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EL FUTURODE LOS DIOSES
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTEÓPERA

Wagner: «La valquiria». Int.: P. Domingo (Siegmund), A. Titus (Wotan), Ph. Ens (Hunding), W. Meier (Sieglinde), L. De Vol (Brünnhilde), L. Braun (Fricka). Orquesta Titular del Teatro Real. Escenografía y figurines: W. Gussmann. Ilum.: J. Seeger. Dir. escena: W. Decker. Realización escénica: M. Gregor Lütje. Dir. musical: P. Schneider. Lugar: T. Real. Fecha: 5-III-03.

Lo recurrente es la piedra de toque de «El anillo del nibelungo». Como es sabido, gracias a la aparición, aquí y allá, de los motivos conductores se configura el entramado del desarrollo musical de la tetralogía. Reminiscencias, bautizó Wagner a estas estelas temático-musicales, empeñado siempre en el sentido poético. Al final, el total es de una coherencia admirable, por eso, nada mejor que la continuidad ante una puesta en escena como la asumida por el Teatro Real en colaboración con la Dresden Semperoper, aunque sea a drama por año: la presencia de un mismo director de escena, Willy Decker, de Peter Schneider como director musical y hasta de algún intérprete como el barítono Alan Titus, la aseguran.

No sin ironía, Claude Debussy llamó a aquellas reminiscencias wagnerianas «tarjetas de visita», feliz denominación también para algunos detalles introducidos por Decker en su realización escénica. Un inmenso rayo propio de una tira cómica acompañó la entrada Loge en «El oro del Rin» y una colección de ellos viene ahora a transportar a las valquirias desde las alturas, en un ejercicio de equilibrismo digno de Pinito del Oro. Está claro que esta puesta en escena, dirigida en Madrid por Martin Gregor Lütje, continúa ahondando en el juego de fondo entre lo ingenuo y lo devoto. El mundo formado por sillas y plagado de almas que aplaudían a las hijas del Rin en el prólogo sirve ahora de contorno montañoso antes de acabar convirtiéndose en fuego protector para Brünnilde. Brillante, sencillamente porque es éste un momento de impacto, lleno de colorido que rompe con la monotonía de una iluminación que resulta elemental ante situaciones de tanto peso como la revelación de la espada prodigiosa. Ya sabíamos que el trabajo de Decker tiende a la mera decoración antes que a la interpretación, de manera que, más allá de la presencia «quasi» fantasmal de Wotan, paseante por el escenario como hacedor de voluntades, y de la asimetría de los planos de su «taller de arquitectura» en la inestable atalaya divina, lo más destacable se reserva para ciertos momentos que son fogonazos para la vista y el recuerdo, no siempre en exacta correspondencia con el relato. Valga la llamativa apertura de la «gran puerta» al fondo de la insulsa cabaña de Hunding por donde entra una primavera que «nos sonríe», aunque sea oscura y nebulosa (y llena de sillas).

El drama musical de «La valquiria» apuesta en el Real por lo concreto antes que por lo grandioso. La escenografía encajada en una reducida embocadura lo confirma; también las actuaciones de los intérpretes. Ni que decir tiene que el nombre de Plácido Domingo encabeza cualquier aspiración del público. Y la cumple decidiendo que su Siegmund se debata entre la fuerza de la persona y la pasión del personaje. Los gestos escénicos, en un repertorio escueto y recurrente, nos hablan de la realidad del artista mientras el empuje heroico y resuelto tratan de hacernos penetrar en la esencia de la trama. Lo que Domingo ofrece es un Siegmund maduro, recio, que acierta en los momentos de intimidad antes que en los de fuerza, que sabemos que es apasionado porque lo dice la letra y que alcanza a ser intenso en tanto en cuanto lo es quien lo encarna. Su canto armado y fornido tiene, en esta ocasión, un timbre saludable, lleno de dignidad para una voz noblemente otoñal, que acaba ganándose al público con su apariencia de vibrante conquistador en un cuerpo maleado en mil batallas.

Podría haber alcanzado un punto culminante en su dúo de amor con Waltraud Meier, pues el héroe se pliega con inteligencia ante alguien que es capaz de poner los pies en la tierra, hacerse humana aún llamando Sieglinde y siendo hija de dios, y que demuestra, una vez más, entender el estilo de la declamación, saber la importancia de «decir» el texto y proyectarlo con interiorizada convicción. Su vibrante final vino a compensar los sinsabores sufridos por una dirección musical premiosa y poco dúctil a la hora de extraer de la Orquesta Titular del Teatro Real lo mucho de bueno que ha demostrado tener en otras ocasiones. Las prisas del maestro Schneider llevaron, en ese inicio, a absurdas pifias instrumentales, alguna desafinación, a la falta de verdadera imbricación del entramado musical y, lo peor, al recuerdo perdido de esa dulzura arrebatada de una obra tan apasionadamente romántica.

Del otro lado, la presencia vocal de Phillip Eis en su papel de Hunding demostró ser tan estimable como su apostura, así como la carga dramática aportada por la Fricka de Lioba Braun de un peso muy considerable para quien no participa de una pronunciación excesivamente clara. Es razonable dejar para el final a Luna de Vol, Brünnilde, y a Alan Titus, el dios Wotan, pues sobre ambos recae la responsabilidad de rematar una obra en suspenso. Y porque en ambos impera la expresión, la fuerza allí donde la voluntad de destrucción lucha con la rebeldía. Muy especialmente, en Titus, quien construye el personaje de manera prodigiosa. El amplio arco expresivo dibujado en su monólogo, los límites extremos entre los que se debate el conflicto interior del dios tienen en su canto una correspondencia innegable. La grandeza del final está en sus manos. Algo para recordar de esta tetralogía por capítulos. La mejor de las reminiscencias.

Fuente: ABC.es
Marzo 2003

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