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El eructo y
la hamburguesa
SANTIAGO FONDEVILA
| No sé si en los McDonald's
tienen payasos. Los detesto. A los McDonald's,
claro. Pero imagino que si Rodrigo García
lo dice, es que los habrá, pues sus obras
acostumbran a llamar a las cosas y a las personas
por su nombre. Hay ironía pero nada es
subliminal. Lo que desde luego no hay, a pesar
del título, y como no la había en
el primero que vimos la pasada semana en el mismo
Mercat de les Flors, es una historia. Hay, como
siempre, pequeñas, brillantes y vitriólicas
narraciones contadas directamente al público
en el marco de un montaje que reproduce la estructura
y la sintaxis de los precedentes, los medios (proyecciones,
vídeo...) y acciones físicas y,
cómo no, los temas (la injusticia, la dominación,
el imperialismo, una cultura de violencia, Argentina)
recurrentes en este imprescindible terrorista
teatral. Todo ello aplicado, en este caso, a la
comida basura que consumen niños y adolescentes
(¡qué sabran ellos del condumio!)
con la complicidad de los adultos y explicado
con un descarado goce escatológico y con
un espectacular derroche de latas, envases y líquidos.
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La conclusión es que somos
lo que eructamos. El eructo es la esencia de lo que
comemos y está en relación con nuestro
cerebro. Allá vosotros con lo que eructáis.
LA
HISTORIA DE RONALD, EL PAYASO DE McDONALD'S
Dramaturgia y dirección: Rodrigo García
Intérpretes: Rubèn Ametllé,
Juan Loriente y Juan Navarro
Estreno: Sala Maria Aurèlia Capmany. Mercat
de les Flors (14/V/2003) |
García mantiene
su discurso antisistema, sus acusaciones frontales
a marcas, personas y países a modo de un
manifiesto –nada que ver con la moda actual–
sobre el asqueroso –diría él–
mundo en el que vivimos, sobre lo que hay detrás
de la realidad que nos enseñan, en este
caso de un menú infantil (¿“happy
meal”, se llama?) o de unos dibujos animados
aparentemente inocuos. |
Los tres intérpretes se dejan
la piel en el ejercicio. Son coautores de la propuesta
y creen en lo que dicen y lo que hacen. Asumen con
igual entrega un baile espasmódico sobre leche
y vino, que el relato preciso, directo de su primera
experiencia en un McDonald's, los juegos de body art
o la nostálgica representación de cómo
la vida nos ha hecho resbaladizos, incapazes de amar,
de jugar. Si podemos estar de acuerdo con el director
en cuestiones alimentarias, y también ideológicas,
no así con la desmesura ni reiteración
del espectáculo, que acaba por neutralizar
su indudable interés. Y lo digo simplemente
en pro de una mejor digestión.
Fuente:
La Vanguardia
Mayo
2003
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