|
Actriz por
derecho propio, la hija del Flaco Olmedo es un peso
completo de la escena
ERWIN PEREZ
Sabrina Olmedo
podría estar en su Argentina natal, disfrutando
de una tranquila posición económica
y, sobre todo, social, porque es hija de uno
de los mayores artistas que ha dado ese país:
el cómico Alberto Olmedo, fallecido hace
15 años.
Pero en lo que, en un café
de la ruidosa avenida Brickell, define como
''un arranque'', en 1998 se instaló en
Miami. ''No venía escapando de nada'',
jura, y agrega que, en todo caso, venía
'' buscando'' un cambio de vida. En fin, que
reconoce que estaba algo ''saturada'' de ser
la hija de Olmedo, el inolvidable flaco de las
películas del robusto Jorge Porcel.
''Es como que allá yo
no existía individualmente y eso hace
que uno vaya perdiendo un poco su identidad'',
confiesa, con una sinceridad que conmueve. Muy
delgada, de rasgos árabes, melena de
mulata caribeña y los ojos húmedos,
Olmedo emana calma, pero lo más llamativo
de su personalidad es la sencillez.
|
 |
''De chiquita'', explica, con marcado
acento argentino, ``mis padres me inculcaron a no
creerme más que nadie y, sobre todo, a apreciar
cualquier consejo, y creo que eso da humildad ¿no?,
el saber que de cada persona se puede aprender algo''.
Como lo imaginó, al llegar
aquí la joven, que trabaja en la obra Confesiones
de mujeres de 30 junto a Cristina Karman y María
Elena Heredia, vio ''protegida'' su identidad en el
anonimato y pasó los sudores típicos
de, como se dice en su tierra, cualquier hijo de vecino.
En los primeros tiempos probó
en audiciones de actuación --su fuerte es la
comedia-- con suerte modesta, mientras disfrutaba
de una minifama que, por ironía, le daba un
programa que había hecho en Buenos Aires: Rompeportones,
o Petardos, televisado aquí por América
TeVe/Canal 41 y Galavisión.
''Soy una gran luchadora, no bajo
los brazos fácilmente, soy super fuerte, puedo
aguantar bastantes cosas'', afirma, con un tono convincente,
cuando se le pide una autodefinición.
Olmedo pasó la áspera
etapa de pago de derecho de piso inmigrante gracias
a su temple y al amor de su pareja, el arquitecto
colombiano Felipe Alvarado. En el 2000 comenzó
a sonreír laboralmente al hacer un programa
de radio (ya desaparecido) y a participar en el programa
Los metiches, de Univisión. Al mismo tiempo
empezó a sembrar la semilla para sus dos mejores
proyectos actuales.
Uno, claro, es el de Confesiones de
mujeres de 30, que es dirigido en el Nuevo Teatro
de Venevisión Internacional --empresa productora
del espectáculo-- por Verónica Rivas,
de miércoles a domingo.
''Nos ha ido tan bien que es probable
que continuemos en cartelera por varias semanas más
y luego nos vayamos de gira por distintas ciudades'',
se entusiasma la actriz, graduada universitaria de
Publicidad.
En la divertida obra interpreta a
una mujer en crisis que en un momento baja del escenario
para bromear improvisadamente con algunos caballeros
de la platea.
''Esa es la parte que más disfruto'',
asegura y saca a colación al flaco Olmedo,
también apodado ''el negro''. ''Creo que heredé
su gusto por el contacto natural con el público'',
declara, y añade que acostumbra a hablarle
con el pensamiento, especialmente en instantes clave,
como el de los minutos previos al estreno de Confesiones.
Relata que allí, en medio del tan universal
pánico escénico pre debut, le ''recriminó''
amorosamente: ``¿Qué estoy haciendo
acá? Esto debe ser culpa tuya''.
Su segunda actividad aún necesita
retoques, está más vinculada a cierta
faceta empresarial de la artista y tiene una directa
conexión con su papá. Se trata del lanzamiento
de los vinos marca Olmedo. Los mismos tendrán
en su etiqueta la imagen del humorista y serán
importados de la bodega Toso. Olmedo sostiene que
en estos tiempos le hace bien que sus compatriotas
y el resto de los latinoamericanos que disfrutaron
del arte de su progenitor se lo sigan recordando.
''Por una parte me hace sentir más
cerca de Argentina y, por el otro, me enorgullece
que la gente siga queriéndolo tanto'', señala.
Al analizar el tipo de humor de su
padre, Olmedo alude a ciertas cuestionamientos que
ha recibido Confesiones de mujeres de 30 porque en
algunos pasajes tiene un lenguaje crudo.
''Mi papá era querido por el
público porque hablaba de manera normal, como
se habla en la vida diaria, y en la obra pasa lo mismo'',
reflexiona y, antes de irse, enarcando las cejas completa
firme: ``A la gente le gusta que se llame a las cosas
por su nombre''.
Fuente:
El Nuevo Herald
Marzo 2003
|