1878- 1952), un nombre inevitable en cualquier antología
del teatro centroeuropeo contemporáneo, ha
sido, hasta hoy, uno de los grandes ausentes de nuestros
escenarios. De los teatros locales, quiero decir,
porque raro es que el nombre de Molnár no conste
en uno u otro renglón de las temporadas teatrales
europeas o en alguna esquina de los festivales internacionales
de más frondoso cartel. La Sala Beckett y la
directora Carlota Subirós corrigen esa anomalía
con el estreno de “Liliom” (1909), la
obra más célebre del dramaturgo de origen
judío, nacido en Budapest y exiliado a Estados
Unidos a causa del nazismo.
En traducción de Eloi Castelló,
la que se conoce como “leyenda de suburbio en
7 escenas” ha sido adaptada por Subirós
con absoluto respeto y, a la vez, con el necesario
desparpajo que demanda la supresión de personajes
subalternos y diálogos irrelevantes. Empleando
una cirugía de ambulatorio, la joven e infatigable
directora ha conseguido un producto ágil, cuya
deliciosa atmósfera “de época”
ha sido inteligentemente maquillada con trazos de
una inequívoca modernidad escénica.
Casi un siglo gravita sobre la comedia de Liliom,
un patán soñador cuyas ilusiones colisionan
trágicamente con la realidad más adversa
y prosaica. Días atrás, en esta misma
sección, se informaba con detalle del argumento
de la pieza, tragicómica historia de un cenizo,
doblemente atenazado por una posesiva Senyora Muscat,
dueña del tiovivo en el que halló un
mísero empleo, y por la traición de
su amigo Ficsur, un vivales que le promete el oro
y el moro por la vía de la delincuencia y que,
al fin, será su ruina.
No añadiré nada a lo
ya contado. Sólo creo conveniente recordar
que la comedia de Molnár tiene como eje principal
el que cabe llamar “amor en tiempos de inocencia”.
El patán ama a una muchacha de nombre Julie,
candorosa criada cuyos sentimientos se aferran a un
formidable sentido común, y Julie ama a ese
hombre brusco y desabrido que no halla las formas
suficientemente atinadas de expresar su amor por la
chica. En medio de la elementalidad de ambos caracteres,
Molnár hizo sonar aquella nota poética,
ligeramente amarga, que cautiva a todo tipo de auditorios.
Y si el principio de la realidad impone un dramático
desenlace a la aventura de los amantes, siempre queda
la fantasía, ese violín que emite melodías
ultraterrenas y al que acudió tantas veces
el teatro europeo del pasado siglo cuando trataba
de escapar a las rígidas normas del naturalismo.
O el cine, como hizo Lattuada con el cuento de Gogol,
en la memorable “El alcalde, el escribano y
su abrigo”.
Fantasía poética y drama
popular se entrecruzan, pues, en la comedia de Molnár
y merece subrayarse el acierto de Carlota Subirós
a la hora de manipular la delicada mezcla. A tenor
de lo leído estos días, el montaje de
la Sala Beckett seguramente supera los resultados
que la pasada semana se vieron en el Cafè de
la Danse de París, donde Guy Lumbroso estrenó
el mismo texto. Sea como fuere, en la Beckett hay
un muy serio trabajo en la definición de las
fisonomías y muy buenos hallazgos en lo que
atañe a la logística escénica
que debe procurar un eficaz enlace de los diversos
ambientes. Me inclino a pensar que la directora debe
alcanzar aún aquella capacidad para el “ordeno
y mando” que impida que ciertos personajes vivan
su vida, ajenos al tono predominante de la representación.
A mi juicio, el de la Senyora Muscat (Rosa Gámiz)
y el de Mari (Àngels Sánchez) andan
por los cerros de una obviedad excesiva en el gesto
y en la palabra. Por el contrario, hay un efectivo
trabajo de Lluís Soler en su identificación
con el primitivismo del protagonista, y una formidable
actuación de Alícia Pérez, que
en el papel de Julie compone la mejor figura del reparto.
Excelentes las ilustraciones sonoras de Kaotic Club.
Fuente:
La Vanguardia
Marzo 2003
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