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Orwell
inédito
“Todos somos Macbeth”
¿Qué tiene en común
Macbeth con Hitler y Napoleón? ¿Y con
el hombre de la calle, con todos nosotros? Según
George Orwell, del que este año se cumple el
centenario, todo. Durante la II Guerra Mundial, el
autor de Rebelión en la granja leyó
por radio un texto inédito, que hoy publica
El Cultural por cortesía de “El Corriere
della Sera”, sobre la tragedia de Shakespeare.
Para él, la obra es una alegoría sobre
el totalitarismo y tenía un sentido especial
en aquel momento de lucha contra el fascismo. También
hacía una advertencia: hasta en el más
gris empleado hay, oculto, un émulo del rey
de Escocia, dispuesto a traicionar para obtener pequeños
beneficios. Todos somos Macbeth.
Macbeth es probablemente
el más perfecto de los dramas de Shakespeare.
Quiero decir que la calidad del Shakespeare poeta
y del Shakespeare dramaturgo se combinan más
felizmente en esta tragedia que en cualquiera de sus
otras obras. Especialmente hacia el final, la obra
desborda poesía de la más alta calidad,
pero está también perfectamente construida,
hasta tal punto que seguiría siendo un drama
perfecto aunque se lo tradujese torpemente a una lengua
extranjera. No quiero hablar del verso shakesperiano
en Macbeth. Me voy a ocupar de Macbeth sólo
como tragedia, por lo tanto prefiero hacer ante todo
un breve resumen de la trama.
Macbeth es un noble escocés
de la Edad Media. Un día, mientras vuelve de
una batalla en la que se ha distinguido y se ha ganado
el favor del rey, encuentra a tres brujas que le profetizan
que, a su vez, se convertirá en rey. Otras
dos profecías formuladas por las brujas se
realizan casi inmediatamente y es inevitable que Macbeth
se pregunte cómo podrá cumplirse la
tercera, ya que el rey, Duncan, está vivo y
tiene dos hijos. Es claro que, casi desde el mismo
momento en que escuchó la profecía,
Macbeth imaginó el asesinato de Duncan, y aunque
en un primer momento rechace la idea, su mujer lo
impulsa a hacerlo. Macbeth mata a Duncan y desvía
las sospechas hacia los dos hijos del mismo rey. Estos
abandonan el país y, como Macbeth es el heredero
más próximo, es coronado.
Pero este primer delito arrastra inexorablemente
consigo una cadena de otros delitos y lleva por último
a Macbeth a la ruina y a la muerte. Las brujas le
habían dicho que, aunque se convirtiera en
rey, ninguno de sus hijos lo sucedería en el
trono, que iría a parar a los descendientes
de su amigo Banquo. Macbeth hace asesinar a Banquo,
cuyo hijo sin embargo escapa. Las bru jas han puesto
en guardia a Macbeth contra Macduff, el señor
de Fife, y Macbeth sabe, aunque de un modo semiinconsciente,
que finalmente Macduff lo destruirá. Trata
entonces de matar a Macduff, pero también éste
logra huir, aunque su mujer y su familia son exterminados
de una manera particularmente atroz.
Por medio de una cadena inexorable
de acontecimientos, Macbeth, en principio un hombre
valiente y de ningún modo malvado, termina
por convertirse en la clásica figura del tirano
presa del terror, odiado y temido por todos, rodeado
de espías, asesinos y sicofantes, constantemente
obsesionado por el miedo a la traición y a
la rebelión.
Representa, en efecto, una especie
de primitiva versión medieval del moderno dictador
fascista. Su condición lo obliga a ser cada
vez más cruel a medida que pasa el tiempo.
Aunque al principio sea Macbeth el que retrocede ante
el delito mientras Lady Macbeth se burla de sus melindres,
por último él es quien mata mujeres
y niños sin dudar un instante, mientras que
Lady Macbeth pierde toda su frialdad y muere parcialmente
loca. Sin embargo, desde el comienzo al final de la
obra –y éste es el mayor resultado psicológico
del drama–, Macbeth es perfectamente reconocible
como el mismo hombre y habla la misma lengua; es empujado
de delito en delito no por su innata maldad, sino
únicamente por lo que se le aparece como una
necesidad ineluctable. Al final, estalla la rebelión
y Macduff y Malcolm, hijo de Duncan, invaden Escocia
al frente de un ejército inglés.
Las brujas habían hecho también
otra profecía, que parecía garantizar
la impunidad a Macbeth. De qué modo se cumple
esa profecía y cómo, sin ser desmentida,
desemboca después en la muerte de Macbeth,
lo escucharán en las escenas que se recitarán
a continuación. Al final, como él mismo
sabía desde el comienzo, Macbeth es matado
por Macduff. Cuando el verdadero significado de la
profecía se le hace claro, abandona toda esperanza
y muere combatiendo, sostenido por el puro instinto
del guerrero que muere en pie y no se rinde nunca.
En todas las grandes tragedias shakesperianas,
el tema presenta nexos reconocibles con la vida diaria.
En Antonio y Cleopatra, por ejemplo, el tema es el
poder que una mujer indigna puede llegar a tener sobre
un hombre muy valiente y dotado. El tema de Hamlet
es la disociación entre la inteligencia y la
habilidad práctica. En el Rey Lear tenemos
un tema muy sutil: la dificultad de distinguir entre
generosidad y debilidad (motivo que reparece en forma
más cruda en Timón de Atenas).
En Macbeth el tema es, simplemente,
la ambición.
Y aunque todas las tragedias de Shakespeare
puedan ser transpuestas en términos de vida
contemporánea cotidiana, la historia de Macbeth
me parece entre todas la más próxima
a la experiencia común. En pequeño y
en modo relativamente inocuo, todos nos hemos comportado
alguna vez, y con consecuencias semejantes, de un
modo bastante análogo al de Macbeth.
Si quieren, Macbeth es la historia
de Hitler o de Napoleón. Pero es también
la historia de cualquier empleado de banco que falsifica
un cheque, de un funcionario cualquiera que acepta
una coima, de cualquier ser humano, en realidad, que
aproveche cualquier mezquina conveniencia para sentirse
más importante y superar un poco a sus colegas.
Esto se funda sobre la ilusoria convicción
humana de que una acción pueda permanecer aislada,
que uno pueda decirse a sí mismo: “Cometeré
sólo este crimen para lograr mi fin e inmediatamente
me haré respetable”. Pero en la práctica,
como descubre Macbeth, de un crimen nace otro, aunque
no crezca la maldad de quien lo comete. Su primer
asesinato lo realizó para mejorar su status;
los siguientes, mucho peores, los cometió en
defensa propia.
A diferencia de la mayoría
de las tragedias shakesperianas, Macbeth se asemeja
a las tragedias griegas en cuanto es posible prever
el final. Desde el comienzo se sabe en términos
generales lo que sucederá. Esto hace todavía
más emocionante el último acto, aunque,
en mi opinión, la mayor fascinación
de la historia reside en su esencial banalidad. Hamlet
es la tragedia de un hombre que no sabe cómo
cometer un delito. Macbeth es la tragedia de un hombre
que sabe cometerlo, y aunque la mayoría de
nosotros no cometa, en realidad, delitos, la situación
de Macbeth es la más cercana a la vida cotidiana.
Vale la pena hacer notar que la introducción
de la magia y de la brujería no confiere a
la obra un aire de irrealidad. En efecto, aunque el
clímax, la emotiva culminación del último
acto, dependa de la exactitud con que se cumple la
profecía de las brujas, éstas no son
en absoluto indispensables en el drama. Podrían
ser eliminadas sin alterar la esencia de la historia.
Probablemente fueron insertadas para atraer la atención
del rey Jacobo I, que acababa de subir al trono y
que creía firmemente en la brujería.
Hay una escena que fue casi seguramente
insertada con la idea de adular al rey. Esa escena,
o parte de escena, es el único punto débil
de la obra y debería eliminarse de las representaciones.
Pero, aun así como figuran en el drama, las
brujas no ofenden la percepción general de
plausibilidad. No cambian nada ni trastornan el curso
de la naturaleza: se limitan a predecir el futuro,
un futuro que el espectador puede, por otra parte,
prever.
Se tiene la sensación de que
en cierto sentido también Macbeth está
en condiciones de prever lo que sucederá. Las
brujas están presentes, en efecto, simplemente
para hacer más intenso un sentido de predestinación
negativa. Un escritor moderno que debiera narrar esta
historia discurriría quizá sobre el
inconsciente de Macbeth, en vez de hablar de brujería.
Pero lo esencial es el modo gradual en que se desarrollan
las consecuencias de aquel primer delito, y la semiconciencia
que Macbeth tiene, en el mismo momento de realizarlo,
de que ese crimen lo llevará inevitablemente
al desastre. .
Macbeth es el único de los
dramas shakesperianos en el que el vilain, el malvado
y el héroe coinciden. Casi siempre, en Shakespeare
se está ante el espectáculo de un hombre
bueno, como Otelo o como el Rey Lear, que sufre una
desgracia; o de un hombre malo, como Iago, que hace
el mal por pura maldad.
En Macbeth la culpa y la desgracia
son una misma cosa; un hombre que no podemos considerar
del todo malvado realiza acciones malvadas.
Es muy difícil no emocionarse
por ese espectáculo. Dado que el drama está
tan bien urdido que hasta la más incompetente
de las puestas en escena no logra arruinarlo, y dado
que, además, contiene algunos de los mejores
versos que Shakespeare haya escrito jamás,
creo tener razón cuando lo defino como lo hice
al comienzo, el más perfecto de sus dramas.
Fuente:
El Cultural
Marzo 2003
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