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LOS
DOCE
Carlos Pérez Peña| La
Habana
Buscar, leer, estudiar, amarse y odiarse, paz
y guerra, movimiento constante. El tabloncillo era
un mar siempre cambiante, sorprendente y limpio: antes
de empezar, por la mañana y por la tarde, cada
uno de nosotros preparaba el salón, para el
trabajo que vendría, y para los demás.
Días maravillosos, días terribles.
En el verano de 1970 dejaba de existir,
agonía incluida, el grupo Los Doce.
No puedo recordar cuántos asistíamos
a esas reuniones, pero sí que nos iba la vida
alrededor de aquella mesa que nos había servido
durante un año intenso y (pensábamos)
definitivo.
¿Qué había pasado?
Unos meses antes, algunos actores
de diferente procedencia respondíamos a una
invitación tentadora: después de la
noche de los asesinos y su gira europea Vicente nos
convocaba para iniciar un proceso de investigación
(palabra nueva) y experimentación (esta peligrosa)
que debía culminar, pasado seis meses, con
el montaje de “Una caja de zapatos vacía”,
de Virgilio Piñera.
La salida de José A. Rodríguez,
Carlos Ruiz de la Tejera y mía del grupo La
Rueda, al cual pertenecíamos, provocó
un cisma. Los días de improvisaciones, lecturas
y discusiones con todos los actores de Teatro Estudio
–el paradigma en aquellos momentos- y los planteamientos
de entender aquella idea como un proyecto que debía
funcionar anexo y a la sombra de gran grupo, también
fue una bomba en el Hubert de Blanck.
¿Qué hacía yo
metido en aquel lío?
Se me consideraba (yo me consideraba)
como uno de los actores jóvenes que podía
presumir de una brillante carrera por venir: papeles
importantes, voluntad de aprender, ansias de pertenecer
a una cierta “élite teatral”, algunos
experimentos que bordeaban los linderos del psicodrama,
la medianidad o el sicoanálisis, y sobre todo
mansedumbre, lo que haría posible el juego
con lo imprevisto, el dominio del azar.
Me recuerdo emocionado improvisando
con Silvia Planas o desentrañando los ejercicios
creados por Meter Brook y Charles Marowitz para sacudir
a los actores de la Royal, Shakespeare Company, que
nos asombrarían en la cinemateca con aquella
fabulosa “Marat-Sade”.
Y me recuerdo casi en éxtasis
cuando fui seleccionado como parte del pequeño
grupo que, junto a Vicente, trataría de estructurar
y proyectar en el futuro aquella propuesta.
¿Qué ejercicios realizar?
¿Qué preparación física?
¿Qué materiales leer, qué técnicas
investigar, qué temas seleccionar? La palabra
“entretenimiento” no había adquirido
el sentido que alcanzó después del arribo
a playas cubanas de las teorías de Grotowski.
Y por otro lado, ¿a qué
nos abocábamos? ¿A una simple especulación
teórico-práctica? ¿A una formulación
metodológica, en términos técnicos,
de la experiencia común de los actores? ¿A
una ruptura y diferenciación de la actuación
“convencional”? ¿A la fundación
de una disciplina nueva, de un acontecimiento, y por
tanto, de un verdadero evento? ¿A una revolución
teórica?
Dice el Génesis: “…y bendijo Dios
el día séptimo y lo santificó.
Porque en él reposó de toda la obra
que había hecho en la creación”.
El séptimo día en la creación
de lo que sería el grupo Los Doce no fue de
bendición; mucho menos de reposo. Estábamos
todos reunidos: Los creyentes y los escépticos,
los fieles y los apóstatas, los jóvenes
y los viejos esperando por el creador… que no
apareció.
La idea que iluminaba un posible camino,
la voluntad, el deseo de subvertir el concepto de
“lo profesional”, súbitamente se
eclipsaban. Vicente no estaba en condiciones de seguir.
Algunos nos sentíamos demasiado
comprometidos, éramos orgullosos, habíamos
llevado aquella pugna hasta sus últimas consecuencias
y de pronto éramos como la punta de lanza de
una campaña que, de cualquier manera teníamos
que emprender.
Me recuerdo ahora alrededor de una
mesa redonda en el restaurante Potín. Allí
decidimos seguir adelante y quisiera dejar consignados,
no sé si se ha hecho, los nombres de los que
éramos: Leonor Borrero, Ada Nocetti, Flora
Lauten, Julio Gómez (asistente de Vicente),
Oscar “El Pibe” Álvarez, Roberto
Cabrera (actor del Rita Montaner), René Ariza,
Roberto Gacio, José Antonio Rodríguez,
Carlos Ruiz de la Tejera y yo. Éramos once,
el duodécimo llegó después, cuando
nos reuníamos en la actual Casa de la Cultura
de Plaza, entonces Centro de Investigaciones Culturales
del CNC y antes el Lyceum y Law Tennis Club.
Gracias a Lisandro Otero, director
del Centro, conseguimos aquel espacio privilegiado.
Decía que entonces llegó el número
doce. Diez actores, uno de los cuales era dramaturgo,
un asistente y aquel que aseguraba haber levitado
en las montañas del Escambray, Tomás
González, nuestro “gurú tropical”.
Entonces nos bautizamos: los Apóstoles, los
sobrevivientes del Granma… llamarnos Los Doce
era una decisión que no se podía tomar
sin atenerse a las consecuencias.
Hice referencia al Génesis,
y como esta historia comenzó sin Mesías
habrá que dividirla, como la del mundo grande:
en Antes y Después de…
Diseñar el trabajo que debíamos
emprender solos fue un propósito que se materializaba
poco a poco.
Hoy, treinta años después,
las circunstancias tienden a determinar el que la
generalidad de los actores de teatro, especialmente
los más jóvenes, tengan que pensarse
como una suerte de imposible coctel del que no queda
excluido el agente de viajes.
Entonces solo éramos lo que
cada uno llevaba en su cuerpo y su memoria –esto
lo sé ahora– y que hubiera sido suficiente
para empezar, si lo hubiéramos sabido o podido
descubrir.
La práctica: horas diarias
de ejercicios de improvisación (despiadadamente
analizados), acrobacia, gimnasia, natación…
Inicio de estudios en alguna medida antropológicos
sobre lo cubano a partir del libro del Dr. Bustamante…
El trance, los sueños dirigidos, el hipnotismo,
bailar y cantar en yoruba y congo junto a grandes
tocadores y bailadores que traía Teresa González,
cuya sistematización y técnica basada
en esta manera de moverse no han sido suficientemente
reconocidos…
Buscar, leer, estudiar, amarse y odiarse,
paz y guerra, movimiento constante. El tabloncillo
del Lyceum era un mar siempre cambiante, sorprendente
y limpio: antes de empezar, por la mañana y
por la tarde, cada uno de nosotros preparaba el salón,
para el trabajo que vendría, y para los demás.
Días maravillosos, días terribles.
Llegó, no recuerdo por qué
vía. Hacia un teatro pobre el libro que lanzaba
a Grotowski al mundo. Comenzamos a estudiarlo y empezaron
a cambiar nuestras ideas y nuestra práctica.
Por ejemplo, cuando vimos que Grotowski había
desechado el yoga que hacíamos desde el principio
nuestro gurú, ipso facto, nos planteó
el antiyoga. Comenzamos a practicar los ejercicios
sicofísicos, aquellos que debían evitar
toda disciplina, todo lo que bloqueara los procesos
humanos. Entraron en nuestro discurso palabras como
asociación profunda, arquetipo, máscara,
signo, contacto, inconsciente (individual y colectivo),
purificación, confesión.
El libro también nos sugirió
el texto sobre el que debíamos empezar: al
arquetipo universal planteado por la troika Calderón-Grotowski-Cieslak
a través de “El príncipe Constante”,
responderíamos con el “Don Juan”,
de Zorrilla, trabajado dramatúrgicamente por
René Ariza.
¿Qué veíamos?
Por entonces ocurrían los estrenos de “María
Antonia” y “La toma de La Habana por los
ingleses”. En el Guiñol se estrenaba
“Ibeyi Añá”, para niños.
La Cinemateca: Glauber Rocha y Antonio
das Mortes; La boda, de Andrezj Wajda; la versión
filmada de Madre Coraje, del Berliner, con Heler Weigel.
En una sala privada nos encandilábamos con
Persona, de Bergman.
Comíamos Kacha Manaya, un cereal
soviético, y huevos duros.
El arquero zen.
Nombres frecuentes: Judith Malina
y Julian Beck, Franz Fanon, Khrisnamurti, Titón,
Brecht… Estábamos up to date pero no
habíamos visto nada del teatro que queríamos
fuera nuestro modelo.
Todo eran referencias literarias.
Vicente nos visitaba de vez en cuando.
Ocurrió una primera crisis:
Julio Gómez, que era el responsable del laboratorio
de actuación, se declaró incompetente
e incapaz de seguir al frente de aquel escuadrón.
Como saldo, entre otras muchas cosas
buenas y malas, el convencimiento de que algo creado
por el actor será de valor en cuanto sea producido
por un impulso, ese momento en el cual el subconsciente
da forma a todas las impresiones, experiencias y trabajos
que le preceden; así la actuación será
la necesidad natural del actor, su temperamento se
manifestará desde su esencia mediante acciones
orgánicas, inevitables, que no pueden ser otras.
El gran Stanislavski lo dijo: La inspiración
no ama a los perezosos.
Por otro lado, ignoramos que uno es
el producto de sus propias tradiciones y necesidades,
y que estas son cosas imposibles de transplantar de
un lugar a otro sin caer en los patrones, en los estereotipos
o en algo que ya está muerto en el momento
mismo en el que se le llama a existir.
Teníamos muchas palabras, pero
no sabíamos construir una frase.
De alguna manera, dolorosa y audaz,
íbamos llegando a un estado de comunicación
en el trabajo que justificaba aquellos meses tenaces
y desesperados.
Creo que la experiencia y el talento
de Vicente en el trabajo con los actores le permitió
ir juzgando, seleccionando y tomando como referencia
parte del material que le ofrecíamos: nosotros
mismos, humildes como para realizar aquella entrega,
dueños entonces de habilidades que pensábamos
constituían el quid del asunto.
Poco a poco los ejercicios iban tomando
un carácter más íntimo y personal.
Se alejaban del diletantismo que tanto se confunde
con la libertad.
Entraron también nuevos elementos
en aquella estructura: el llamado grupo operativo
que de manera un tanto experimental realizaba con
nosotros el doctor Roselló, siquiatra de moda
entonces en el mundo artístico. Eran reuniones
donde se debía exponer, discutir, ventilar,
descubrir y eliminar los problemas de índole
personal e interpersonal que pudieran constituir obstáculos
para el desarrollo del trabajo. Otra innovación,
quizás posterior en el tiempo fue la creación
del “grupo anexo”. Así dejamos
de ser doce -seguíamos siendo doce- y fuimos
entonces algunos más. Lo que en el fondo era
heterogéneo, se agudizó, algo que, evidentemente,
no fue un buen estímulo en el fluir orgánico
del proceso. No solo eran extraños que irrumpían
en nuestro claustro, sino que venían cargados
de las cosas de las que creíamos estar desembarazándonos.
Otros nombres: Kirkegard, Berta Serguera,
Karl Marx y Kart Jung, Marcase y Erich Fromm, Freíd
y Wilhelm Reicht. Pedro Ouspenki. Con nuevos estímulos
y pienso ahora como respuestas a las preguntas de
entonces y que siempre ha tenido el coraje de hacerse
Vicente propuso otro texto como material sobre el
que construir el espectáculo y con el que se
nos esperaba. Así, Peer Gynt nos arrastró
en su salto mortal hacia el lago que era el centro
de sí mismo.
El proceso de improvisaciones para
Peer Gynt lo recuerdo fascinante; pudimos llegar a
propuestas esplendorosas y arriesgadas; en muchos
momentos –y con uno hubiera sido suficiente-
fuimos prismas que irradiaban multitud de sentidos
e imágenes.
Entonces nuestras puertas se abrieron
y ojos ávidos pudieron mirar aquel proceso
que había estado cerrado al mundo exterior.
Los sábados por la mañana se mostraba
una sesión de trabajo: el entrenamiento y el
montaje, en el punto en que este estuviera; después,
un intercambio con los espectadores. Donde Alberto
Méndez veía una catedral, Iván
Espín podía ver una cloaca; lo que para
Pepe Triana poseía una cualidad cósmica
podía ser elemental para Jorge Timossi, Rita
Vilar inquiría sobre el comportamiento de la
libido en el público…
Los sábados y la semana culminaban
con un almuerzo colectivo en el Carmelo de Calzada
(que entonces no era vegetariano), Oscar Hurtado,
madrugador impenitente, conseguía los turnos
para las dos de la tarde.
Las escenas del texto original que
al final quedaron fueron reescritas por Reinaldo Arenas.
Lo otro era, para hablar en términos de hoy,
pura intertextualidad.
Para el estreno y las primeras funciones
se consiguió el tabloncillo del folclórico.
Jesús Ruiz diseñó el espacio,
circular, con el público separado por una especie
de valla y dispuesto en diferentes agrupaciones y
niveles. Había un asiento alto y solitario
donde nadie nunca se sentó.
Con aquellas funciones y otras posteriores
en el Hubert de Blanck poníamos fin a un año
excepcional en el que pudimos concentrarnos al máximo
en lo que queríamos hacer.
Cuando aquel tiempo terminó,
cuando abrimos los ojos, comenzaron a soplar vientos
huracanados dentro del tabernáculo y fuera
de él.
¿Qué quedó? ¿Qué
nos quedó? ¿Qué me quedó?
Sobre Los Doce como manifestación
escénica se hicieron, hasta donde yo sé,
dos trabajos. Uno de Liliam Lechuga que apareció
en la revista Bohemia; el segundo lo firma Rosa Ileana
Boudet en –si mi memoria no me falla- el Boletín
de la Casa Teatro.
Podemos dominar con un entretenimiento
diferentes sistemas de capacidad, de medios para salir
de una dificultad. Podemos ser grandes maestros en
la habilidad de mostrar una técnica, pero no
para descubrirnos a nosotros mismos. Grotowski lo
plantea: “Cuando no se es sincero, aunque se
imagine que se cumple el acto, se está haciendo
algo inarticulado”. También Artaud decía:
“Donde otros proponen obras, yo no pretendo
más que mostrar mi espíritu”.
Ok pero también me pregunto si lo importante
no será, al fin y al cabo, encontrar la técnica
propia, si lo importante no estará en el indagar
más que en el nombrar.
¿Lo otro no se sitúa
por encima de nuestras capacidades? La pretensión
de ser yo mismo y el género humano a la vez,
el saber, la conciencia del contexto humano inscrito
en mí, en mi memoria, en mis pensamientos y
experiencias, en mi comportamiento, en mi formación
y mi potencial (y crear en consecuencia) no nos sobrepasa?
De Vicente quisiera llevarme su autorreforma
permanente, su continuo someter a discusión
en el trabajo sus etapas precedentes.
“Para Peer, de Peer”:
así me dedicó un libro de Vicente Aleixandre
cuando estrenábamos. Del poema “En la
plaza” es este fragmento:
… y se siente el agua subirle,
y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura
todavía no se confía, pero él
extiende sus brazos, abre al fin los dos brazos y
se entrega completo.
Y allí, fuerte, se reconoce,
y crece y se lanza, y avanza y levanta espumas, y
salta y confía, y hiende y late con las aguas
vivas, y canta, y es joven.
Así, entra con pies desnudos.
Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama
y allí sé tú mismo.
¡Oh, pequeño corazón
diminuto, corazón que quiere latir para ser
él también unánime corazón
que le alcanza!
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