VICENTE REVUELTA: MONÓLOGO
Maité Hernández-Lorenzo,
Omar Valiño| La Habana
Me interesa mucho vivir
el resto de mi vida en este proceso, en
lo que está pasando ahora. A veces
me harto, me parece que todo es una gran
mierda, que la gente no vale la pena, pero
inmediatamente lo llevo a una medida de
lo que he conocido afuera, y me siento mucho
mejor aquí. Este es un país,
como ya se ha dicho, muy surrealista, muy
loco, con una expectativa de que pase lo
que menos uno se imagina, pero nos arreglamos
de alguna manera.
Vicente Revuelta: monólogo,
es el resultado del encuentro de Maité
Hernández-Lorenzo y Omar Valiño
con uno de los más fecundos nombres
del teatro cubano. Director de inacabables
recursos revolucionarios y actor de excepción
de su propio canon estético.
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Siempre tengo el recuerdo
especial de sentirme espectador. Fue cuando era
muy niño, cuatro o cinco años nada
más, parado en el balcón de mi casa,
en la calle Acosta, en La Habana Vieja, y parece
que sucedía algo de policías, prostitutas,
era un barrio malo, y yo sentí, entonces,
quizás por el peligro, la conciencia de verme
a mí mismo. Eso lo he recordado varias veces,
porque me parece que ha sido una situación
que, por las circunstancias de mi vida, me ha consumido
mucho tiempo. Dirigir, estar viendo la gente cómo
se conduce, estarle sugiriendo comportamientos,
estar observando; es decir, he pasado mucho tiempo
de espectador. Me he dado cuenta últimamente
que una de las cosas que más me gusta es
ser espectador. Por eso, me gusta tanto la dirección,
porque, en cierto modo, voy combinando lo que me
gustaría que me sucediera.
Yo tengo una relación, por
el período histórico que me tocó
vivir, que se acerca mucho más a las imágenes
cinematográficas; realmente tengo mucha historia
con relación al cine. El teatro fue una cosa
que me llamó la atención más
tarde.
Recuerdo la primera vez que mi mamá
me llevó al cine y me dijo que iba a ver a
la niña más linda del mundo. En ese
momento yo tenía todavía una absoluta
creencia en lo que decía mi mamá. Entonces
fui absolutamente programado para ver a la belleza
más grande del mundo, que era Shirley Temple.
Eso indudablemente me creó un trauma, y a cada
rato me doy cuenta de que se ha sostenido durante
toda mi vida, y es un poco las imágenes a distancia
y el enamoramiento a distancia. Y me enamoré
de Shirley Temple, yo lloraba y todo. Incluso, Raquel
me dijo una vez que yo no podía casarme con
Shirley Temple porque ella hablaba inglés y
yo español.
Después tuve otra época,
que ahora no sé si fue anterior a la época
de los aficionados, donde sí tuve mis primeras
imágenes teatrales, teatrales porque era un
escenario. Eso fue teniendo yo unos seis o siete años,
que no sé por qué motivo había
una gran programación de aficionados en todas
partes. Entre esos programas había uno en el
Teatro Martí, e íbamos Raquel y yo,
mi papá nos llevaba, y una vez canté
mientras Raquel recitaba. Aquello era una cosa muy
larga, y empezaba con algo de lo que posiblemente
quedara de los trazos del Alhambra. Era una especie
de revista musical con los tipos del negrito, el gallego,
la mulata y mucha música. Recuerdo aquello
como algo que me creaba mucha expectación,
era algo totalmente distinto al cine. Después
de eso venía lo que se llamaba La escala de
la fama, que no era teatro, pero era la cosa en vivo,
el espectáculo, donde había aficionados
y una especie de gancho que se llevaba a la gente
cuando hacía algo mal. Ahí recuerdo
que empecé mi carrera, digamos, de actor. Entré
ahí de una manera muy curiosa. Yo me daba cuenta
de que aquello no tenía como base un propósito
artístico, nosotros lo hacíamos bien,
pero el propósito allí era comercial.
Era ganar la jaba que te daban con los productos,
porque éramos bastante pobres.
Recuerdo la primera vez que fui actor,
fue en el Teatro Principal de la Comedia, en otra
cosa de aficionado, pero para niños, yo imitaba
a Juan Simón, un español que hacía
películas donde se llamaba Angelillo. El primer
día canté bien, me dieron el primer
premio, pero cuando fuimos a la eliminación
final me dieron cosas, entre ellas una lata de galleticas,
fideos, y parece que eso inconscientemente influyó
en mí: canté mal, no me di cuenta, y
no me dieron el premio. Mi papá se puso muy
furioso conmigo, y recuerdo una vez que estábamos
tomando un café con leche y yo miraba para
la galletica. Eso fue un proceso curioso, quizás
el primer acercamiento a lo que podría ser
después ver las cosas con un sentido más
artístico.
Por lo general mi niñez fue
bastante aburrida. Vivíamos en La Habana Vieja,
nos mudábamos mucho, no iba a la escuela como
era debido.
También hubo una temporada
que seguramente profundizó mucho en mí,
como en casi todos los espectadores, que fue cuando
empecé a ir al cine desde la una y media hasta
la siete de la noche diariamente. Yo había
tenido problemas en el colegio cuando vivíamos
en Los Pinos, nos habíamos mudado de Los Pinos
para la calle Galiano, y allí cerca estaba
el cine que se llamaba Lira y ahora se llama Mégano,
y descubrí que por un medio entraba. Esa fue
una temporada que creó en mí un estado
un poco esquizoide, porque realmente para mí
lo que valía la pena era el cine, lo demás
era gris. Yo salía de allí imitando
a los actores, a las actrices, pensando totalmente
en ello. Se produjo una adicción absoluta que
todavía me dura. Creo que el teatro como teatro,
pasó mucho tiempo para que lo descubriera porque
realmente lo que vi de teatro lo sentía muy
alejado de mí, no me captaba. Cuando vine a
ser captado por el teatro fue cuando se estrenó
“Espectros” en La Habana, en 1945.
Teatro Estudio. ¿Qué
diferencias había?
Yo no quería hacer televisión, porque
me llevaba tiempo y era algo que consideraba que no
valía la pena, por tanto, no tenía dinero.
Entonces, Olga Andreu me sugirió que me pusiera
a dar clases. En la calle 15 yo tenía un pequeño
penthouse y aquello se convirtió en una especie
de agencia del Actor’s Studio en Cuba. Por allí
pasó mucha gente. En el Hubert me dieron la
posibilidad de hacer “Viaje de un largo día
hacia la noche”, de Eugene O’Neill. Por
otro lado, además de las clases que daba, organicé
una especie de seminario con un pequeño libro,
que me prestó Adolfo de Luis. Hicimos los ejercicios
aquellos y nos sentimos nuevos actores. Ahora lo pienso
y me digo qué fue lo que pasó. Evidentemente
éramos ocho o nueve personas que ya teníamos
una práctica del teatro, además, tenían
talento, unos más y otros menos. Estaban Ernestina
Linares, Sergio Corrieri, Pedro Álvarez, y
había otro tipo de gente que venía de
otro lugar, y su calidad era diferente. Estaba también
Héctor García Mesa, que era una especie
de organizador y fue quien hizo la traducción.
Siempre me acuerdo de que el día que hicimos
las improvisaciones nosotros nos quedamos como bobos,
yo no sé qué era lo que pasaba antes
de eso y qué pasó, pero sé que
para nosotros fue una revelación. Me acuerdo
que Ernestina me dijo, vamos a ser unos actores maravillosos.
Todavía no puedo darme cuenta qué fue
lo que pasó, pero evidentemente todos nos quedamos
fascinados.
Creo que ahora estamos en lo mismo.
Hay mucha gente que si realmente se desprejuiciara
de muchas cosas y empezara a hacer los mismos ejercicios
con la misma ingenuidad que nosotros lo tomábamos,
con la misma creencia, quién sabe qué
podría suceder. Porque de Stanislavski no queda
nada en el teatro cubano, yo no lo veo por ningún
lado, ni un sentido ético, ni estético.
Estamos como volviendo, estamos en la misma situación.
Quizás como que ya lo hemos hecho. Me acuerdo
cuando en el ISA organicé un grupo de muchachos
que entraron nuevos, los dividí en grupitos.
A uno le di Stanislavski, a otro Baba, a otro Grotowski,
se fajaron con los libros durante un tiempo, a ver
qué salía. Empecé a tener entrevistas
con cada uno de ellos. Había un muchacho que
venía de Santa Clara, que no sabía nada
de nada, y entró muy disgustado, le pregunté
qué le pasaba, y me dijo que no le gustaba
el grupo de Stanislavski, porque le habían
dicho que ya eso estaba pasado. La persona que se
lo dijo me contestó que ella era instructora
de arte y no le habían enseñado nada
de Stanislavski, pero ya había metido la cizaña.
Realmente “las salitas”
no producían grupos, sino productores, como
un pequeño Broadway. En general, faltaba el
sentido de grupo, que si no era a partir de un sueldo
maravilloso, porque prácticamente no se ganaba
nada, tenía que ser a partir de ideas, y ningún
grupo tenía ideas. Por ejemplo, Morín,
que considero una figura del teatro cubano, era una
figura él solo. Él trabajaba lo mismo
con mi papá, que con el que pasaba por la calle.
Tenía una capacidad enorme como director, pero
estaba muy lejos, había una distancia muy grande
entre él y el resto de los actores. El hecho
es que cuando empezó la escuela de Teatro Estudio,
muchos de los que trabajaban con él se fueron,
por algo fue, no había nada que los amarrara
más allá de hacer un papel mejor o peor,
el último éxito de París o el
último de Broadway. La ADAD prácticamente
se había desbaratado porque tampoco había
sido un grupo.
Nosotros además de Stanislavski,
estudiábamos marxismo. Y lo hicimos antes del
triunfo de la Revolución, y después
con mucho cuidado, porque cuando triunfó la
Revolución, cuidado si se sabía que
tú eras comunista. Pasó mucho tiempo
para poder decir a mí me interesa el marxismo.
Eso también nos daba una cohesión en
el grupo. No era solamente el teatro, sino la función
social del teatro, su sentido, el sentido de la historia.
Por ejemplo, el hermano de Mirta Aguirre nos daba
clases de Historia de Cuba. También era pequeño
el grupo que estrenó “Viaje de un largo
día hacia la noche”.
Inmediatamente nosotros inauguramos
en Neptuno, una academia de arte dramático.
Todo eso fue al mismo tiempo en que la Revolución
estaba triunfando. Claro, cuando todo cambió
nosotros estábamos caminando con la historia.
Todo se nos facilitó. Tenía un sentido
lo que hacíamos, empezamos a trabajar Brecht,
hicimos el Segundo Manifiesto.
De repente, ocupamos un lugar que
política y socialmente era muy importante,
a pesar de sus errores. Por ejemplo, una de las cosas
que a mí me llama la atención es cómo
es posible que Teatro Estudio no estrenara “Aire
frío”. Creo que es porque había
distancias ideológicas. Virgilio no era de
la gente que iba a leer su obra a Teatro Estudio,
pero yo me pregunto cómo es posible que nosotros
no la hiciéramos, con tantos puntos de contacto
con “Viaje...” Eso es un ejemplo. Pero
después para que entrara otra gente que no
había estado tan sumergida en el proceso, que
tenía sus temores, sus prejuicios, todo eso
nosotros quizás no fuimos lo suficientemente
lúcidos para darnos cuenta. Estábamos
siempre de una cosa en otra. En esa etapa vino Asquini,
un anarquista invitado por el Che, que evidentemente
vino para eso, encontró el grupo que le convenía
y ahí mismo se formó tremendo rollo,
eso sacudió el ambiente y se tomaron posiciones.
Vicente y Cuba. Vicente y
la Revolución
Creo que he tenido una suerte extraordinaria,
una suerte histórica. Me parece que mis pasos
fueron guiados para poder hacer todo lo que hice,
y si no he hecho más es por la vagancia que
tengo. Siguiendo en esa casualidad positiva histórica:
el haber pertenecido a una familia pobre, haber vivido
la niñez en el capitalismo siendo pobre, haber
llegado a cambiar totalmente el status dentro de una
utopía, podríamos decir, revolucionaria,
son cosas que muy poca gente vive. He vivido momentos
extraordinarios a los 30 años, lo mismo que
Fidel en ese sentido. Haber llegado a la Revolución
teniendo la comprensión que tenía, también
es una suerte. Qué podía haber pasado
por mí si no hubiera ido a Europa, si no hubiera
hecho esto o lo otro. Son una serie de peros que fueron
los que les tocaron a Titón, a Servando. Fue
un grupo de gente que les tocó eso: tener un
extraordinario resplandor, adquirir conciencia sobre
un mundo mejor. Cuando nosotros regresamos a Cuba,
lo hicimos dispuestos a una lucha, que sabe Dios a
dónde nos hubiera llevado. Muchos nos hubiéramos
muerto o habríamos dejado de creer. Yo particularmente
si la cosa se hubiera puesto muy mala, hubiera dicho,
no, espérate un momentico, es verdad. Pero
todo se dio. Llegar aquí y a los tres años
de un trabajo clandestino, encontrarnos que éramos
los que teníamos la clave. Las oportunidades
para hacer, creo que muy poca gente en el mundo las
tiene. La cantidad de recursos que de repente se abrieron:
el Teatro Mella, los trajes, todo eso; en qué
mundo lo vas a hacer. Ahora no los tienes.
Por otro lado, me parece que la valoración
que tengo de Cuba parte de la conciencia revolucionaria.
Yo me he sentido perteneciente a Cuba y cubano a partir
de la Revolución. No a partir de que triunfó
la Revolución, sino a partir de tener el sentido
marxista de las cosas. Porque anteriormente por un
problema muy especial, de hijos de emigrados, yo no
me sentía cubano. Mi papá estuvo clandestino
toda su vida, y eso provocó en nosotros, que
vivíamos los cuatro en un cuarto, también
ser un poco extranjeros. A los catorce o trece años,
descubrí, por ejemplo, que existía una
biblioteca pública. Aparte de la miseria, teníamos
una ignorancia de las posibilidades de la sociedad.
Me interesa mucho vivir el resto de
mi vida en este proceso, en lo que está pasando
ahora, que me resulta muy raro, y no sé a dónde
vamos a parar, honradamente. Pero me siento muy confiado
al mismo tiempo. Es una actitud muy contradictoria.
A veces me harto, me parece que todo es una gran mierda,
que la gente no vale la pena, pero inmediatamente
lo llevo a una medida de lo que he conocido afuera,
y me siento mucho mejor aquí. Me parece que
el mundo es muy viejo. En los lugares que he estado
me da una sensación de vejez muy grande y de
parálisis. Me parece que todo ahí es
muy complejo. Aquí no, esto es un país,
como ya se ha dicho, muy surrealista, muy loco, con
una expectativa de que pase lo que menos uno se imagina,
pero nos arreglamos de alguna manera.
Los 70. Las dificultades.
Galileo Galilei
Para mí los 70 fue la etapa
de madurez, porque en esa época hice “Las
tres hermanas”, que es lo mejor que he hecho,
es lo que más revela mi mundo creativo. Hice
también la puesta de “La dolorosa y triste
historia del amor secreto”, de Don José
Jacinto Milanés. Con “Las tres hermanas”
pretendí hacer una cosa muy brechtiana, por
un lado, y una mezcla de muchas cosas, por otro, quizás
hay un poco de postmodernismo. Hice dos puestas una
en La casona, muy interesante, porque empezaba en
el salón de atrás, que era una ruina,
y le metimos un piano de cola, muebles buenísimos;
de esas cosas que pasan, porque Adolfo estaba casado
con la hermana de Haydée Santamaría,
que a su vez, era la que tenía los bienes expropiados,
y entonces aquello se llenó de alfombras, valijas
buenísimas, lujo, que era algo tan fuerte contra
aquel techo que se estaba cayendo, y ya eso era una
tremenda metáfora, aquella gente no se daba
cuenta de dónde estaba. Ese era el primer acto.
Después había que subir y en una habitación
pequeña se hacía el tercer acto, y la
gente tenía que mirar por donde pudiera. Y
el otro acto era en otra parte. Eso era ensayo con
público, pero eran fabulosas funciones. Por
ese problema de la tradición que a veces nos
ahoga, en vez de seguirla haciendo allí que
era lo que teníamos que haber hecho, tuvimos
que hacerla en el teatro, y pasarla allí era
otra cosa. Pero fue algo interesante, se hizo una
especie de paralelo entre la Revolución rusa
y la cubana, entonces había coreografías,
un salón muy picúo, lo que podría
ser un salón pequeño burgués,
un álbum para que la gente escribiera sobre
aquel salón, donde había un juego de
sala dorado y una especie de pantera, era algo muy
picúo. A alguna gente le parecía maravilloso,
otros escribían horrores. Se hizo lo que hoy
se llamaría una instalación, había
un reclinatorio muy bueno que conseguimos y con ese
Cristo fue genial. Había dos pantallas que
hicieron que la sala fuera más pequeña,
los balcones se cerraron hasta la mitad. En la primera
pared, en el escenario yo aparecía como un
director de orquesta y entonces hacía cosas
con los actores, les creaba estímulos nuevos,
les mandaba un mensaje con alguien, continuamente
estaba creando momentos de improvisación que
ellos tenían que resolver. Yo hacía
algunas cosas, de espaldas al público, como
el ruido en la chimenea. En realidad, continuaba gozando
de la situación cuando ensayaba la obra, estaba
en un sitio privilegiado, sentado, y era un modo de
decir que, en definitiva, estaba haciendo aquello
para mí. No sé si me lo planteé
conceptualmente y después lo llevé a
vía, sé que me sentía muy bien
sentado, y me decía, estos si quieren miren;
porque siempre pasa lo mismo, yo no hago el teatro
para el público, yo lo hago para mí,
yo soy mi propio público, si a los demás
no les gusta, allá ellos. Hay cosas que hago
que no me gustan aunque le gusten a todo el mundo.
Parece una bobería, pero eso me daba una dinámica.
Yo tenía una especie de estrado, y en la segunda
parte se subía y se ponía frente al
público. Entonces, había unos párrafos
en la obra que eran grandes, y los actores en vez
de decírselos entre ellos, venían al
estrado y se los decían al público,
y eso tenía un resultado increíble,
te dabas cuenta de que Chejov no hubiera escrito así.
Era salirse de la convención de estar diciéndoselo
a otro, porque lo que se decía, si tú
te ponías a analizar bien el contexto, no venía
al caso, era de una intimidad, que era para el confesionario,
en una circunstancia extraespacial. Había un
letrero enorme cuando empezaba la obra que decía,
“Nosotros hubiéramos sido como ellos,
y ellos hubieran sido como nosotros”, que lo
había dicho Fidel hacía dos o tres años.
Empezaba con los actores mirando al público
y todos hablaban, improvisaban lo que querían,
sobre lo que habían hecho, lo que habían
sentido, el público preguntaba, había
un debate y luego se iniciaba la obra. En el escenario
había asientos, en la primera parte, entonces
como público se veía lo que estaba pasando,
más la reacción del espectador, eras,
en definitiva, el espectador del espectador. Los actores
eran los que invitaban al público. Yo quedé
muy satisfecho con esta puesta, para mí fue
lo mejor, es decir, lo que más auténticamente
siento.
El “Galileo” lo hice muchas
veces. La primera vez fue siguiendo el libro modelo,
y realmente es una obra gigante, que depende muchísimo,
no solamente del director, sino de la capacidad intelectual,
sociopolítica de los actores, porque son grandes
hombres, grandes científicos, y si tú
no tienes los actores que de verdad tienen una cultura,
un pensamiento, la obra se te cae. Fui llevando la
obra por escalas de interpretación, por esa
incomodidad, al extremo de tener que hacer una especie
de química en la cual yo, como Galileo, tenía
una mente súper privilegiada, entonces toda
aquella gente era imbécil, pero no era así;
venía siendo Galileo por defecto. A mí
siempre me faltaba el sostén de la verdadera
gente que tú sientes que tienen un peso, no
sé, el Papa, el Consejero. Como muchas veces
pasa, que tú ves que hay actores que están
haciendo un papel que les queda grande por un problema
del cerebro, son gente que no han dimensionado su
vida.
La primera vez ya seguí mucho
el libro modelo, la segunda, fue después de
un tiempo, y la hice compartiéndolo con José
Antonio, porque quería tener más visión
para poder trabajar mejor los personajes, ya la tercera
o cuarta vez, eso fue otra cosa, cuando lo hice con
los estudiantes, fue otra química, me pareció
más auténtico. Era como un espejo, porque
los muchachos estaban criticando a los actores que
estaban mecánicos, y estos realmente les tenían
un odio a los muchachos, y todo aquello fue muy interesante.
Ahí fue como una especie de liberación,
partiendo de las circunstancias en el sentido del
trabajo, defendiendo el trabajo teatral a nivel de
ciencia, de pensamiento, y eran muy jóvenes.
Entonces había una polémica
generacional que no era tan profunda. Creo que la
obra creció en espectacularidad por esos mismos
niveles, y la gente común y corriente con la
que teníamos debate, entendía todo perfectamente,
la situación, la fábula. Era curioso,
porque la gente que sabía un poco de teatro
se quedaba espantada de la falta de respeto que había
en general, pero la otra gente que iba al teatro a
ver la obra, encantada de la vida recibía aquella
con mucha frescura.
Tomado de Vicente Revuelta: monólogo.
Maité Hernández–Lorenzo y Omar
Valiño. Editorial Mecenas, 2001.
Marzo
2003
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