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Una farsa inane
SANTIAGO FONDEVILA
| Jaume Boix muestra en su currículum
un largo periplo por los diarios de la ciudad
y ha escogido este mundillo que conoce bien para
debutar en el teatro. Boix, alejado del periodismo
de redacción desde hace años, lo
analiza con la perspectiva de sus recuerdos y
con la malicia de quien ya no cree en esa profesión
y ha decidido “destapar” sus peores
vicios, mostrar su “lúcido”
desengaño sobre el periodismo y sobre unos
profesionales, cómplices pasivos o activos,
de un oficio que, piensa Boix, ha perdido sus
señas de identidad y el respeto por la
“sagrada verdad”. |
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Al principio, el autor parece optar
por un tono de comedia en la que subyacen elementos
satíricos, tópicos pero ciertos, que
operan como reflexiones humorísticas, pero
una vez planteado el nudo de la historia se desliza
por una alocada farsa de brocha gorda que en su conjunto
demuestra que decir cosas serias tomándoselas
a broma no es nada fácil y exige algo más
que buenas intenciones.
Ciertamente que la prensa tiene muchos
“trapos” que airear y que Boix toca algunos
de ellos, pero lo hace desde el cliché exagerado
y elude el meollo de la cuestión: la gran lacra
de este oficio en el que milito son las verdades a
medias o el uso torticero de los medios por quienes
les proveen, ya sea de interesadas declaraciones o
manifiestos.
La “broma” que Madico
ha intentado aderezar, con más ánimo
que acierto, se urde en la redacción de cierre
del diario “Demà”. Aquí
y allá aparecen “cuestiones” habituales
en las redacciones, pero tan esquematizadas como la
“tesis” que se camufla tras ellas: los
diarios publican noticias falsas. Y aquí la
noticia inventada es el secuestro de un ex presidente
que, por los “affaires” que se le atribuyen,
no es otro, aunque no se diga, que el de la Generalitat.
Jugando con ficción y realidad, el autor busca
esa fórmula que asegura que la segunda siempre
supera a la primera y “refugia” al secuestrado
ex presidente, al que persiguen los mafiosos, en una
redacción habitada por un editor que hace diarios
como quien cría cerdos, una directora gritona
y tonta (¡qué pinta en esta obra!), un
joven periodista “trepa” y un amargado
redactor de cultura que cita constantemente a Rilke.
¡Vaya panorama!
Con estos mimbres y una noticia falsa,
perdida ya cualquier credibilidad, al autor no le
queda otra que dejar resbalar la historia y a sus
personajes por un desbarajuste supuestamente cómico.
Pero la trama, por descontrolada, se torna anodina
y se resuelve, al final, con una escena digna del
peor Mariano Ozores. Todo ello hace de “Segona
plana” una farsa inane, en la que brillan, esporádicamente,
algunos gags bien resueltos por buenos actores como
Josep Minguell o Pep Ferrer.
Fuente:
La Vanguardia
Mayo 2003
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