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Notas sobre la puesta de Macbeth
Edgar De Santo
Pensar en Shakespeare tiene un sabor extraño. Deseo, miedo, prueba, obra de arte.
Pensar en Macbeth, tragedia capital de su literatura dramática de ese período medio con la que comparte con Hamlet y Otelo el extraño privilegio de tanta pasión y tanta amargura, es abrumador.
La Plata, Argentina, 2003. Furioso aquelarre de un tiempo circular , en donde la desmesura de la ambición por el poder asesina todo aquello de sagrado que el hombre levanta como pilares de la civilización.

Meses de trabajo, decidiendo la mejor interpretación contemporánea. Meses pensado en la música del verso shakespeareano, que no tiene eco en la lengua castellana.
Y la enorme necesidad de preguntarnos desde esta paradójica obra del siglo XVI sobre nuestro futuro como argentinos.
Nada más complejo que dejarnos atravesar por nuestros “aquí y ahora” históricos, políticos,
sociales, estéticos y morales con una voz tan lejana en tiempo y en espacio.
Y el bramido de Macbeth llegó, implacable, atravesando traducciones, atravesando prejuicios, atravesando el tiempo.

Como dice Pinter “...sería bueno tomarse unos tragos en la mesa con Shakespeare...”, hubiera sido bueno, pero son infranqueables las barreras de nuestra contemporaneidad.
Macbeth sin duda representa la tragedia del hombre moderno que consulta a las brujas y las persigue a la vez, esto que nos suena tan cotidiano está allí descrito y pensado hace 400 años.
¿ Qué forma tiene la locura por el poder? ¿Cómo hacer para reflexionar sobre nuestro presente y futuro inmediato?¿ Cómo lograr belleza y no esteticismo, magia sin trucos?¿Qué hacer con tantos comentarios, críticas, análisis, películas, puestas en escena, publicaciones, notas, estudios e investigaciones para abordar nuestra puesta en escena de Macbeth?

De estos postulados intuitivos y éticos se deduce que la actual inflación de comentarios y críticas, las igualdades de peso y de fuerza que la deconstrucción asigna a los textos primarios y secundarios, son espurias. Representan aquella inversión del orden natural de valores e intereses que es característico de los períodos alejandrino y bizantino en la historia de las artes y del pensamiento. De ello se deduce también que la tesis propuesta por un líder académico de la nueva semántica -«Es más interesante leer a Derrida comentando a Rousseau que leer al propio Rousseau»- es una perversión no sólo del oficio de enseñante sino del sentido común, allí donde sentido común es una expresión lúcida y concentrada de la imaginación moral. Semejante perversión de los valores y de la práctica receptiva, por muy lúdica que sea, no sólo es destructiva y confusa per se sino que además es potencialmente corrosiva para las fuerzas de la creación, de la auténtica invención en la literatura y en las artes. La actual crisis de significado no parece coincidir con un conjuro de la enervación y la consternación profunda. Donde los gatos son soberanos, no se queman los tigres.

Liberadora, como creo que es, la inferencia ética no presupone finalidad. No se enfrenta en la inmediatez con el supuesto nihilista. Formalmente se puede concebir y sostener que todo discurso es idioléctico, lo cual equivale a decir que es un «antiguo» criptograma cuyas reglas de uso y de desciframiento no son repetibles. Si Saul Kripke está en lo cierto, ésta sería una versión fuerte de la concepción wittgensteiniana sobre las reglas y el lenguaje. «Nada puede significarse por medio de la palabra. Cada nueva aplicación que hacemos es un salto al vacío; cualquier criterio presente podría ser interpretado de tal modo que concuerde con cualquier cosa. De modo que no puede haber ni acuerdo ni conflicto».

De esta liberación surge nuestra propuesta.

TeatroenMiami.com
Marzo 2003

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