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Antígona y mister Bush
JOAN-ANTON BENACH

ANTÍGONA
Intérpretes: Manel Barceló, Daniela Freixas, Marc Homs
Versión: Jordi Coca
Director: Ramon Simó

Como le ocurre al corazón, el Estado tiene razones que la razón no comprende. Pero al corazón se le perdona porque es una víscera muscular delicada y sus locuras muchas veces son cosas

de dos, las cuales, mientras duran, pueden resultar incluso agradables. Las razones de Estado, en cambio, suelen ser vergonzosas y encubren, a menudo, fechorías que afectan a millones de seres humanos. Son razones que no merecen indulgencia ninguna. Verbigracia: los motivos esgrimidos para asesinar a miles de inocentes iraquíes se cosecharon en las letrinas habitadas por una miserable razón de Estado para la que no puede haber perdón ni olvido.

Hace veinticinco siglos Sófocles ya habló de este rechazo irreductible y perenne, y hace cuatro días la voz de su “Antígona” se convertía en clamor multitudinario por calles y ciudades de medio mundo.

Jordi Coca ha visitado la tragedia clásica y en una hábil e interesante operación reduccionista centró la historia en la rebeldía de la heroína frente al empecinamiento de Creonte, fraudulento pacificador. Éste, en el original griego, halla el castigo en la muerte de su hijo Hemón: “Un dios (...) me ha empujado por caminos de crueldad (y) ha hecho caer a mis pies el tesoro de mi vida”. Nuestro autor prescinde de este final, y Creonte, como un George W. Bush cualquiera, se limita a agradecer cínicamente las observaciones de su asesor Tiresias, quien remite la responsabilidad del crimen a la fuerza del “destino”, la gran coartada.

En la versión de Coca, “Antígona” no es sólo la hermana amantísima de Polinices, a cuyos despojos quiere dar sepultura desobedeciendo al autócrata. La suya es más que una acción piadosa: conoce la capacidad subversiva de su desafío.

Montaje quietista

La obra está llena de silencios. Los personajes meditan mucho sus palabras. Nada sería más grato que reseñar el acierto de la dirección (Ramon Simó) y la interpretación a la hora de poner en pie la pura, concentrada dialéctica política que encierra esa versión de “Antígona”. Pero no. A mi juicio, el director no ha conseguido ritmar adecuadamente las escenas y no sabe muy bien qué hacer con las pausas. La iluminación, que hubiera podido potenciar acentos dramáticos, resulta abusivamente plana y, con una escenografía de una “modernez” años sesenta, asistimos a un montaje quietista, catatónico, al que sólo salva del tedio su razonable brevedad.

Tampoco es muy afortunada la dirección de intérpretes. El aplomo y buenos modos de Manel Barceló (Creonte), el único que hace un uso verdaderamente profesional de la voz, y la apasionada furia de Daniela Freixas (Antígona) destacan de forma notable dentro de un grupo excesivamente discreto para ser esta una producción del Lliure.

Ramon Simó, todo hay que decirlo, introduce una luminosa coda al espectáculo. El cuerpo caído de la heroína, que vemos en la última de las proyecciones que se suceden en la función, se viste milagrosamente de rojo. O sea que, hasta cierto punto, tiene argumentos don José María al hablar de la “coalición socio-comunista” que le amenaza.

No sólo de ella, pero también de ella pueden surgir las razones sensatas opuestas a la vileza de la otra –la razón de Estado–, las cuales, haciendo mella en la buena memoria de tantos ciudadanos, pueden poner en peligro su bonito empleo de palanganero del emperador.

Fuente: La Vanguardia
Mayo 2003

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