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Croniquita
Limeña
Néstor Caballero
Lío bártulos y partió
al Perú a fin de representar su Mister Juramento.
Y en llegando a Lima de Los Reyes, fue sorprendido
por los 16 grados de temperatura, cosa que lo obligó
a enroscarse de pelliza hasta el cuello.
Alojado en casco histórico
y en posada de nombre Cheratón, como lo apodan
los pocos aborígenes que trabajan en dicho
albergue, procedió a engullir, sin importarle
la hora de diferencia que lo hacía vivir a
las once cuando en realidad eran las doce de la medianoche,
toda una serie de pescados, conchas, caracoles, mariscos
y crustáceos, elaborados en forma mentada ceviche.
Regó el gañote con un licor llamado
pisco que lo hizo caer, fulminado, en la cama.
Amaneció, y aún con
un dolor de cabeza sanguinario que le había
producido la libación espiritosa, procedió
a recorrer, a pie, las neblinuras limeñas.
En sus jornadas registró catedrales, tanteó
llamitas, exploró catacumbas y se descubrió
ante el decapitado Pizarro que descansa en dos féretros,
uno grande, más no tanto, para su cuerpo, y
otro pequeño, casi cajetín, para su
testa finamente cercenada.
No avistó cholito, cuanti menos
Inca, pues estaban restringidos en área alambrada,
lejos, lejos, de Lima, donde trajinaban su mercaderías.
Chocolatines llamados Tejas, devoró a decenas,
con mal contento posterior de su estómago.
Terminó su deambular en el
casino de la posada Cheratón y en andar con
cien ojos advirtiendo como incontables japoneses,
jugaban a maquinitas traganíqueles con gran
cacofonía y retumbo harto insoportable. Se
refiere el cronista a los japoneses, no a las maquinitas.
Llamole la atención que, dentro
de su aposento, poseía una ponchera harto espaciosa,
con embocaduras en diferentes lados. Conjeturó
que era para tomar baños de asiento. Desnudose.
Sentose. Abrió grifo. Brotaron con fuerza inusitada,
chorros de agua por todas partes y a desiguales temperaturas
que jamaquearon su sorprendida humanidad y lo revolvieron
hasta hacer de él merengada pisco sour de cronista.
Gustole Lima, extrañose que,
no obstante la pobreza que campea en esa, no encontró
ni un buhonero, ni niños mendicantes, ni colérico
repartiendo trompicones para defender su causa política,
ni molotov festiva que le salpicase de alegría
partidista, ni cabillazo certero por el lomo para
establecer diálogo democrático, como
sucede en su Caracas.
Ya en su última noche, espero
a Jucare, que así se llama la agrupación
que lo convino para que exhibiera su mojiganga, a
fin de que le rindiera cuenta de lo recaudado. Jucare
expuso amañados arqueos en los cuales demostraba,
no obstante el lleno total de público en las
representaciones, que el comediante no percibiría
estipendio alguno, ni en ducados, maravedíes,
soles, y mucho menos dólares. Todo ello con
gran perjuicio y descontento del cronista que volvió
a envainar enseres y así, envainado, regresó,
como bien dice el refrán, “Con las tablas
en la cabeza”.
Volvió a Caracas y al ver
tal deterioro, recordó que una vez tuvo una
ciudad, que ya no está, que ya se ha ido, y
que por ello, con suma tristeza deja fe de todo en
esta croniquita limeña.
Néstor Fina Estampa Caballero. (Como lo mienta
la cantante Chabuca Granda)
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Mayo
2003
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