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CUARENTA
Y CINCO AÑOS
DE TEATRO ESTUDIO
Héctor Quintero | La Habana
Teatro Estudio, en diferentes etapas y períodos,
a lo largo de estos cuarenta y cinco años,
ha sido centro y ejemplo de la vida teatral cubana,
ha constituido factor de desarrollo de inolvidables
y brillantes creadores y convertido en gran escuela
de formación para la mayoría de los
nombres que en las diversas disciplinas del arte escénico
hacen altamente valiosa nuestra historia de hoy.
| Probablemente los ocho inquietos
artistas que en mil novecientos cincuenta y ocho
crearon -manifiesto incluido- el grupo Teatro
Estudio, no sospechaban siquiera que varios de
ellos, digamos que los fundamentales, podrían
disfrutar de la felicidad de celebrar cuarenta
y cinco años después un nuevo aniversario
con el regalo de lujo del estreno de una nueva
y funcional instalación. |
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La historia que antecede el día
veintiocho de febrero del año 2003, ha sido
larga y rica, por algunos conocida, pero siempre oportuna
de recordación para aquellos que la desconocen
o también para los que tal vez la hayan olvidado.
Permítanme, por tanto, una
rápida síntesis de la misma en ocasión
tan propicia como la que hoy nos reúne.
Teatro Estudio tiene su génesis
en 1956 con el estreno de “Juana de Lorena”,
de Maxwell Anderson, según una adaptación
del original realizada por Julio García Espinosa
y Vicente Revuelta y dirigida por este último.
Es la época en que la vida
teatral cubana trataba de existir en medio de condiciones,
sin lugar a duda, difíciles. Ausencia casi
absoluta de financiamiento estatal para el desarrollo
de la cultura, tensiones ostensibles entre el insulto
de una manifiesta tiranía y la acción
rebelde de una joven fuerza revolucionaria y opositora.
La radio y la entonces incipiente
televisión y su impronta de objetivo comercial
cubrían el ocio de las mayorías, en
tanto el teatro resultaba tímido intento de
pocos en reducido grupo d espacios escénicos,
con escaso lunetario y donde también, en su
mayoría, el propósito estrictamente
artístico resultaba excepcional ante la necesidad
de subsistencia de los impulsores de estas bien llamadas
salas de bolsillo.
Por eso, no es de extrañar
que la aparición de “Juana de Lorena”
en el panorama teatral de la época resultase
una bendita explosión en todos los sentidos
y le valiera merecidos premios a Vicente y Raquel
Revuelta como director y protagonista de la pieza,
respectivamente, así como el de mejor espectáculo
del año a la obra de referencia.
Se dice entonces con justeza que con
“Juana de Lorena”, presentada en la sala
Hubert de Blanck, el mismo recinto de la calle Calzada
en el Vedado donde en 1925 quedara constituido el
primer Partido Comunista de Cuba, se sembraba la semilla
de lo que poco después constituiría
el grupo Teatro Estudio, único de los colectivos
escénicos cubanos creado poco antes del triunfo
de la Revolución.
A partir de este momento y a pesar
de la aguda opresión característica
de esa última etapa de la tiranía batistiana,
este pequeño grupo de artistas se dio a la
tarea de organizarse y de este modo analizar y estudiar
textos de Rapoport y Michael Chejov, poner en práctica
el método de actuación de Stanislavki
e incluso, de estudiar materiales históricos
y recibir clandestinamente cursillos de Marxismo,
pensamos que gracias a la existencia de la Sociedad
Cultural Nuestro Tiempo, que atendida por el Partido
Socialista Popular, agrupaba entonces a los creadores
de proyección política e intelectual
más avanzada.
En 1957 comienza el montaje de “Viaje
de un largo día hacia la noche”, del
premio Nobel norteamericano Eugene O`Neill, se da
a conocer el manifiesto fundacional del grupo Teatro
Estudio y meses después, de nuevo en el Hubert
de Blanck, se lleva a cabo con éxito sin precedentes
el memorable estreno cubano de la obra autobiográfica
de O´Neill donde este, con estremecedora maestría
de dramaturgo mayor, desnuda a la posteridad el testimonio
de su compleja vida familiar.
A pocos meses del triunfo de la Revolución,
la pequeña sala del Museo Nacional de Bellas
Artes, Vicente Revuelta y su pujante y joven Teatro
Estudio enriquecen y prestigian la cartelera escénica
nacional con un nombre decisivo de la literatura dramática
contemporánea: Bertolt Brech. Se produce para
nosotros el estreno de la hermosa parábola
donde Shen-Té y Chui-Tá, de original
manera, personifican la ancestral lucha entre el bien
y el mal con “El alma buena de Sechuán”.
Había echado a andar definitiva
y ya incontenible, con pasos firmes y seguros, una
institución cultural que ha crecido paralelamente
con la Revolución cubana y sin la cual, sabemos,
no estaríamos festejando hoy una vida tan fructífera
y abarcadora.
Teatro Estudio, en diferentes etapas
y períodos, a lo largo de estos cuarenta y
cinco años, ha sido centro y ejemplo de la
vida teatral cubana, ha constituido factor de desarrollo
de inolvidables y brillantes creadores y convertido
en gran escuela de formación para la mayoría
de los nombres que en las diversas disciplina del
arte escénico hacen altamente valiosa nuestra
historia de hoy.
Autores de reconocimiento universal
y de épocas tan diversas como las que tocó
vivir y crear a Miguel de Cervantes, Miller, Chejov,
Williams, Lope de Rueda, Gorka, Lope de Vega, Maiakovski,
Albee, Wesker, Tirso, Lorca, Mogol, Ibsen, Shakespeare
y el que hoy nos convoca nuevamente: Moliere, anduvieron
a la par de latinoamericanos como Dragún o
Buenaventura y cubanos clásicos como Milanés,
Avellaneda, Luaces o Piñera y la casi totalidad
de la dramaturgia nacional de la segunda mitad del
pasado siglo veinte.
Semejante e inusual historia merece,
claro está, una fiesta gigantesca. Y ninguna
mejor, creemos, tratándose de nosotros, teatreros
convencidos y confesos, que una representación
teatral antes de la cual se nos antoja citar de nuevo
a O´Neill quien en voz de uno de sus vigorosos
personajes declaró: “Hacen falta muchas
clases de amor para hacer un mundo”.
Se trata, una vez más entonces,
de invocar al amor como antídoto de desastre,
de desilusión, de angustia, de desesperanza.
En momentos en que la historia universal
amenaza con repetir viejos y nefastos errores y coloca
a la humanidad en el preocupante borde de nuevos holocaustos
mucho más trágicos que cualquier título
de Esquilo o de Sófocles, con eventos mucho
más peligrosos que el recurso aristotélico
de la catarsis inofensivamente teatral, luchemos porque
sea fuerte, vibrante y audaz la energía de
nuestro pensamiento para que, en efecto, convoquemos
toda clase de amor, todo el amor necesario para hacer
un mundo, el mundo, cualquier mundo, este, el nuestro,
imbuidos del único sentimiento capaz de toda
purificación, de toda salvación, de
toda fiesta: el amor.
Marzo
2003
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