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Ana Viña
: La razón de actuar
JOSE ANTONIO EVORA
Una de las mejores
actrices cubanas. Una fuerza escénica.
Una leyenda todavía joven
A los 47 años encarnó
una muchacha de 20 en un montaje de La zapatera
prodigiosa, de Federico García Lorca.
Hoy, más de una década después,
la actriz Ana Viña sigue haciendo teatro
como si cada función fuera un soplo de
vida.
''Es cuestión de vitalidad
y de proyección en el escenario'', comenta
Viña. ``Para actuar en teatro hay que
tener salud y agilidad, hacerlo todo con fuerza,
entrenarse mucho físicamente, igual que
las bailarinas''.
Viña, quien vive en Miami
desde 1993, acaba de concluir en el Teatro Martí
una temporada con la obra de Alain Martínez
Alta sociedad, bajo la dirección de Enrique
Alvis. La noticia ahora es que está trabajando
en dos proyectos para dirigir ella misma por
primera vez |
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desde que llegó a Estados
Unidos, luego de haberlo hecho cuando formaba parte
en Cuba de los grupos Teatro Estudio y Teatro Musical
de La Habana.
Antes de trabajar en más de
una docena de películas, entre ellas Los sobrevivientes
(1978), de Tomás Gutiérrez Alea; Rancheador
(1976) y Plácido (1986), de Sergio Giral; y
De tal Pedro tal astilla (1985) y Vals de La Habana
Vieja (1988), de Luis Felipe Bernaza, el rostro de
Ana ya era familiar para los cubanos, pues en 1958
había debutado en el Telemundo original, el
habanero Canal 2 de Amadeo Barleta.
Allí fue modelo de comerciales,
primero para la crema de magnesia Erba, luego en los
anuncios de Mirta de Perales y de automóviles
Cadillac, Corvette, Chevrolet y Oldsmobile y, por
último, en los de la cerveza Hatuey, junto
con Odalys Fuentes.
Fue su elección como dama del
carnaval ese año la que le abrió el
camino de la televisión. Ana no estaba dispuesta,
dice, a ''hacer banco verde'', una frase usada a la
sazón para referirse a quienes hacían
cola en la puerta de la telemisora CMQ en espera de
que se necesitaran extras. Entonces ella trabajaba
en una oficina en la Manzana de Gómez, céntrico
complejo comercial de La Habana.
Como no tenía formación
dramática, se inscribió en la academia
del teatrista Francisco Morín. 'El me decía:
`Concéntrate'. Y yo daba tres vueltas y creía
que ya estaba concentrada''.
Poco después matriculó
en la naciente academia de Teatro Estudio, y fue allí,
con los hermanos Raquel y Vicente Revuelta como maestros,
donde cree haber empezado a conseguir un verdadero
rendimiento actoral.
Si Ana Viña no vive en Estados
Unidos desde 1962 es por la interrupción de
vuelos durante la llamada Crisis de los Cohetes, pues
ya tenía incluso pasaje Habana-Miami para venir
''reclamada'' por sus padres. Joven, sola y apestada
en una ciudad donde no querían darle trabajo,
conoció al cineasta Luis Felipe Bernaza, se
casó con él y juntos fueron becados
por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos
(ICAIC) a la entonces Unión Soviética,
en cuyo Instituto Nacional de Cine se graduó
como actriz.
Uno de sus maestros había sido
discípulo de Konstantín Stanislavski,
padre del método clásico de actuación,
y otro de Vsevolod Meyerhold, quien introdujo el llamado
sistema biomecánico para articular la construcción
de los personajes. Con un hijo nacido en Moscú,
Ana regresó en 1967 a Cuba para reiniciar su
carrera.
Tú has protagonizado obras
que la crítica califica de excepcionales, pero
tienen poco público, y también esas
otras muy populares detestadas por los especialistas
del teatro. ¿Cuáles prefieres hacer?
``No se puede ser absoluto. Esto es
una profesión, como otra cualquiera. El actor
no es un loco; es una persona normal que está
en el filo de la navaja. Pero no ha dado el paso hacia
el otro lado. Si trabajas para ti mismo sí
estarías loco. Si vas a hacer una obra --por
maravillosa que sea-- sólo para ti, mejor la
haces en tu casa. Hay que buscar una media''.
¿Has tenido que sufrir alguna
vez las consecuencias de esa disyuntiva?
``En Teatro Estudio [La Habana, 1979]
montamos la comedia de Héctor Quintero Algo
muy serio, que había nacido como divertimento
para una fiesta de fin de año. El éxito
fue abrumador. Pero como no estaba en el plan de trabajo
anual, tuvimos que ir a buscar vestidos que botaban
en los cabarés. El que yo usaba al principio
estaba lleno de huecos; los tules se iban desgajando
por el escenario''.
Cuando Quintero le pidió a
Raquel Revuelta, directora de Teatro Estudio, incluir
la obra en el plan del año siguiente porque
era la que le reportaba ganancias al grupo, ésta
le dijo que ese dinero iban a utilizarlo para que
Vicente pudiera hacer un montaje de Galileo, la obra
de Bertold Brecht, recuerda Ana.
''A mí Galileo me gusta muchísimo,
pero no iba nadie'', comenta la actriz. ``Por lo general
había 45 actores en escena y tres o cuatro
espectadores''.
Con el Decamerón, que también
dirigía Quintero y tuvo igual aceptación
del público, les invitaron a un festival en
Florencia, pero Raquel Revuelta se opuso.
''Al año siguiente volvieron
a invitarnos, y ella se volvió a negar'', refiere
Viña. 'Entonces Héctor, que se sentía
ya muy molesto, no lo aceptó, y cuando lo llamaron
para hacerse cargo del Teatro Musical se fue, y yo
me fui con él. Ahora volvieron a poner [en
La Habana] Don Gil de las calzas verdes, y me llamaron
para que fuera. Les dije: `Pero ustedes están
locos; ni estando yo allá cuando tenía
veintipico años iba nadie a verla' ''.
Para un actor, ¿cuál
es la diferencia fundamental a la hora de trabajar
en cine y en teatro?
``Lo único que cambia es la
proyección. En el teatro te magnificas, y esa
es su dificultad, que tienes que magnificarte orgánicamente.
Tienes que hacer las cosas más grandes; ampliar
más el gesto, la voz, pero orgánicamente.
En la televisión y el cine hablas como en la
vida real, no estás obligado a tener ese desgaste.
Aunque eso depende de la película y de la obra''.
¿Te gustaría haber llegado
a Broadway?
``Una muchacha linda no es lo mismo
vestida de pobre que con todos los hierros. Si a una
buena actuación le pones el mejor ropaje, eso
va cobrando otra magnitud. Además, al público
le gusta la magia. Ese tipo de teatro es mágico,
atractivo, como el Cirque du Soleil. Ahí es
donde yo quisiera trabajar, en el Cirque du Soleil.
Aquí en Miami hay material humano para hacer
teatro con todos los hierros, de grandes ligas, pero
no hay dinero. Para elevarte por el aire y que sigas
caminando se necesita tiempo y dinero''.
¿Te parece entonces que haya
en Miami condiciones para fomentar una dramaturgia
local que no sea comedia?
'Aunque nunca lo he logrado, yo siempre
he querido escribir. Me acuerdo de una cosa que me
decía Virgilio Piñera: `Para aprender
a escribir, escribe'. Pero nunca lo hice. Sencillamente
hay que empezar a escribir; hay que empezar a hacerlo,
porque lo otro es lo que sí no conduce a nada''.
Fuente:
El Nuevo Herald
Marzo 2003
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