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Vicios y
virtudes del actor
Francesc Orella cara a cara con Carlos Hipólito
Carlos Hipólito,
en El Burlador de Sevilla, y Francesc Orella,
en La Caída de Camus, se han revelado
junto con María Jesús Valdés
como los actores más sobresalientes de
la temporada. Mientras el primero, que el 22
de mayo actúa en Sevilla, volverá
al Pavón de Madrid en septiembre, Orella
–galardonado con el Max al mejor actor,
entre otros premios– apura una gira que
ya dura dos años. Ambos hablan con El
Cultural sobre los pecados y virtudes de su
profesión.
–El Burlador es un canalla que engaña
a las mujeres y Jean-Baptiste Clamence desciende
a los infiernos para encontrarse con lo peor
de los hombres. ¿Qué vieron en
estos papeles? ¿En qué punto se
identifican con sus personajes? |
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–Francesc Orella: De Jean-Baptiste
Clamence me atrapó el coraje con el que se
enfrenta a sí mismo, a sus contradicciones,
su duplicidad y sus miedos. La lucidez de esa reflexión
es de una tremenda honestidad, y muy saludable. Me
identifiqué con la necesidad de cuestionamiento
de uno mismo y la sociedad que nos rodea, poniendo
de relieve las miserias, la doble moral y las debilidades
de nuestro tiempo. Tuve la necesidad de decir en escena
esas acusaciones sobre el hombre actual que suscribo
totalmente.
–Carlos Hipólito: El “burlador”
de Tirso de Molina es un gran personaje, bien construido,
lleno de claroscuros y con un texto hermoso. Eso me
atrajo bastante, aunque en mi caso yo no me identifico
en absoluto con él porque representa lo que
yo más detesto en las personas. Nunca lo tendría
como amigo.
–¿Les cuesta encontrar
buenos papeles? ¿Qué nivel tiene la
escritura dramática actual?
–C. H.: En el teatro actual faltan buenos personajes
porque faltan buenos textos. El problema es que los
autores están más preocupados por el
lenguaje que por las situaciones dramáticas
y eso repercute en unos personajes poco creíbles.
Muchos textos tienen buenas situaciones de partida
pero les falta carpintería teatral y los personajes
se resuelven de un plumazo. Yo he tenido suerte con
los que me van tocando, pero no es frecuente. Arte
es un estupendo ejemplo de personajes hábilmente
construidos sin ser obvios.
–F. O.: El teatro universal está lleno
de personajes complejos, otra cosa es que te los ofrezcan,
aunque personalmente no me quejo porque he podido
interpretar personajes poliédricos como por
ejemplo en El zoo de cristal, Roberto Zucco, Ángeles
en América y ahora en La caída. Los
autores deben escribir libremente, al margen de los
actores, intentando llenar de vida e interés
dramático sus obras. El resto, dar cuerpo y
alma a esos personajes, es trabajo del actor. Sin
embargo, creo que los autores contemporáneos
en nuestro país, en general, están más
preocupados por el estilo que por el contenido, hay
una tendencia a priorizar la estructura formal que
repercute en lo que se quiere transcribir.
–¿Qué papel desempeña
el director en su trabajo? ¿Quiénes
han sido sus maestros y con qué directores
les gustaría trabajar?
–F.O.: Su papel es fundamental. El director
debe canalizar el trabajo del actor para sacar provecho
de su talento. Para mí son imprescindibles
en esa relación la confianza, la generosidad
y entrega mutuas, la ductilidad y la voluntad de riesgo.
Yo afortunadamente he trabajado con directores de
los que he aprendido, como Mario Gas o recientemente
Carles Alfaro. Flotats y Pasqual también han
sido grandes maestros. Me gustaría trabajar
con el director alemán Konrad Zriedrich –afincado
en España– y con Álex Rigola.
–C. H.: Yo busco siempre un director cómplice
para contar el personaje juntos, para que me ayude
a elegir entre los posibles caminos. Por suerte, la
mayoría de mis directores han sido y son amigos:
Narros, Plaza, Marsillach, Pilar Miró, Pasqual,
Flotats... Aún no he podido trabajar con José
Luis Gómez pero es un director con el que me
gustaría hacer algo en el futuro.
–¿En qué situación
se encuentra la profesión en España?
¿Qué nivel tienen las nuevas generaciones?
¿Los trabajos en televisión corrompen
tanto como dicen?
–C. H.: En este trabajo hay mucha vanidad. El
vedetismo de algunos directores es espectacular, desde
luego, pero también hay mucho tonto entre los
actores. De la gente más joven, que forman
las nuevas generaciones, destacaría una mayor
preparación y cierta confusión. Su problema
es que, a causa de la televisión, tienen un
rápido reconocimiento social que a veces no
se corresponde con su categoría profesional.
Esta profesión es una carrera de fondo, ser
un sprinter es un error. Respecto a la televisión,
se suele denostar este medio para glorificar el teatro
y el cine, pero también hay televisión
gloriosa y cine y teatro infumables.
–F.O.: Hay una imagen desde fuera de lo que
es un actor que puede ser engañosa y que no
responde a la realidad. A veces se frivoliza esta
profesión. Estamos sometidos a un alto grado
de exposición que se acepta pero que produce
una autoexigencia muy fuerte. Respecto a la formación
técnica actoral, creo que es aún deficiente.
Los actores jóvenes se encuentran, en general,
un poco desorientados en su proceso de formación,
aunque existen escuelas que realizan una labor seria.
La televisión es un camino más que hay
que aceptar pero que tiene trampa: se trabaja muy
deprisa y no se desarrolla la dirección actoral.
Se busca una falsa naturalidad que hace que parezca
que ser actor es muy fácil. Cada vez hay más
talento en los jóvenes pero les falta aprendizaje
técnico.
–¿Cuáles son los
“pecados capitales” de su profesión
y cuáles sus “virtudes”?
–F. O.: Pecados son la vanidad y la autocomplacencia.
Virtudes: la generosidad de mostrarse uno mismo. Hay
una cierta valentía muy sana en romper prejuicios
y desnudarte ante el público.
–C. H.: Se tiende a la autocomplacencia, pero
hay que luchar contra ella porque es la mayor enemiga
de la creatividad. Creo que el actor debe tener humildad
y paciencia grandes para no convertirse en un imbécil.
–¿Cuáles son sus
próximos proyectos?
–C. H.: Estaré de gira por España
con El burlador de Sevilla que dirige Miguel Narros
hasta julio y volveremos al teatro Pavón de
Madrid, con esta misma obra, en septiembre. Luego
haré una función llamada Dakota de Jordi
Galcerán. Mientras tanto, seguiré poniendo
la voz al narrador de la serie Cuéntame.
–F. O.: Tengo a la vista un proyecto de una
película en Francia con Sergi López
y un nuevo montaje
teatral que, en principio, se ensayaría en
Madrid. Pero lo más inminente es un cortometraje
con guión y dirección mías que
voy a rodar en Barcelona.
–Hemos visto que gran parte
de la profesión se ha movilizado en contra
de la guerra y por el Prestige. Ya que los actores
acaban convirtiéndose en referentes sociales,
lo quieran o no, ¿también tienen ciertas
“obligaciones” sociales?
–F.O.: El actor debe pronunciarse como cualquier
persona sensible y observadora. Yo creo que alguien
como los actores, que juegan un papel activo en la
sociedad, no deben ser indiferentes, deben tomar posturas,
primero y sobre todo como ciudadanos, y luego como
agentes culturales implicados en el pulso social.
El derecho a discrepar de nuestros gobernantes y manifestarlo
está en estos momentos en peligro. Se está
criminalizando y descalificando el derecho a la libre
expresión y debemos reaccionar ante eso y denunciarlo.
Estamos volviendo a unos tiempos que creíamos
pasados.
–C. H.: Me parece bastante petulante considerarse
uno mismo un “referente social”. Yo, como
cualquiera, tengo la obligación y el derecho
de denunciar lo que me parece injusto porque soy un
ciudadano, no por ser actor. Cuando he hablado del
Prestige o en contra de la guerra, me sentía
un ciudadano enfadado. ¿Qué importa
si soy actor o panadero?
Fuente:
El Cultural
Mayo 2003
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