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Paloma sabia
en La Habana
AMADO DEL PINO
Es una lástima
que seamos pocos en la sala. Me dije al final
de la función en la legendaria sala Hubert
de Blanck. Los aplausos finales me recordaron
la certeza de que en teatro es mejor que palpiten
cincuenta a que se aburran o molesten cien.
En el túnel, un pájaro, puede
comunicarse con muchos y hacernos pensar en
temas hondos y eternos. El destacado actor Pancho
García ha logrado el estreno mundial
de este texto de Paloma Pedrero, una figura
clave dentro de la dramaturgia española
actual.
En este título, Pedrero
ahonda en el tema de la vejez y nos propone
otra reflexión sobre la imprecisa y recurrente
relación entre la vida y la muerte. |
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También la disyuntiva entre
el arte como trascendencia y lo vital como reto de la
inmediatez, es asumido con gracia y fervor por la dramaturga.
Aquí el recurso del teatro dentro del teatro
se despoja de todo artificio y alimenta una estructura
eficaz y creciente. La alternancia entre reflexión,
chispazos humorísticos y situaciones que rozan
el absurdo, alcanza una envidiable fluidez por lo certero
del sistema de diálogos.
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La puesta de García
pudo haber sintetizado algunas situaciones y
habría ganado en ligereza. Pero, a pesar
del respeto por la abundancia del original,
se mantiene el ritmo y las situaciones resultan
interesantes. Mucho contribuye la escenografía
de Eduardo Arrocha, capaz de crear en el escenario
una atmósfera mitad traviesa, mitad solemne.
Hubiese preferido que el maestro Arrocha dejara
algún espacio vacío como para
resaltar más la excelente selección
de los objetos sobre las tablas.
Desde el punto de vista actoral,
Pancho nos ofrece una auténtica disertación.
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Logra una limpia cadena de acciones
que hace natural la convivencia del sarcasmo, la ironía,
el sufrimiento y la cólera de su complejo protagonista.
Si me pidieran un ejemplo de virtuosismo interpretativo
en el último lustro de nuestra vida escénica,
acudiría a la imagen de las manos de García
temblando con veracidad y contención.
Míriam
Learra también brilla en este sólido
túnel teatral. La experimentada actriz
tuvo el buen gusto de bordar su personaje teniendo
en cuenta que su principal tarea es iluminar
las contradicciones y el desasosiego de este
brillante escritor que se despide. Ese nivel
de sutileza y encanto se echa de menos, por
momentos, en la labor de Judith Carreño.
Sin embargo, da pruebas de vitalidad y límpida
proyección. El también joven Ernesto
Tamayo, enfrenta una pauta de dirección
que lo obliga a una arrancada muy alta y un
tanto artificiosa. Pero en la medida en que
el diálogo generacional y el contrapunteo
de verdades se intensifican, Ernesto gana en
emotividad y se torna convincente.
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En el túnel, un pájaro,
propone que dialoguemos más con nuestros semejantes
y con nuestra propia intimidad. Nos recuerda que el
teatro es lugar de privilegio para confrontar y enriquecer
la tan amenazada espiritualidad.
Fotos:
José A. Murrieta Rodríguez
Mayo
2003
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