Muchos especialistas y estudiosos
han caracterizado esta obra como "la
tragedia de los celos", nosotros nos
inclinamos por entenderla como la imperfección del
amor del general moro, Otelo, por la blanca
Desdémona, a través del encantamiento que
el moro sufre, por obra de su alférez Iago,
quien conoce la esencia básica de Otelo y
la aprovecha para sus fines, desencadenando en él
los más agudos complejos de inferioridad hasta el
delirio y el sentimiento homicida. La sangre ardiente
y la nobleza de sentimientos de Otelo se
enfrenta al frío cálculo y el retorcimiento solapado
de Iago quien, pacientemente, teje la red
en la que hará caer al moro. Una lucha sin cuartel
entre el instinto y la razón que cesará cuando Otelo
se precipite en el abismo de la muerte.
Confrontada con las otras tragedias
que seguirán, Otelo, aparece como la más
simple, directa, unilateral y, al mismo tiempo,
quizá, la menos compleja, pero no debemos engañarnos
pues en ella se observa, por primera vez en la producción
shakespereana, la "recurrencia del mal"
en estado puro, hundiendo sus raíces en el inconsciente.
Por más que Lear y Macbeth lleven
a la escena imágenes de sangre y crueldad más logradas
que en Otelo, o muestren ejemplares humanos
desfigurados por la voluntad de aniquilamiento,
la crueldad no alcanza nunca la íntima ferocidad,
ávida, intelectualista y malsana del personaje de
Iago en la primera tragedia de la fase mayor.
Podemos decir que la poesía
huye de la contaminación metafísica de un personaje
como Iago, todo cerebro, toda maldad, porque
en él el impulso humano se corta. La fuerza trágica
de este personaje extrae ventajas precisamente de
su congénita aridez, llevándolo a superar todos
los otros ensayos de retratar el prototipo del malvado,
pues su molde se quiebra en esta pieza.
Otelo es una obra sin trasfondo,
construida -‑ magistralmente -‑ sobre
un único plano, sin posibilidad de aperturas.
Analizando específicamente el
problema del amor, se observa que la tragedia se
estructura sobre dos coordenadas: civilización
y barbarie. La civilización es Venecia,
rica, refinada, representada en Desdémona,
figura adolescente, como Julieta y Miranda,
pero más mujer. Desdémona ha pasado su vida
en la calma más pura y perfecta, pero, en el momento
de la pasión, se entrega a Otelo sin reservas
porque lo ama intensamente, sin límites, de tal
forma que, incluso, en el último momento de su vida
es capaz de perdonar la injuria y la violencia de
su amado.
Otelo es la antítesis, por eso se
enamora de Desdémona. La oposición de los
enamorados es tan marcada que podríamos decir que
transcurre en dos planos: la luminosidad de Venecia
es paralela a la blancura y la pureza de Desdémona
y la oscuridad de la tez de Otelo, paralela
al infierno que tejen sus celos, enturbiando, manchando
la pureza de ese amor, hasta desembocar en la inevitable
caída de la muerte.
En Otelo se encarna lo
primitivo, lo violento, sanguíneo e irreflexivo,
todo un mundo salvaje y heroico en el que el Moro
se yergue sobre sí mismo merced a su sangre real.
En Desdémona se encarna
el refinamiento, la gracia la dulzura, la castidad,
le fidelidad, la apasionada entrega a quien sabe
despertar en ella a la mujer.
No existe ‑- como en Romeo
y Julieta -‑ un amor en igualdad, si
bien es cierto que Julieta muestra mayor
seguridad y se irá fundiendo con su amado, hasta
producir una simbiosis que hará de su muerte, uno.
En Otelo, en cambio, la atracción se da por
contraste. Desdémona está más enamorada con
la imaginación que con el acto de amor en sí, ve
en su amado solo virtudes; ha creado para sí un
Otelo interior y ese amor la impulsa a saltar
por encima de las convicciones sociales, incluso
desafiar la autoridad paterna.
El amor de Desdémona
por Otelo es "su biografía",
el único acontecimiento importante de sus escasos
catorce años, porque hasta ese momento, en realidad
no ha vivido.
La verdadera tragedia de Otelo
no es la supuesta infidelidad de Desdémona,
sino la pérdida del ideal que de ella se había trazado
y, pese a que su amada es absoluta y definitivamente
inocente, la malignidad de Iago envenenará,
poco a poco, el alma y el corazón de Otelo,
urdiendo con frialdad demoníaca, cruel y aberrante
la delicada trama en la que el moro se precipitará.
Iago -- "(...) Con una telaraña tan delgada como ésta,
entramparé una mosca
tan grande como Casio".
(A.I, esc. 3).
Iago es el personaje sombrío, el
hombre pegado a la tierra que Coleridge compara
con la serpiente. Para él todos los hombres
son viles y todas las mujeres deshonestas, con esas
creencias vive, se siente bien, afronta la vida.
Para él el desprecio hacia los hombres es más fuerte
que el odio; no hay fe ni en la virtud ni en la
belleza, hasta en lo espiritual se ha vuelto terreno
y como no puede ser feliz, no soporta ver la felicidad
en los demás, debe destruirla, eso le proporciona
una macabra alegría.
Si tuviéramos que marcar el
momento preciso de la obra en que la duda hace presa
de Otelo, creemos que al acto III,
e. 3 es el punto clave. Allí Iago
siembra la semilla de la maldad en el alma del Moro
y revierte, con una habilidad malsana la pasión
que Desdémona siente por su esposo, invirtiéndola
hacia sus malvados fines:
Iago -- Engañó a su padre, casándose con vos y cuando parecía estremecerse
y tener miedo a vuestras miradas, fue entonces,
cuando las apetecía más. (a.III,
e. 3)
A partir de este momento Otelo
se precipita a la caída inevitable; las dudas que
lo consumen llegan al límite en el momento que escucha
la risa de Casio, malinterpretándola. Su
orgullo es herido de muerte, lo más elevado para
él, Desdémona, ya no le pertenece más pues
lo ha engañado. Solo una idea lo posee: matar a
la infiel. La joven, por su parte, después de la
discusión que sostiene con su marido en el acto
cuarto, intuye el final.
En una maravillosa anticipación,
Shakespeare introduce en escena la canción
del sauce ‑- emblema de los amantes enamorados
y símbolo de la muerte en la antigua mitología celta
-- la escena se cubre con un ambiente de fatalidad,
que lleva a una atmósfera de trepidante espera y
se convierte en una gran metáfora en la que el eco
trágico del amor de la pareja desdichada queda flotando.
En el acto quinto, por fin,
Otelo decide concluir con la situación. El decorado,
como en un teatro medieval, se compone de dos portales:
el celeste, encarnado por Desdémona que ama
de una manera tan honda y profunda a su esposo que,
aun en el final, niega que éste la haya herido de
muerte y, el infernal, rojo, en el que Otelo
se hunde, víctima de la pasión que lo desborda y
la ceguera que lo envuelve, incontrolable. Cuando
descubre finalmente la verdad, es tarde, como lo
revelan sus palabras finales, antes de matarse:
Otelo -- "(...) Cuando nos encontremos en el tribunal de
Dios, tu aspecto presente
bastará para precipitar
mi alma fuera del
cielo y los demonios se
apoderarán de ella.
¡Fría, fría, mi bien! ¡Fría,
como tu misma castidad!
¡Oh, maldito, maldito
esclavo!... demonios,
arrojadme a latigazos de la
vista de esta aparición
celestial".
(a.v; e 2).
A pesar de hablar de un plano
celeste y otro infernal, no debemos engañarnos,
Otelo no es una morality, ni un misterio
medieval es una tragedia en la que la naturaleza
-- sobre todo en su función procreativa -- aparece
corrompida semejante a una morality pero
sin posibilidad de redención.
El paisaje de Otelo,
sus gestos, su retórica y su quebrantamiento, al
igual que su remate, pertenecen a la poética del
barroco, por eso la escena final es una de las más
fantásticas del teatro universal (comparable tan solo a la escena
del Rey Lear, trayendo en brazos a su hija,
vencido, sin explicaciones lógicas, en un mundo
quebrado para siempre).
Otelo muere en un beso y muere doblemente,
primero por Venecia y luego por Desdémona.
Su acción lo ha separado de lo que más amaba, la
recurrencia del mal se adueña de él y al no saber
cómo escapar de ella, libera los demonios que habitan
en su interior, destruyendo su felicidad.
Lic. María Susana Spano
Mendoza
Argentina