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Sí,
el teatro es importante
Kenneth Lonergan
Igual que como ocurre con la muerte
ajena, amas o ignoras tu propia mortalidad, una crisis
nacional, inminente o activa, infunde nueva luz a
cada día de la existencia, diferenciando con
una vigorosa claridad lo que realmente es importante.
¿Es el teatro una de esas cosas importante?
Le pregunté a mi mujer; J.
—una actriz que comenzó su carrera en
el teatro a los 14 años— por qué
el teatro es importante en el momento actual y ella
me respondió: “No lo es”. Sé
que realmente no quiso decir eso, pero la comprendo.
Hay algo en el teatro que a veces te despierta el
deseo de echarlo a un lado.
Como ocurre con las artes, es muy
frecuente reverenciarlas sin querer darle demasiado
valor. Ocurre que si respondes de manera insensible
que no piensas que el teatro sea algo importante,
entonces puedes preservar tus sentimientos íntimos
sin tener que dar demasiadas explicaciones.
¿Es importante el teatro? Creo
que sí. No es una necesidad básica para
la existencia como el alimento o la vivienda, y por
supuesto que no pienso que sea más importante
que otros cientos de fascinantes e ingeniosas actividades
humanas —como los deportes o las ciencias por
ejemplo— pero espero y tengo fe en que el teatro
sea tan importante como cualquiera de ellas. Espero
dedicar mi vida al teatro y lo adoro. Parecería
superfluo analizar por qué sin ser capaz de
ir al detalle de lo real, pero me propuse intentarlo,
así que expuse algunos ejemplos al azar: Vi
la obra “Shanghai Moon” de Charles Buch
en el Greewich House Theater unas semanas atrás
y la puesta fue tan buena y la obra tan simpática
y los actores tan maravillosos y la entrega resultó
de un amor tan apasionado por el Cine Clásico
y por el divertimento teatral en sí, que me
sentí muy inspirado y feliz. Mi mapa mental
ahora incluye ese desenfadado espectáculo,
ese humor, esos vestuarios, esas actuaciones y esa
energía constante. Pienso que todo ello vale
de algo. Hay algo maravilloso en el hecho de solucionar
radicalmente los escollos y el teatro está
plagado de escollos y de soluciones a estos. El escollo
de la construcción narrativa, el de la actuación,
el de la dirección, los problemas de diseño.
Cuando mi pieza “This is our
youth” se puso por primera vez en 1996, el Diseñador
de puesta, Allem Moyer, quien también hizo
la producción, se hizo responsable de reponer
15 000 dólares que un miembro del reparto había
robado. No había presupuesto para encarar la
situación y Allen hizo dinero falso usando
una imitación Xeroxing de billetes de 20 dólares
en hojas verde amarillentas, y cada vez que Allen
tenía un momento, se sentaba en los escalones
del teatro, en la oscuridad, y cortaba uno por uno
cada billete con unas tijeras hasta que tuvo suficientes
tiras como para aparentar 15 000 dólares. Nunca
olvidaré eso, porque denota la diferencia entre
quien se interesa por su trabajo y quien no y quien
se empeña sobremanera, aun cuando solo se trate
de buscar una apariencia verdadera a un dinero falso
que se usaría en una pieza teatral durante
tres semanas. En el teatro se sufren muchas amarguras
y desilusiones, pero si tengo que escoger entre el
mundo del teatro o el del cine, prefiero el sentimiento
del primero.
Cuando te gusta hacer teatro, a menudo
recibes la impresión de que el público
asiste porque realmente le gusta. Eso infunde un sentimiento
de placer. Lo más importante, el teatro funciona
a manera de imaginación pública o de
sitio de confluencia de las imaginaciones donde se
puede vislumbrar vanamente cómo se sería
siendo otra persona. Pienso que es de una importancia
incalculable y que las peores cosas que pueden surgir
en este mundo, en la escena adquieren un valor. Disfruto
mirar al público desde atrás cuando
todos observan la misma historia a la vez. Sabes que
algunos están disfrutándola y otros
se aburren. Pero todos están allí esa
noche, mirando el mismo espectáculo que algún
escritor “cocinó” en su mente dos
años antes, y que luego le entregó a
los actores, a los diseñadores y a un director
para que le insuflaran vida. Pienso que habitamos
mucho en nuestra imaginación —no me refiero
solo a la persona de carácter artístico,
hablo de todos nosotros— que de alguna manera
la conexión imaginativa entre una obra, una
película, un libro, una pintura o una pieza
musical y su respectiva audiencia está tan
próxima como lo está uno de sí
mismo.
Estoy convencido de que, a pesar del
sufrimiento y de la miseria y de la muerte y de la
destrucción que se precipitan sobre la humanidad,
y de la estupidez y la ignorancia y el miedo y la
intolerancia, y de los que se evaden sin rumbo en
un intento de pánico hasta exhalar el último
aliento de vida en cualquier sitio, quien quiera que
sea, encontrará algo. ¿Si esa búsqueda
es importante, no lo es el teatro?
Kenneth Lonergan es un escritor (“Lobby
Hero”), así como director y guionista
cinematográfico (“You can count on me”).
Traducción:
Luis Chirino
Fuente: The New York Times
Marzo
2003
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