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'Las Bodas
de Fígaro', una fiesta de voces excelentes
DANIEL FERNANDEZ
El Nuevo Herald
Las estupendas
voces con que cuenta son sin duda el mayor logro
de la nueva producción de Las Bodas de
Fígaro, de Mozart por la Florida Grand
Opera, en conjunción con la Glimerglass
Opera, estrenada el miércoles en el Miami-Dade
County Auditorium.
La soprano costarricense Iride
Martínez (Susana) se mantuvo todo el
tiempo en el nivel de excelencia que su papel
exige; pero aun más, su viz cómica
y dominio escénico fueron, desde el punto
de vista dramático, lo mejor de esta
puesta, donde lamentablemente no siempre salieron
a relucir los elementos cómicos y picarescos
que la caracterizan.
Sharon Coste (La Contessa),
con su aterciopelada voz, no lució menos,
y entregó unas Porgi amor y Dove sono
que arrancaron merecidos aplausos del público.
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Rinat Shaham (Querubino) en su travestido
rol no dejó nada que desear, y sus dos arias
fueron sin duda momentos notables de la puesta.
Marion Pratnicki (Marcellina) se mostró
efectiva y divertida en su caricaturesco personaje;
mientras que Leah Hunt (Barbarina) mereció
mayor apreciación del público en su
único momento de solista, la cavatina L'ho
perduta, resuelta con acople y convicción.
Como se canta casi al final, quizá los asistentes
ya se mostraran más cansados que lo intérpretes,
dado que las direcciones --tanto la musical, de Stewart
Robertson, como la dramática, de Nicola Bowie--
marcadas en su lentitud, hicieron que la obra resultara
excesivamente larga, a pesar de la belleza de la música.
En cuanto a los hombres, el Fígaro
de Robert Gierlach estuvo un tanto falto de la gracia
maquiavélica que distingue al personaje. El
cantante polaco posee una voz bien timbrada, y no
carece de talento dramático, pero la dirección
y el montaje escénico eran demasiado acartonado
para una obra que exige atrevimientos y permite locuras.
Por su parte, el Conde de Jesper Taube,
también musicalmente satisfactorio, perdió
de vista muchos momentos hilarantes, y su personaje
fue demasiado digno y formal, cuando clama por un
acercamiento más caricaturesco y subversivo
como representación de la sociedad y la autoridad.
Stephen Eisenhard (Dr. Bartolo) resultó
musicalmente excelente --especialmente en La Vendetta--,
pero de nuevo, no colmó la cuota de gracia
que su personaje requiere. De Kevin Skiles, David
Giuliano y Chad Johnson como Don Basilio, Antonio
y Don Curzio respectivamente, en sus papeles menores,
sólo puede decirse que no pasaron de adecuados,
tanto en lo musical como en lo dramático.
Las luces de Alan Burrett --aunque
con un diseño básicamente funcional--
bajaban y subían a veces sin una razón
aparente. Quizá fueran desencuentros de noche
de estreno, como el lamentable ''bache'' con el cambio
de escenografía para el último acto
que se demoró demasiado.
Los trajes de Johann Stegmeir resultaron
formidables con su estilo realista acentuado con toques
simbólicos y caricaturescos. Sin embargo, los
decorados de Benoit Dugardyn contibuyeron no poco
a la percepción plúmbea y cansada de
esta producción que por otra parte fue una
verdadera fiesta de voces excelentes.
El elemento de las columnas, primero
empotradas en la pared en el cuarto de Fígaro
y poco a poco creciendo en evocación de glorieta,
palacio dieciochesco y templo masónico, aunque
puede aportar al mensaje simbólico (caída
del orden feudal, nuevo orden más humano, las
conspiraciones masónicas) según se mire,
encerraba e inmobilizaba y sólo en su versión
final (glorieta-templo) se muestra verdaderamente
funcional.
Es preciso aclarar que el montaje
tuvo sus aciertos, como la casi omnipresente cama,
y el carácter amenazador con el que entran
los hombres del coro antes de la boda. No obstante,
la solemnidad de las columnas --repito-- aplastó
la atmósfera restando agilidad a la trama,
cuya efectividad y gracia es justamente la de decir
cosas muy revolucionarias y hasta peligrosas para
la época en un ambiente literalmente festivo
y aparentemente frívolo con una trama de enredos
de alcoba.
Si la producción se salva y
merece ser vista es por el logro musical (a pesar
de los tempi tomados generalmente con énfasis
en el extremo más lento) y la calidad vocal
de los cantantes, quienes hicieron un meritorio trabajo,
tanto en sus momentos solistas como en las distintas
combinaciones que engalanan esta joya operística.
En ese sentido, especial mención merece el
dúo de Susanna y la Contessa.
No es el Fígaro más
divertido que podría verse, pero sin duda la
combinación de cantantes es de tal mérito
que inclina la balanza a favor de esta producción,
premiada con larga ovación en la noche de un
no muy fluido estreno.
Fuente:
El Nuevo Herald
Marzo 2003
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