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Autor de
la adaptación de El maestro y Margarita, obra
de Mijail Bulgakov
PABLO ESPINOSA ENVIADO
Berlin, 9 de mayo. Durante cinco horas,
el maestro Frank Castorf, máxima figura del
teatro alemán contemporáneo, despliega
sobre el escenario del teatro Volksbuhne am Rosa-Luxemburg-Platz
una cátedra de narración visual; un
estudio profundo de la naturaleza humana; una variante
formidable sobre las ideas de política y delito
de su coterráneo Hans-Magnus Enzensberger;
una reflexión inmediata de cara a los acontecimientos
del 11 de septiembre de 2001; una disertación
puntual del horror y lo pesadillesco en la vida cotidiana,
y un discurso magistral de lo dramatúrgico
en ideas, conceptos y resoluciones actorales con una
adaptación que el propio Castorf realizó
de El maestro y Margarita (Meister und Margarita),
novela del escritor ruso Mijail Bulgakov.
Frank Castorf, al igual que el escritor
Hans Magnus Enzensberger, viajarán a México
en los próximos meses como parte del magno
encuentro que organiza el Instituto Goethe, CulturALE2003.
La obra que presentará Castorf al público
mexicano se titula Un tranvía llamado América
y es una adaptación del clásico de Tennessee
Williams. Las funciones que presentará Castorf
al frente de la compañía Volksbuhne
am Rosa-Luxemburg-Platz ocurrirán en la ciudad
de México, las noches del 12 y 13 de octubre,
y en la ciudad de Guanajuato el 16 y 17 de ese mes.
Poliedro de ideas sin fin
Por lo pronto, en Berlín, estos
días Castorf presenta dos montajes suyos como
parte de la versión 40 del Theatertreffen:
una adaptación de un texto de Eugene O'Neil
titulada El luto le sienta bien a Electra, con la
Schauspielhaus de Zurich, y El maestro y Margarita,
con la Volksbuhne am Rosa-Luxemburg-Platz.
A lo largo de cinco horas, entonces,
el teatro sede de la Volksbuhne, ubicado en la Plaza
Rosa Luxemburgo de lo que era Berlín oriental,
hoy reunificado, se cimbró con el genio de
Castorf.
Sobre el escenario desnudo, un set
rectangular servirá en estas casi cinco horas
de toda una locación con espacios y habitaciones
divididas, y en cada uno de estos rincones se desarrollarán
acciones simultáneas, de las cuales sólo
serán visibles al espectador las que suceden
al frente, pero las escenas que acontecen puertas
adentro de los muchos vericuetos de este espacio múltiple
podrán ser observadas a la manera del voyeur
mediante una cámara omnímoda montada
sobre unos rieles que ro-dean en una elipsis la mole
rectangular.
Tales escenas escondidas al ojo desnudo
se proyectan en circuito cerrado sobre una pantalla
que corona el cuadrángulo y completa así
una atmósfera de hotel de paso de película
estadunidense. Muchas de las secuencias harán
recordar la dramaturgia de Tom Stoppard, pero en realidad
los referentes son innumerables, pues también
puede citarse, merced al recurso cinematográfico
que impera en este montaje de Castorf, los célebres
ejercicios de estilo de Brian de Palma, en un virtuosismo
verdaderamente alucinante, pues la parte de cine que
contiene este trabajo se desarrolla absolutamente
en vivo y sin ningún recurso de edición
fílmica, así que los planos secuencia
se suceden en tiempo real empatando de manera fascinante
con el desenvolvimiento actoral. Lewis Carroll aparece
entonces entre los muchos referentes, guiños
y compendios de Castorf cuando los actores franquean
una puerta y el espectador los ve en realidad traspasar
el espejo de la duermevela, la frontera de lo irreal,
porque el público los está viendo de
espaldas en la pantalla de cine, saliendo de una habitación,
y al mismo tiempo los observa de frente, a ojo desnudo,
entrando a otra habitación.
El poliedro de ideas no tiene fin.
Un actor dice-canta-entona un monólogo que
es en realidad la letra de Symphaty for the Devil,
de los Rolling Stones, y ese monólogo-canción
refiere al Diablo, a Pilatos y a las situaciones que
también están presentes en la novela
de Bulgakov, que también están más
que presentes, omnipresentes, en el montaje fabuloso
de Castorf.
Pero no es el virtuosismo narrativo,
la imaginería inagotable, los recursos sorpresivos
lo que hace genial a Frank Castorf. Las casi cinco
horas que dura El maestro y Margarita son, más
que una temporada en el infierno a la manera de Rimbaud,
una estación detenida en el tiempo a la manera
de los grandes creadores.
Estallido del genio creativo
Las ideas de Theodor W. Adorno, los
planteamientos de Heidegger, las muchas maneras en
que ha revolucionado en las décadas recientes
el discurso a propósito del sexo, la revolución,
el malestar en la cultura hallan en las resoluciones
escénicas de Castorf una dialéctica
monumental.
Es así como la novela de Bulgakov
deviene piedra de toque de un sistema de vasos comunicantes
que muestra todos sus conductos, todos sus recipientes,
todas sus maneras de operar, sus procedimientos enteros
sin dejar nada al misterio salvo la magia de la creación
artística.
Una forma de hiperrealismo kafkiano,
una estética de lo inhóspito, una intersección
improbable entre Reiner Werner Fassbinder y Tim Burton,
una deificación de lo grotesco (¿o acaso
hay algo más grotesco que una Gimnopedia de
Satie sonando en un órgano desvencijado y tocado
lo más satírico que el oído pueda
concebir, en un hotel de mala muerte en un lugar de
mala sangre como ocurre en una de las escenas?), una
entronización no del feísmo ni de lo
feo sino de todo lo real que no es maravilloso, una
serie de fluidos humanos descarnados que alcanza a
escuchar el espectador con el estrépito de
una erupción volcánica. Un estallido
del genio creativo, eso es el montaje de El maestro
y Margarita, de Frank Castorf.
El público mexicano tendrá
la oportunidad de disfrutar del genio de Castorf el
próximo octubre durante el Festival Internacional
Cervantino, dedicado este año a la cultura
alemana y como parte también de CulturALE2003,
que organiza el Instituto Goethe. Un privilegio.
Mayo
2003
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